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José Luis Cabezas: Los ojos de la Justicia
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Diario La Nación - Domingo 6 de Febrero de 2000 - Por Adriana Schettini
El primer plano de los ojos de José Luis Cabezas convertidos en símbolo de la libertad de prensa.
Los reporteros gráficos levantando las cámaras como símbolo del reclamo de justicia en el crimen del fotógrafo de la revista Noticias.
La frase repetida hasta el infinito- "No se olviden de Cabezas"-como símbolo de una sociedad que se recuerda a sí
misma la exigencia de la memoria.
Los medios reaccionando con inmediatez y sin fisuras cuando algunos periodistas vinculados con la cobertura informativa de la investigación del asesinato de Cabezas fueron amenazados.
Desde el 25 de enero de 1997, cuando el cuerpo del fotógrafo apareció incinerado en Pinamar, los medios y la sociedad argentina funcionaron en sintonía:si ese delito quedaba impune, la convivencia democrática saldría malherida.
No es admisible que delito alguno quede impune en una sociedad civilizada.
Pero lo que tanto los medios como el público comprendieron cabalmente en el homicidio de José Luis Cabezas fue que el delito tenía un objetivo doble:atentar contra la vida del fotógrafo y advertirle a la prensa que el cumplimiento del deber de informar podía pagarse con la vida.
Frente a la barbarie del planteo, los medios decidieron que no se olvidarían de Cabezas, que exigirían que se juzgara y se castigara a los culpables y que justamente en ejercicio de la libertad de prensa y de su contracara, es decir, el derecho de los ciudadanos a estar informados, no se dejarían amedrentar por ningún mafioso -fuera de mucha o poca monta-, en la cobertura de la investigación policial y judicial del crimen del fotógrafo.
El público entendió que la apuesta era vital:olvidar a Cabezas equivaldría a resignar un valor clave de la vida democrática: la libertad de prensa.
Con esa coincidencia de principios entre los medios y la ciudadanía, la exigencia de justicia en el crimen del reportero gráfico pasó a ser un objetivo compartido.
Seguramente, el crimen de José Luis Cabezas marcará un hito en el camino de la democracia argentina.
La sentencia dictada por la Cámara Penal de Dolores el miércoles último -independientemente de las opiniones críticas que advierten la existencia de puntos oscuros en el asesinato del fotógrafo que el tribunal no logró esclarecer- señala un avance en la legítima ambición republicana de que haya justicia para todos.
Para decirlo con los términos del comunicado emitido por la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), "el fallo tiende a poner fin a la sensación de impunidad".
Si, efectivamente, la sentencia del mencionado tribunal consigue modificar la sospecha colectiva en cuanto a la existencia de privilegiados a los que en la Argentina contemporánea no les llega la mano de la Justicia, algo huele bien en el comienzo del milenio.
Pero no es sólo en relación con la confianza colectiva en la Justicia que el caso Cabezas funcionará como punto de inflexión.
En lo que respecta a la cobertura mediática, el crimen del fotógrafo ha sido ejemplo de una labor mayoritariamente respetuosa de la memoria de la víctima y de sus familiares, de una tarea realizada con plena conciencia de las fronteras y las diferencias entre la labor propia de la Justicia y la del periodismo, y de un seguimiento informativo que evitó consumirse en el arrebato de la inmediatez.
A la hora de informar sobre el caso Cabezas, hasta la televisión, tan afecta a cambiar rápidamente el ángulo de la información, supo dar muestras de constancia.
Sibila Camps y Luis Pazos, autores del libro "Justicia y televisión", señalan que la movilización de los colegas de Cabezas fue "unánime" y aclaran que esa congruencia de actitudes no fue sólo fruto de que "la víctima fuera un compañero del gremio".
Los motivos de la reacción espontánea, inmediata y compartida eran de otra naturaleza:"Desde un principio se sospechó que su crimen -de claras connotaciones mafiosas- estaba relacionado con su profesión, por haber puesto en imágenes dos de los aspectos más oscuros de la corrupción:había ilustrado una investigación sobre la estructura de la policía bonaerense y había sacado a la luz el rostro de Alfredo Yabrán -siguen diciendo Camps y Pazos-.
Los trabajadores de los medios no dudaron de que el crimen del fotógrafo de Noticias constituía un mensaje.
Por eso, desde el primer momento entendieron que si quedaba impune, los derechos a informar y a ser informado estarían definitivamente en peligro.
Y así lo comunicaron en sus propios mensajes a la sociedad".
Tanto valor tenía lo que estaba en juego tras el asesinato del fotógrafo que ni siquiera la televisión -tan proclive a convertir las tragedias individuales o colectivas en el show de las emociones- se permitió trivializar el asunto.
"El significado del crimen unió a la gente de la televisión, que en su mayoría
dejó de lado las prácticas competitivas duras, para armar un frente común.
También les marcó un límite de respeto que pocas veces se atrevieron a franquear", evalúan los autores de "Justicia y televisión".
Cabe señalar que en esa opción por el respeto, la televisión supo escuchar también la voz de la opinión pública.
Los espectadores no le habrían permitido travestir el homicidio de Cabezas en una feria de vanidades.
De hecho, cuando la producción de Susana Giménez tuvo la lamentable idea de convertir el asunto en la arcilla de un telejuego, donde el público tenía que responder si creía o no en el esclarecimiento del crimen del reportero gráfico, el rechazo fue generalizado.
Tan poco espacio había en la opinión pública para la banalización del asunto que al día siguiente la conductora del ciclo debió pedir disculpas a los espectadores.
Es de desear que así como un día prometieron no olvidarse de Cabezas, los medios y el público sean capaces de recordar la lección que aprendieron por propia experiencia:que en democracia hay modos de rechazar la impunidad y de defender la primacía de las instituciones por encima de los intereses particulares.
Por más poderosos que esos particulares sean o por más estrechos que sean los lazos que los vinculan con el poder político de turno.