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Apostando al dólar
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Por Ernesto Hadida, editor de Invertia Argentina.

Los ruidos políticos que acompañaron a la salida de la primera junta militar determinaron que el 29 de marzo de 1981 asuma un nuevo ministro, Lorenzo Sigaut.
El nuevo ministro pasó a la historia por la frase “esta vez, el que apuesta al dólar pierde”.
Un mes
después, Sigaut asistió a una nueva devaluación del peso: la moneda local perdió más de un 35 por ciento de su valor frente al dólar y se pagaron 8.800 pesos nuevos por unidad, el salario real cayó y se indexaron los créditos hipotecarios hasta mas de un 11 por ciento.
En tanto, la desocupación llegó al 5 por ciento y afectó a un millón de trabajadores.
El PBI cayó ese año cerca de un 6 por ciento.
Durante 1982, Estados Unidos subió las tasas de interés, lo que empeoró aún más la situación de las empresas argentinas que buscaban financiamiento externo.
Con el aumento de tasas, los capitales golondrina, que habían llegado a la Argentina por las altas tasas existentes, regresaron a Estados Unidos.
El resultado del PBI cayó ese año un 5,7 por ciento.
Ese mismo año la guerra de Malvinas y la estatización de la deuda privada instrumentada por el presidente del Banco Central, Domingo Felipe Cavallo, no dejaron mucho margen para el crecimiento económico.
A pesar que el nuevo ministro de Economía, Roberto Alemann, redujo el gasto al máximo, pero el país solo creció un 3,1 por ciento.
En 1983, con la llegada de la democracia, la dictadura militar abandonó el control del país.
Sus últimos dos ministros de Economía son casi decorativos: José María Dagnino Pastore y Jorge Wehbe pilotearon la última etapa de la dirección financiera de la Nación, pero su tarea no fue más allá de meros actos administrativos.
Pastore y Wehbe intentaron, sin lograrlo, ordenar un poco las cuentas fiscales, a la espera de que el gobierno civil se hiciera cargo del desastre fiscal que deja el Gobierno.
La dictadura militar dejó una economía sin rumbo y un Estado quebrado: la deuda externa se cuadriplicó en los 7 años de gobierno del proceso; también aumentó la transferencia de capitales hacia el exterior y se redujo la producción y empleo industrial.
Como coroloario del proceso económico, también se lesionó la distribución del ingreso: la dictadura aumento la concentración de la riqueza, y entre 1976 y 1983 la brecha entre ricos y pobres creció un 50 por ciento.
La pesada herencia de la dictadura, expresada en la desmesurada deuda externa, debió ser afrontada por los posteriores gobiernos democráticos.
Las promesas del equipo económico de la dictadura de desarrollar un capitalismo competitivo no sólo no se cumplieron, sino que comprometieron al país a un endeudamiento estructural que constituye, 25 años después, el punto mas vulnerable de la economía argentina.