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Poesía en castellano
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Antecedentes de la poesía en lengua castellana El soneto y el verso de once sílabas de Petrarca fueron decisivos para la poesía española del llamado Siglo de Oro.
Lope de Vega, Góngora, Quevedo, cultivaron el soneto y el tema amoroso, aunque también el poema filosófico y el motivo legendario.
La conquista del endecasílabo, y en general de los versos de más de ocho sílabas, dividieron la poesía castellana en «arte menor» y «arte mayor».
En general, la poesía popular estaba escrita en versos octosilábicos.
Durante la Edad Media, esa forma solía ser la de los romances populares, cuyo rescate en el siglo XX se debe a Ramón Menéndez Pidal, autor de Flor nueva de los romances viejos (1928)
Este romancero anónimo no sólo fue considerado uno de los más antiguos antecedentes de la poesía de la lengua sino que su belleza aracaica resultó sugestiva e inspiradora para poetas contemporáneos, como Federico García Lorca, autor del Romancero gitano.
Otros textos que se consideran fundamentales
en la evolución del género en lengua española han sido el anónimo Cantar del mío Cid, las reflexivas Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, y las poesías místicas de Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), obras estas dos últimas, escritas sin embargo en versos de arte menor.

Versificación castellana

El arte de combinar rítmicamente las palabras no es lo único que distingue a la poesía de la prosa, pero hasta el siglo XX constituía la mejor forma de diferenciar ambos géneros.
La versificación tiene en cuenta la extensión de los versos, la acentuación interna y la organización en estrofas.
La rima (coincidencia de las sílabas finales en versos subsiguientes o alternados) es otro elemento del ritmo, igual que la aliteración, que es la repetición de sonidos dentro del verso, como en este de Góngora: «infame turba de nocturnas aves», donde se repite el sonido ur y también se juega una rima asonante en el interior del verso entre infame y ave.
La rima es consonante cuando todas las letras de la última sílaba coinciden en dos o más versos próximos.
Se llama asonante cuando sólo coinciden las vocales.
La poesía en lengua castellana se mide según el número de sílabas de cada verso, a diferencia de la poesía griega y de la latina, que tienen por unidad de medida el pie, combinación de sílabas cortas y largas (el yambo, la combinación más simple, es un pie formado por una sílaba corta y otra larga)
En la poesía latina los versos eran frecuentemente de seis pies.
Por el número de sílabas, hay en la poesía en lengua castellana versos de hasta 14 sílabas, los alejandrinos.
Es muy frecuente el octosílabo en la poesía popular, sobre todo en la copla.
Las coplas de Manrique se basan en el esquema de versos octosílabos, aunque a veces son de siete, rematados por un pentasílabo.
A esta forma se le llama «copla de pie quebrado».
La irregularidad silábica es frecuente, incluso en la poesía tradicional.
Por ejemplo, en poesías de versos de once sílabas se pueden encontrar algunos de diez o de nueve.
Las estrofas (grupos de versos) regulares, de dos, cuatro, cinco y hasta ocho versos o más corresponden a las formas más tradicionales.
El soneto, una de las más difíciles formas clásicas, se compone de catorce versos, generalmente endecasílabos (once sílabas) divididos en dos cuartetos y dos tercetos (estrofas de cuatro y de tres versos) con distintas formas de alternar las rimas.
La alternancia de sílabas tónicas (acentuadas) y átonas (sin acento) contribuye mucho al ritmo de la poesía.
Si los acentos se dan a espacios regulares (por ejemplo, cada dos, tres o cuatro sílabas) esto refuerza la músicalidad del poema.
Mantenida esta regularidad a lo largo de todo un poema, se logra un efecto muy semejante al del compás musical.
La poesía del siglo XX ha prescindido de la métrica regular, y sobre todo de la rima.
Sin embargo, la aliteración, la acentuación y a veces la rima asonante, mantienen la raíz musical del género poético.
Nicanor Parra escribió un libro de poesías al que llamó La cueca larga.