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Aquella primera visita a la ESMA
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Diario La Nación - Domingo 15 de Febrero de 1998 - Aquella primera visita a la ESMA (por Magdalena Ruiz Guiñazú) Escuchar el testimonio de las madres Laura Bonaparte de Bruchstein y Graciela Palacio de Lois luego de efectuar su visita a la ESMA, donde desaparecieron para siempre sus seres queridos, removió en lo más profundo de mi memoria detalles de otra visita: aquella que en julio de 1984 realizamos a la ESMA algunos miembros de la Conadep.
Recuerdo perfectamente aquella mañana nublada en la que con monseñor De Nevares, Graciela Fernández Meijide, Eduardo Rabossi y el
entonces diputado Santiago López nos presentamos junto con un grupo de testigos sobrevivientes ante los portones de la ESMA.
En cuanto se abrieron las pesadas verjas comenzó a acosar a los testigos un fotógrafo que, como saliendo de la nada, apareció junto a nosotros.
Sin contestar preguntas no hacía sino disparar su cámara como una forma de intimidar a quienes habían estado allí pocos años atrás en calidad de detenidos desaparecidos.
También hacia nosotros dirigió insistentemente su objetivo hasta que, usando el mismo tono de intimidación con que suelen impartirse las órdenes militares, le recordamos nuestra condición de secretarios de Estado y le ordenamos (lo entendió) que nos fotografiara y luego se marchara, so pena de hacer intervenir a las fuerzas de custodia que nos acompañaban.
El incidente, quizá nimio, fue en aquel momento terrible para los testigos, que eran constantemente amenazados por teléfono.
Uno de ellos había permanecido allí, en la ESMA, hasta diciembre de 1983.
El recuerdo del espanto.
Nos dirigimos hacia el Casino de Oficiales, lugar físico donde ocurrió el exterminio y el horror que hoy nos ocupa.
Los testigos comenzaron a reconocer con los ojos cerrados (habían estado allí vendados, "tabicados" según la jerga del espanto) corredores, escalones, puertas, desniveles.
Volvían al mundo de la sombra desde muchos aspectos y, a veces, los recuerdos se volvían difíciles de precisar.
En efecto, la ESMA sufrió dos modificaciones edilicias en 1977 y 1978, como preparación a la visita de la Comisión de la OEA, ocasión en que se trasladó a los detenidos a una isla del Delta, en el Paraná Miní.
El reconocimiento tomó parte de la mañana.
Encontramos una escalera tapiada en el sótano, cuyo suelo todavía mostraba rastros de tabiques que conformaban dos o tres salas de tortura y otras de interrogatorio y confección de documentos.
También desde allí salían los grupos que integraron los vuelos de la muerte, que se realizaban generalmente los miércoles.
Los testigos Alejandro López, Carlos Muñoz y otros nos indicaron también que durante su cautiverio había funcionado allí un ascensor.
Figuraba, en efecto, en los planos que llevaba el arquitecto Ocampo, que actuaba como técnico en la Conadep.
Sin embargo, el ascensor había desaparecido.
Mientras el equipo técnico y los testigos recorrían el hall central, una persona de uniforme y que llevaba en la mano una planilla se acercó a Graciela y a mí y, sin levantar la vista, dijo: "El ascensor estaba detrás suyo".
En efecto, allí, a continuación de una especie de prolijo mostrador, había un hueco mediano que era usado como perchero para colgar abrigos.
El camuflaje era perfecto y ahora el relato cerraba bien.
La persona de uniforme se alejó tan silenciosamente como había llegado.
El infierno en "la Capucha" Comenzamos a subir entonces por las escaleras y llegamos a un lugar cuya descripción aún hoy resulta opresora.
El famoso "Capucha", donde eran hacinados aquellos que tenían como destino "tortura-encierro-traslado", apareció ante nuestros ojos como un enorme altillo con vigas de hierro pintadas de gris que aún hoy sostienen el techo del casino de oficiales.
En un rincón se apilaban camas de hierro en desuso y en todo su perímetro pudimos observar un grueso caño de agua al que eran encadenados los prisioneros engrillados.
Una testigo explicó que no se les permitía la privacidad de un baño, y que cuando permanecían encadenados sólo un balde podía servir de alivio a sus necesidades.
En toda la enorme habitación reinaba un pesado silencio en el que el rumor del tránsito de avenida del Libertador llegaba como el sonido de un mundo de infinita lejanía.
Sin ser una persona particularmente religiosa, me encontré repitiendo el oficio que marca para los difuntos la liturgia católica: "Dales Señor el descanso eterno... que la luz divina ilumine su espíritu...".
No hubiera podido usar otras palabras.
En medio de aquel silencio era palpable la presencia de tantos y tantos que habían agonizado de terror y dolor entre aquellos muros.
Diría que era una presencia perceptible.
Como en un relámpago recordé el árbol de Navidad que en cada diciembre se encendía en el parque de la ESMA con alegres luces.
Estaba allí, visible desde los ventanucos de "Capucha".
De seguro, también los detenidos lo vieron así y se preguntaron si podía existir un mundo donde fuera Navidad.
Y lo horrible es que también nosotros, los que estábamos milagrosamente en ese mundo navideño, pasábamos por la ESMA sin imaginar jamás que allí, a pocos metros de los recreos familiares, las heladerías multicolores, las piscinas veraniegas, se desarrollaba tranquilamente una representación ajustada del infierno, que los hombres se esforzaron por imaginar.
Nadie vuelve indemne del reino de las tinieblas.
Por eso, aún hoy, catorce años después, quiero recordar.
Tengo que hacerlo no solamente porque ningún miembro de la Conadep volvió a ser el mismo después de aquel informe, sino porque las nuevas generaciones deben saber que la palabra olvido es tan letal como el odio, que sólo reseca y destruye el corazón.