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La historia de Gricel
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La historia de Gricel
por Horacio Belmaña

Gricel, compuesto por Mariano Mores, que José María Contursi -Katunga para los amigos-, dedicara al gran amor de su vida: Susana Gricel Viganó.
Aquí la primer aclaración documentada: su nombre fue Gricel y no Griselda como lo sostienen algunos
estudiosos del tango.
Gricel había nacido en el porteño barrio de San Cristóbal el 15 de abril de 1920.
José María Contursi nació en Lanús el 31 de octubre de 1911.
Gricel un día recibió una carta de sus grandes amigas de Guaiminí, Nelly y Gory Omar, quienes la invitaban a pasar unos días en Buenos Aires.
Gricel no dudó.
Hizo sus valijas y tomó el tren que la llevaría a un destino de amor y llanto.
Los días de Buenos Aires fueron pocos Gricel y su madre fueron a presenciar la actuación de las hermanas Omar en Radio Stentor, las que le presentaron a un joven y engominado locutor que se presentó formalmente: José María Contursi, dijo él.
Gricel, contestó ella.
Sin sospechar que comenzaba a elaborarse uno de los tangos más sentidos y románticos.
Su regreso a Capilla del Monte mostró a una Gricel distinta.
Saludaba a los colectiveros con la mirada distante y contemplaba las hermosas puestas de sol con profundos suspiros.
Corrían los años 1935 y 1936.
En ese entonces ganó todos los concursos de belleza que se realizaban en las sierras de Córdoba, pero la banda de "Miss" no alcanzaba y los suspiros proseguían.
En 1938 acosado por una fiebre intestinal y sin antibióticos, Contursi recibió el clásico consejo médico de aquellos años: los aires de las sierras de Córdoba.
Las hermanas Omar le dijeron entonces: «¿Te acuerdas de Gricel? Vive en Capilla del Monte, en plenas sierras cordobesas».
Hacia allí partió Contursi dejando en Buenos Aires a su esposa Alina Zárate y a una hija del matrimonio, llevando consigo no solo su enfermedad sino también su afición por las faldas femeninas, el turf y por su San Lorenzo querido.
Egidio Viganó resultó impotente para impedir el romance entre su hija y un seductor "de academia".
Así regresó Katunga a Buenos Aires, luciendo una nueva estrella en su bandera de seductor y tal vez canturreando: "Yo anduve siempre en amores, qué me van a hablar de amor".
Pero se equivocó rotundamente.
Ignoraba que al poco tiempo clamaría: "¡Qué ganas de llorar en esta tarde gris!".
Al poco tiempo necesitó regresar a Capilla del Monte inventando otra fiebre intestinal que obligó a su esposa a derramar llanto por mera intuición femenina.
Fue la oportunidad en que Contursi se entregó de lleno al desenfreno amoroso que lo impulsó a escribir tantas letras de tango.
Finalmente un día tuvo que optar, y como hombre cabal volvió al lado de su esposa con intestinos sanos pero con el corazón destrozado al igual que Gricel, quien vio partir el tren destruída en sus afectos pero jurando no llorar nunca más.
Luego vino un epistolario amoroso que presentaba una marcada diferencia: las cartas que llegaban de Buenos Aires estaban impregnadas de profunda tristeza; las que partían desde Capilla del Monte lo eran con letra firme.
Un día, llegó una carta con la letra de "Gricel".
Todo cambió: Don Egidio Viganó, su alemana esposa, los colectiveros y los residentes en la ciudad comenzaron a vivir un clima lacrimógeno y Gricel comenzó a ser llamada: "Gricel, la del tango"
No hubo concurso de belleza realizado en el Valle de Punilla que no fuese ganado por Gricel quien comenzó a frecuentar los bailes del Hotel Victoria de Capilla del Monte donde se disputaban el privilegio de bailar con ella.
Todo era insuficiente, pero Gricel se propuso recomponer su vida.
Así fue que en la vieja y clásica Confitería del Plata de la ciudad de Córdoba, conoció a Jorge Camba con el que contrajo matrimonio en 1949.
Tuvieron una hija, Susana Jorgelina, pero hubo un problema: Camba también era afecto a las faldas y la abandonó en uno de sus frecuentes viajes al Chaco uniéndose a Vilma Rabez.
Gricel tampoco lloró.
Había heredado el fuerte carácter alemán de su madre.
Sus días transcurrían aplicados a la educación de su hija, al dictado de clases de telar y al cultivo de los idiomas inglés e italiano.
En 1962 llegó a Capilla del Monte el célebre bandoneonista cordobés Ciriaco Ortiz.
Le traía la noticia de la viudez de Contursi, jurando que no era emisario de nadie.
También le transmitió que su gran amor sólo encontraba consuelo en el alcohol que consumía en la confitería El Molino.
Nuevamente el fuerte carácter heredado de su madre se hizo presente y con algunas mentiras y excusas dirigidas a su hija partió en el ómnibus de la Costera Criolla rumbo a Buenos Aires.
Se encontró con su gran amor en esa confitería.
Contursi con su clásica apostura, traje gris, tiradores, luciendo canas y el aroma de la colonia Giesso.
Gricel de la mano de su hija Susana.
Ignoramos excusas y perdones, pero a partir de ese momento Gricel viajó permanentemente a Buenos Aires.
Los hijos de Katunga a su vez viajaban a Capilla del Monte acompañando a Susana y su abuela alemana.
En Contursi seguía presente: el alcohol, con el consecuente deterioro de su salud.
Gricel tomó la decisión: "Nos vamos a Capilla del Monte".
Pero el whisky queda aquí.
Gricel y Contursi volvieron a Capilla del Monte.
No obstante la salud de Katunga, sufría verdaderos estragos hasta que en Cosquín, localidad ubicada a solo 30 kilómetros de Capilla del Monte, el Dr. Santos Sarmiento logró una pausa en ese deterioro.
El Párroco de Capilla del Monte unió en matrimonio a José María Contursi, de 56 años de edad, viudo, con Doña Susana Gricel Viganó, de 47 años de edad, soltera.
El matrimonio duró 4 y 9 meses.
El 11 de mayo de 1972 Contursi abandonó el tango y este mundo.
Gricel vivió luego en Villa Allende, y falleció el 25 de julio de 1994 víctima de un derrame cerebral.
Sus cenizas reposan en Villa Rivera Indarte, mientras que los restos de Contursi descansan en el Panteón de SADAIC en Buenos Aires.
Es la historia real de un tango que conmovió a generaciones por su belleza y profundidad como todo lo que escribió Contursi, gran parte de los cuales estuvieron inspirados en este amor que por momentos parecía imposible.