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Joni Mitchell
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Joni Mitchell
por Diego Fischerman para Página 12
La de quien se atrevió a homenajear a Charlie Mingus sin ser música de jazz, a tener una banda de jazz para hacer canciones que no eran de jazz y a hacer
canciones de jazz, mucho después, en un brillante disco de homenaje a Gershwin firmado por Herbie Hancock.
O a mezclar su “Both Sides Now” y su “A Case of You”, convertidas en canciones de jazz, con “Stormy Weather”, una canción de jazz.
La historia es, definitivamente, la de alguien que tuvo poliomielitis a los nueve años, que empezó a pintar a los diez, a escribir poesía a los once y a cantar cuando Bob Dylan le demostró que era posible, la mujer conocida en el mundo con el seudónimo de Joni Mitchell.
Joni Mitchell hoy tiene 56 años, acaba de editar un disco magnífico –posiblemente uno de los mejores de una carrera donde los discos magníficos abundan–, y hace tres años que se reencontró con su hija, antes llamada Kelly Dale y ahora Kilauren.
El folleto del disco Both Sides Now, antes del final signito de copyright seguido del número 2000 y del nombre Joni Mitchell, tiene una pequeña (e inevitable) leyenda: “Este álbum está dedicado a mi hija Kilauren”.
La misma que a los 32 años y antes de dar a luz a su primera hija (la nieta de Joni Mitchell, claro) quiso conocer a sus padres biológicos.
Y que no recibió demasiados datos en las oficinas pertinentes salvo la fecha y el lugar de nacimiento de ambos, más algunas aficiones y enfermedades.
Hasta que un día, leyendo una biografía de Joni Mitchell, supo quién era su madre.
“Dios mío, todos estos datos coinciden.
Mamá tuvo polio a los nueve años, el abuelo estaba a cargo de un almacén, la abuela era una maestra... Saskatchewan... novio en la escuela de arte.
Había como 14 o 15 coincidencias.
Por supuesto, a partir de ese momento los críticos y exégetas comenzaron a encontrar en las canciones de Joni Mitchell infinidad de pruebas acerca de su maternidad y de la culpabilidad de haber entregado a su hija en adopción.
“Di a luz cuando tenía veinte años y lo principal era ocultarlo”, cuenta ahora.
“El escándalo era tan intenso...
Tener un hijo no podía ser algo más desdichado.
Socialmente te arruinaba.
El estigma era espantoso.
Era como haber asesinado a alguien.
Yo no tenía dinero.
No tenía trabajo.
Pero intenté encontrar algún tipo de solución que me permitiera quedarme con ella sin lastimarla.
Ni a ella ni a mí misma.
Me casé por conveniencia con Chuck Mitchell, me prometieron un trabajo en Detroit.
Pero después de un mes de matrimonio, él huyó despavorido.
El matrimonio no tenía ninguna base, excepto que me permitía darle un hogar a la niña.
Finalmente decidí ir a la oficina de adopción.
Dice en los papeles que en la audiencia me puse muy emotiva, y seguramente fue así.
Yo no recuerdo nada.
En su nuevo álbum –así como en su reciente colaboración con Herbie Hancock, cantando “Summertime” y “The Man I Love”– hay algo de una sabiduría especial, de esa rugosidad en la voz que sólo pueden dar los años.
Está el antiguo talento, pero la voz –más grave, más desprendida de los tics del folk y de la modernidad un poco impostada de sus discos de principio de los 80– adquirió una cualidad sólo asimilable a la categoría de “clásica”.
Joni Mitchell ya no canta como una cantante del momento, como si se tratara apenas de un último disco.
Canta como si su voz fuera eterna, como si estuviera desde siempre y, más aún, como si ya fuera una cantante canonizada por la historia, lo que en cierto modo resulta cierto.
Pero lo curioso es que Joni Mitchell ya ha sido canonizada de varias y muy diferentes maneras: como reina del folk (un género con el que, por otra parte, jamás comulgó del todo), como musa del hippismo (movimiento con el que mantuvo todas las distancias posibles) y, ahora, como cantante de jazz (cosa que nunca fue, a pesar de haber sido la única a la que Mingus le permitió cantar sus músicas)
Algunos datos resultan reveladores.
Por ejemplo, el bajo en el álbum Don Juan Reckless Daughter y en Hejira, tocado por un Jaco Pastorius en quien todavía no había reparado casi nadie.
O la banda de los sueños que la acompañó en su doble en vivo, Shadows & Light: Michael Brecker en saxo tenor, Lyle Mays en teclados, Pastorius en bajo, Pat Metheny en guitarra y Don Alias en batería.
Otros datos los da, precisamente, su último disco.
Allí aparece uno de sus invitados más incondicionales: el saxofonista Wayne Shorter.
También, el pianista
Herbie Hancock, el trompetista Mark Isham (autor de la música para la mayoría de las películas de Alan Rudolph), el baterista Peter Erskine.
Y dos arregladores: Vince Mendoza –uno de los más prestigiosos orquestadores de la escena neoyorquina– y, en “Stormy Weather”, esa leyenda llamada Gordon Jenkins.
El antiguo colaborador de Frank Sinatra y Ella Fitzgerald construye aquí, como en esos pequeños frescos casi expresionistas a los que se atrevían los cantantes en los años 50, una auténtica tormenta pasional.
Todas las canciones del disco se refieren al amor romántico.
De hecho, las canciones están ordenadas de tal manera que proponen un itinerario, desde los comienzos de una relación a sus posibles y variados deterioros.
Entre los múltiples detalles que se destacan está el primer cello de la orquesta, tocado por Anthony Pleeth, uno de los principales músicos de cámara ingleses.
El productor del disco sigue siendo, como en los anteriores, Larry Klein, aquel bajista de Peter Gabriel y sesionista de muchos discos ilustres salidos de la Costa Oeste.
Una lista incompleta de quienes admiten a Joni Mitchell como su maestra abarca desde Sting hasta Prince, pasando por Madonna.
Muchos de ellos, con sus nombres o de incógnito, han participado en sus discos.
Pero lo más interesante es escuchar aquí “Both Sides Now” y volver a oírlo en Clouds.
Y hacer lo mismo con “A Case of You”.
Sobreponerse a esta versión paralizante e ir a la original, incluida en Blue.
Lo que puede comprobarse entonces es, simplemente, que Joni Mitchell nunca es igual a sí misma y que su historia puede ser (y siempre lo es) miles de historias a la vez.