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Malvinas por Jorge Lanata
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Extraído del libro "Argentinos" ( Parte II ) de Jorge Lanata

–"Lombardo, le habla Anaya.
¿Podría venir al Casino de Oficiales?".
Así comienza Malvinas, La Trama Secreta, de los periodistas Oscar Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy, una profunda y equilibrada investigación sobre la guerra, publicada en septiembre de 1983.
El vicealmirante Lombardo citado en el libro acababa de asumir como Comandante de Operaciones Navales, y el almirante Jorge Isaac Anaya era, claro, su superior.
La escena descrita en La Trama Secreta sucedió en momentos en los que el país aún sufría los coletazos de la salida intempestiva de Viola y su reemplazo por Galtieri.
En el marco del golpe de estado económico aún se debatía si el futuro ministro sería Krieger Vasena, o el eterno Álvaro Alsogaray, aunque fue Roberto Alemann el triunfador.
"–Vea, Lombardo –sigue el libro–.
Lo que le voy a decir es absolutamente reservado.
¿Estrictamente confidencial, me entiende? "–Le ordeno -le dijo entonces Anaya- que prepare un plan de desembarco argentino en las Islas Malvinas.
Usted debe ser el primero en el país que se entera de esto.
Sería conveniente, entonces, que el equipo que escoja para colaborar en el planeamiento mantenga la boca cerrada.
El secreto es prioritario, ¿me entiende?" El sueño de reconquistar las Malvinas ya había formado parte de la agenda nocturna de Massera en el primer año del Proceso, pero no pasó de una enunciación del Almirante Cero para complicar aún más la gestión de Videla.
Increpado por la Junta respecto del desarrollo completo del plan, Massera guardó silencio, aunque al tiempo le pidió a Anaya que elaborara uno.
Aquel plan acababa, ahora, de resucitar.
La paranoica obsesión por el secreto arrastró al tándem Galtieri-Anaya a cometer el primer error suicida.
Hasta el plan más perfecto debe ser chequeado y contrapesado; este plan fue, en cambio, un diálogo de sordos: cada responsable se enteró de su rol sin tiempo real para evaluar alternativas, y debió adoptar los lineamientos que se le daban como un verdadero acto de fe.
"–Almirante, ¿qué va a pasar después de tomar las islas? –le preguntó Lombardo a Anaya.
"–Usted no se preocupe por eso, porque no le compete.
Limítese a elaborar el plan para tomar las islas.
El resto viene después.
" El primer mandamiento del "catecismo bélico" de Galtieri señalaba que Estados Unidos iba amantenerse neutral.
Sostienen Cardoso, Kirschbaum y van der Kooy que "el teniente general y embajador itinerante Vernon Walters llegó a comienzos de 1982 a Buenos Aires como emisario personal del presidente Reagan".
Walters había sido, a la vez, subdirector de la CÍA, y "llegó para discutir la integración de tropas argentinas a la fuerza multinacional que operaba en el Sinaí".
El diputado laborista inglés Tom Dalyell afirmó en su libro sobre el conflicto del Atlántico Sur que "Walters estuvo en Buenos Aires, intermitentemente, por muchos días entre octubre de 1981 y febrero de 1982, y discutió inter alia, el establecimiento de una Organización del Tratado del Atlántico Sur".
Un trabajo del comandante Marshall Van Sant Hall, de la Armada norteamericana –citado por Cardoso, Kirschbaum y van der Kooy– afirma que "cuando Galtieri asumió la presidencia en 1981 ofreció mucha asistencia al presidente Reagan.
Estas ascendentes relaciones interamericanas pusieron al presidente Galtieri en estrecho contacto con el embajador itinerante Vernon Walters.
De acuerdo con un persistente rumor, el presidente Galtieri usó al ex Director Asistente de la CÍA para sondear la política de Estados Unidos en el caso de una recuperación militar argentina de las Malvinas.
Reiteradamente Walters opinó sobre una hipotética instancia de neutralidad norteamericana con la precondición de que los argentinos no mataran británicos al recuperar las islas.
Fuera por razón de creencia o de coincidencia, los argentinos evitaron escrupulosamente cualquier baja británica o isleña durante la invasión".
La fecha inicial de la Operación sería el 9 de julio.
El desembarco y la recuperación de las islas iba a durar "D más 5", es decir que todo duraría cinco días.
Después estas fechas fueron cambiadas y el nuevo "Día D" se fijó el 15 de mayo.
"Jamás pude olvidarme de ese llavero con larga cadena con el que jugaba el vicealmirante Carlos Lacoste, cuando por primera vez en la vida escuché algo en serio sobre la posibilidad de que la Argentina invadiera las Islas Malvinas", escribió José Claudio Escribano, secretario general de redacción del diario La Nación.
"Eso ocurrió -sigue Escribano-en los días inmediatos al 11 de diciembre de 1981, caracterizados por la remoción 'por enfermedad', según se dijo, del presidente de facto general Roberto Viola.
"Lacoste era ministro de Acción Social (...) y me había invitado a tomar un café a su despacho.
Se trataba de explicar al cronista la singularidad de esa circunstancia tan poco habitual de que cayera el presidente y no cayeran los ministros (...)
Además, –comentó Lacoste a este cronista– alguien debe quedarse hasta la designación del nuevo presidente a fin de que no haya un vacío de poder.
Cuando se levantó del asiento, en su despacho del actual ministerio de Salud, jugando en el pulgar de su mano derecha con un llavero, el hombre clave de la organización del Campeonato Mundial de Fútbol de 1978 cerró del siguiente modo una serie de reflexiones que habíamos compartido sobre el creciente deterioro del gobierno militar: 'Esto se arregla muy fácil, invadiendo las Malvinas' (...)
A principios de febrero, no recuerdo bien si en The Times o en The Daily Telegraph o en un tercer diario en inglés, pero con seguridad en una página interior y a una columna, se publicó un título del siguiente tenor: '¿Serán invadidas las Malvinas?'
¿Cómo aceptar, pues la verosimilitud de que los británicos fueran tomados tan de sorpresa el 2 de abril, si la invasión era un tema debatido en los diarios londinenses? ¿O resultaba, acaso, que los británicos creían que la invasión eventual de Malvinas era de una excentricidad tal que superaba la de un alumno enloquecido de Cambridge, como Lord Byron, que se llevó al campus a vivir consigo un oso, con la excusa de que el reglamento de la universidad sólo prohibía introducir perros? (...)
Amadeo Frúgoli, ministro de Defensa –nada menos que ministro de Defensa– escuchó por primera vez hablar de la tesis de una invasión, en un almuerzo informal, en enero, por boca de un periodista.
Por cierto, le llamó la atención lo que acababa de escuchar, pero no fue sino entre el 28 y 29 de marzo que se enteró de que el hecho más importante de la historia militar argentina del siglo XX estaba por desencadenarse.
A mediados de marzo los ingleses se enteraron de una sospechosa maniobra argentina: Constantino Davidoff, un empresario chatarrero argentino, había acordado el desguace de una antigua factoría ballenera en las Islas Georgias del Sur, mil kilómetros al este de Malvinas.
Davidoff informó de la operación a los ingleses, y acordó su realización con Christian Salvensen, el propietario.
Todo estaba bien, salvo por un pequeño detalle: llegó a Leith con una cuadrilla de obreros, a bordo de un buque de la Armada Argentina.
La presencia de un barco de guerra alarmó a los británicos.
Los vínculos de Davidoff con el Servicio de Inteligencia Naval (SIN)
nunca pudieron ser confirmados, pero hasta el día de hoy suenan como probables.
Su cuadrilla izó una bandera argentina en las Georgias, y el jefe de la British Antartic Survey (BAS) les exigió que fuera arriada, a lo que los trabajadores accedieron.
Gran Bretaña consideró que se trataba de una seria provocación y envió al patrullero Endurance con un pelotón de royal marines a desalojar a los argentinos, algunos de los cuales vestían uniformes de infantes de Marina.
Anaya iba a protegerlos.
La Falklands Islands Company (FIC) en Port Stanley comenzó a presionar a Londres para que reprimiera la "provocación argentina".
Buenos Aires anunció que el buque partiría de las islas, cosa que en efecto hizo, pero con sólo algunos de los "trabajadores".
El resto quedó en la isla.
Casi al mismo tiempo el buque Bahía Paraíso zarpó hacia las Georgias llevando a bordo a los Lagartos, tropas de élite al mando del capitán de fragata Alfredo Astiz, con la orden de ocupar militarmente las islas.
Por primera vez en su vida, Astiz se enfrentaba a pelear como un militar: en las Georgias no podría ser Rubio, ni Ángel, ni Cuervo, ni Gonzalo, ni Eduardo Escudero, ni Gustavo Niño, notendría ninguno de los rostros falsos con los que hasta días atrás había torturado en la ESMA, o infiltrado en los organismos de derechos humanos.
Ahora, cuando debía mirar de frente, no supo cómo hacerlo...