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Caso María Soledad Morales
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Diario Clarín - Siete años de Soledad - por Aída Bortnik

Siete años antes, en setiembre de 1990, Julio Mera Figueroa era ministro del Interior, Ermán González era ministro de Economía, José Dromi de Obas Públicas, Domingo Cavallo de Relaciones Exteriores.
El joven, veloz y ambicioso José Luis Manzano presidía el bloque justicialista en la Cámara de Diputados.
Allí donde ocupaba su banca por Catamarca el honorable Angel Luque.
Un solo voto había designado intendente de la ciudad de Buenos Aires a Carlos Grosso.
Por intrincadas y absurdas negociaciones, que ganó durante el gobierno radical, Vicente Leonides Saadi había dejado una interesante herencia a su hija Alicia, la presidencia de la Comisión de Acuerdos del Senado de la Nación, la que aprueba la designación de jueces, nombramientos de Relaciones Exteriores y ascensos
militares.
Por primera vez, pero no por última, el presidente de la Nación advertía que "ni mil paros de la CGT cambiarán el rumbo".
Ya se había dictado una orden de captura internacional, para que Alfredo Astiz cumpliera en Francia la condena a cadena perpetua, premio allí considerado justo, por el asesinato de las monjas Dumont y Douquet.
Saddam Husseim ya había convocado a la Guerra Santa.
La cumbre Bush-Gorbachov en Helsinki anunciaba el aislamiento internacional del "demonio de Irak" y preparaba el clima para la petroguerra mediática.
Después de 17 años en una tumba N.N., se realizaba el funeral de Salvador Allende.
En Buenos Aires, Spinetta grababa su primer recital en vivo como solista, se estrenaban Mujer Bonita, ay, Carmela y Duro de Matar II, se anunciaban el regreso de los almuerzos de Mirtha Legrand, el aumento de un 35 por ciento en las naftas y la próxima inauguración del primer shopping de Palermo.
Ella todavía se tentaba en clase.
En medio de una prueba de Geografía, cuando descubría el complicado sistema que una compañera utilizaba para copiarse, no podía parar de reírse.
Era muy tentada, todos lo sabían, sus compañeras, sus hermanos, sus maestros...
Cuando ella empezaba el contagio se extendía.
Y la risa parecía interminable.
Desapareció en la madrugada del sábado 8.
Esa tarde se televisaba, en directo, el triunfo de Gaby Sabatini sobre Steffi Graf.
Esa noche, en la Facultad de Filosofía, se exhibía por primera vez en la argentina una copia de Saló, el prohibidísimo, difícilmente soportable filme de Passolini, acerca de los jóvenes prostituidos por el fascismo.
El domingo B le ganó a Independiente en Avellaneda.
El lunes encontraron el cadáver de María Soledad.
Ese mismo día Gaby, bella, victoriosa y solo tres años mayor que ella, regresaba al país y se subía a la moto de Sauvignon Belgrano.
Catamarca, la de los Saadi. Cuando María Soledad fue asesinada, hacía más de dos años que Don Vicente Leonidas Saadi, el que perdió un debate televisado --en el que inolvidablemente cito a "las nubes de Ubeda"" --frente al moderno y cultivado canciller Dante Caputo, estaba muerto.
En los últimos tiempos recorría el Senado casi en andas, sostenido por sus guardaespaldas.
Amenazaba con enterrar a todos los que lo contradecían.
Y se reía de los que creían que estaba demasiado enfermo para seguir dominando a los suyos.
Se resignó a morir solo dos días después de que Carlos Menem triunfase en las internas del justicialismo.
Pero dejó herederos.
Cuando María Soledad fue asesinada, los Saadi por sangre y por casamiento ocupaban, en la provincia y en la Nación, no menos de 17 puestos de poder.
Ramón es gobernador (todavía, porque su padre le había ordenado que se preparara para la Presidencia ), Vicente hijo, intendente y los demás senadores, diputados, ministros, fiscales, jueces, embajadores....
Vicente, el Patriarca, un negociador duro, sinuoso, sobrevivió hasta a los anatemas del mismo Perón que harto y encolerizado, le intervino la provincia cuando gobernaba.
Sus pactos eran famosos y los que celebró con Carlos Saúl Menem, al otorgarle apoyo en la interna partidista, fueron arduos y no resultaron secretos.
Cuando María Soledad fue asesinada, en San Fernando del Valle de Catamarca poca gente cerraba con llave las puertas de sus casas y nadie cerraba las de los coches, "aunque tuvieran pasacasetes".
Cuando María Soledad fue asesinada, según declaró entonces el ex juez José Cáceres, "jurídicamente, en Catamarca no se consumía droga.
Nunca, durante mi función, hubo un caso por tráfico o consumo.
Y me consta que tampoco lo hay ahora" Cuando María Soledad fue asesinada, la gente comentaba en las calles y en los bares los horarios, destinos y periodicidad de los vuelos, los lugares de aterrizaje, algunos puntos de reunión y algunos nombres propios de los traficantes de droga.
Los nombres del chiquitaje, claro.
Los grandes nombres se perdían en las sombras de sospechas que tras años de nepotismo feudal, rodeaban a casi todos los repetidos apellidos de siempre.
Cuando María Soledad fue asesinada, el jefe de Policía, comisario general Miguel Angel Ferreyra, se dirigió a los padres de la provincia: "Les pido --dijo- que tengan un mayor control sobre sus hijos.
Deben saber quiénes son sus amigos y compañeros.
Conocer los lugares a los que concurren y no dejarlos a la deriva.
Es fundamental para su segurida, antes de este sentido consejo, ya había ordenado lavar el cadáver.
A los bomberos les extrañó tanto, que todavía no recuerdan nada parecido.
El lavado no higieniza, borra huellas y señales irrecuperables.
Tres días después el jefe Ferreyra rechazaba las acusaciones que involucraban en el crimen a su hijo y a los sobrinos del intendente.
Diez días después el jefe ya había intentado, con su experiencia policíaca, convencer a la hermana Martha Pelloni, rectora del Colegio del Carmen y San José, de la conveniencia de disuadir a sus alumnas del impulso de entregarse a convocatorias, reclamos y marchas.
"Parece que desconfiaran de la Justicia y de las autoridades", dicen que dijo, sin ruborizarse.
"No me parece prudente --insistió--; se presta para los incitadores del caos.
" Quince días después, el gobernador Saadi le gritaba al jefe: "No soporto una marcha más".
Veinte días después, el jefe Ferreyra anunciaba su "renuncia irrevocable", para alguna fecha imprecisa "antes de fin de año"", aclamando: "Cuando más los necesité, el partido y los funcionarios me dejaron solo.
Como Nerón, quiero tocar la lira mirando a Catamarca arder en llamas.
" El irreprimido reproche a ese preciso dueto --el partido y los funcionarios-- por una solidaridad/complicidad insuficiente, apuntaba demasiado directamente al poder, resumía demasiado bien las desconfianzas de Catamarca.
Veintidós días después, Miguel Angel Ferreyra presentaba su renuncia, rápidamente aceptada.
Cinco meses después, su abogado defensor solicitaba la excarcelación del ex jefe Ferreyra, explicando que "el comisario había sido director de la cárcel y podía correr serios riesgos como residente".
Cuando María Soledad fue asesinada estaba enamorada, soñaba con tener un hijo, usaba ropa prestada por una amiga, vendía, con convicción irresistible, las entradas que les permitirían hacer el viaje de egresadas, creía que no era tan linda como para estar entre las aspirantes a Reina del Colegio, que desfilaban esa noche en Le Feu Rouge.
Hasta que María Soledad fue asesinada tenía padre y madre, dos hermanos y cuatro hermanas, una amiga del alma, tres amigas íntimas, muchas compañeras de curso, un novio secretamente casado, una risa fácil, un futuro largo.