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Plata dulce y tablitas amargas
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Por Ernesto Hadida, editor de Invertia Argentina
El apretón económico de Martínez de Hoz comenzó con el congelamiento de los salarios de los trabajadores, que quedaron bajo el control de la Nación, que fijó aumentos en forma periódica.
“El salario real ha llegado a un nivel excesivamente alto con en relación con la productividad de la economía”, afirmó el ministro en 1976.
El golpe que Martínez de Hoz le dio al salario real determinó que el ingreso de los trabajadores
nunca vuelva a recuperarse: de hecho, entre 1976 y 1980 cayó un 40 por ciento.
Los más afectados por esta caída fueron los obreros industriales, que sufrieron en sus bolsillos el derrumbe de la industria nacional.
Otra práctica que se inauguró en esa época fue el pedido de créditos a organismos internacionales: la Argentina recibió 400 millones de dólares de crédito por parte del FMI.
Pero la administración de Martínez de Hoz tenía un enemigo aún peor para derrotar que el déficit fiscal: la inflación.
El país que encontró la dictadura estaba acosado por una creciente inflación que amenazaba con devorar la capacidad de consumo.
En 1975, la inflación llega a subir mas del 300 por ciento al año, el PBI descendió un 1,4 por ciento y el PBI per cápita descendió un 3 por ciento.
Mientras, los precios al consumidor subieron entre marzo del '75 y enero del '76 un 566,3 por ciento.
La respuesta que Martínez de Hoz encontró para una inflación creciente que, entre otras cosas, derrumbó la producción industrial y la hizo caer más de un 25 por ciento fue un experimento monetario: la famosa “tablita”.
En rigor, “la tablita” era un sistema de devaluaciones preanunciadas para que la ciudadanía, (y especialmente los empresarios) supieran cómo y cuándo se iba a devaluar.
El plan de la tablita, especie de calendario de la devaluación, iba acompañado de una ley que traería aparejada la época de la “plata dulce”.
El 1 de junio de 1977 la “ley de entidades financieras” liberó el mercado de dinero y le dio garantía estatal a todos los depósitos a plazo fijo.
Con esta norma, si un banco quebraba, el Estado devolvía el dinero.
Comenzó así la especulación y la tristemente célebre “bicicleta financiera”.
Hasta la sanción de la ley de entidades financieras, la tasa de interés estuvo controlada por el Banco Central y siempre por debajo de la tasa de inflación, lo que le produjo un perjuicio a los ahorristas y un beneficio a los deudores (y a las empresas), ya que la deuda se licuó a través de la alta inflación.
Martínez de Hoz intentó corregir este proceso con un gesto totalmente liberal: mediante la ley de entidades financieras liberó las tasas de interés, por lo que cada banco ofreció a los ahorristas las tasas que creyó convenientes.
Este mecanismo hizo que los bancos ofrecieran tasas de interés muy altas para captar más depósitos.
En octubre del '77, las tasas de interés alcanzaron un nivel del 135 por ciento anual.
La distorsión de este mecanismo hizo que las empresas tuvieran que endeudarse en el extranjero, ya que debieron pagar altas tasas para lograr financiación en el mercado local.
Así, mientras los plazos fijos y las financieras se reprodujeron ferozmente, los que tomaron créditos hipotecarios durante esa época terminaron pagando tasas usurarias: el ejemplo fue la de la recordada circular 1.050 del Banco Central, que liberó las tasas de los créditos hipotecarios a la fluctuación del mercado, permitiendo a las entidades bancarias otorgar créditos a particulares sin fijar de antemano los intereses.
La circular 1050 determinó que miles de ahorristas terminaran pagando tasas siderales o que debieran entregarle sus viviendas al banco, ya que los intereses, fijados por un mercado de tasas que llegaron a mas del 100 por ciento al año, tornaba impagables los préstamos.
En 1978, el plan de Martínez de Hoz dio indicios de ser un fracaso total: la inflación anual llegó al 160 por ciento, y el PBI descendió durante ese año cerca de un 3,2%.
Al crecimiento nulo del país se le sumaron los fuertes gastos del Estado: el 25 de junio del 1978 la Argentina ganó el Campeonato Mundial de Fútbol.
Ese mundial, organizado en el país, costó cerca de US$ 500 millones, gasto que fue completamente cubierto por el Estado.
La perversión del sistema financiero se tornó difícil de dominar para el Gobierno: en 1979, los precios minoristas crecieron en un 139,7 por ciento, y la capacidad de consumo se redujo vertiginosamente.
La situación de las empresas privadas empeoró, ya que, al abrirse la importación y disminuir el consumo, muchas de ellas debieron endeudarse en el exterior (debido a las altas tasa locales) para sobrevivir.
Al final, la distorsión en la banca terminó por perforar a muchas entidades financieras, que no pudieron hacer frente a sus obligaciones: el 28 de marzo de 1980 el Banco Central ordenó la liquidación del Banco de Intercambio Regional (BIR)
A fines de ese año, cerca de 25 entidades financieras habían quebrado, casi todos bancos cooperativos o provinciales.
El fracaso de la gestión de Martínez de Hoz terminó por hacerse evidente cuando tuvo que tomar una resolución drástica: el 3 de febrero de 1981 el peso fue devaluado un 10 por ciento con relación al dólar.