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La masacre de los religiosos palotinos
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Diario La Nación - Jueves 5 de Julio de 2001
Aquellos tiempos oscuros

Los religiosos fueron fusilados por la espalda en 1976.
Memorar aquel aberrante episodio es internarse en la larga noche de terror, muerte y dolor que por interminables años se enseñoreó del país y sacudió sus entrañas.
Es volver al oscuro tiempo de la delación, la sospecha indiscriminada, el desprecio por la vida, la mentira flagrante, la calumnia que alimentaba la mente y cargaba las armas.
Al tiempo de la guerrilla y del terrorismo de Estado.
Estampa cruel de un período trágico, el vil asesinato de tres sacerdotes y dos seminaristas palotinos fue bien calificado como "La masacre de San Patricio".
En la fría mañana del 4 de julio de 1976, Rolando Savino, un muchacho de 16
años, puntual como siempre, llegó a la parroquia de San Patricio, en Estomba y Echeverría, para tocar el órgano en la misa de 8.
Se extrañó: faltaban unos minutos para esa hora y el templo estaba cerrado.
También se inquietó Celia Harper, la señora que usualmente ayudaba a los sacerdotes.
Tenía razones para temer: en los últimos tiempos se habían recibido amenazas.
Algunos de los tradicionales feligreses se inquietaban por el tenor fuerte, socialmente comprometido, de las homilías del párroco, Alfredo Kelly.
Joven, decidido, Savino, cansado de golpear y de gritar en vano el nombre de los sacerdotes, trepó por una ventana de la parte trasera.
La casa estaba en total desorden: muebles, libros, papeles y ropa dispersos por los pisos y camas.
La puerta de la sala de estar del primer piso estaba entornada.
Los cuerpos yacían en un enorme charco de sangre sobre la alfombra roja.
Marcas de balas y sangre impactados en las paredes.
Había pintadas como la sigla MSTM, en obvia alusión al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, con el que se pretendió vincular a los asesinados.
Las manos del mayor de los sacerdotes, el padre Eduardo Dufau, estaban atadas por detrás de su espalda.
Un póster de Mafalda que aludía a métodos represivos estaba depositado sobre el cuerpo de Salvador Barbeito.
Murieron fusilados por la espalda, con metralleta y otras armas.
Cayeron boca abajo y los asesinos siguieron disparando.
Horas antes de que se suscribiera el sumario policial, en la madrugada, otro efectivo, de consigna en una casa cercana, vivienda de un jefe militar, había sido alertado por compañeros de un patrullero: "Si escuchás cohetazos no salgás porque vamos a reventar la casa de unos zurdos", consigna Eduardo Kimel en su libro "La masacre de San Patricio".
Ese relato, que revelaba a las claras que la masacre había sido obra de alguno de los llamados "grupos de tareas", llegó pronto a oídos de las autoridades de la Iglesia.
La crónica publicada por La Nación el 5 de julio incluía el comunicado del Comando de la Zona I del Ejército.
Atribuía a "elementos subversivos el cobarde asesinato", calificaba el hecho de "vandálico" y decía que "sus autores, además de no tener patria, tampoco tienen Dios".
Ante la protesta de la Iglesia, el gobierno militar siempre se atuvo a esa versión.
El entonces ministro del Interior, Albano Harguindeguy, sin embargo, había reconocido ante autoridades eclesiásticas que todo había sido obra "de un grupo del gobierno salido de control".
Tres días antes de su asesinato, el padre Kelly había escrito en su diario: "He tenido una de las más profundas experiencias en la oración.
Durante la mañana me di cuenta de la gravedad de la calumnia que está circulando acerca de mí.
A lo largo del día he estado percibiendo el peligro en que está mi vida.
Por la noche oré intensamente, al finalizar no he sabido mucho más; creo sí que he estado más calmo y más tranquilo frente a la posibilidad de la muerte".

Por José Ignacio López - Diario La Nación.