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Yabrán
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Gualeguaychu.

Un joven chofer y su esposa, leales hasta el fin, fueron las dos únicas personas que se encontraban con Alfredo Yabrán en el casco principal de la estancia San Ignacio en el momento de su muerte.
Quienes acompañaban a
Yabrán serían Leonardo Aristimuño, de 28 años, y su esposa, Andrea, de 25.
Aristimuño trabajaba para el empresario suicida desde hacía siete años, y había sido el chofer que lo llevó a Dolores cuando fue citado a declarar, el 23 de mayo y el 10 de octubre del año último.
Desde hacía un mes, Aristimuño y su esposa habían empezado a trabajar como administradores de la estancia San Ignacio, y desde ese puesto colaboraron en la preparación del que sería el último refugio antes del suicidio.
Apenas si conocían la zona -a la que habían ido muy pocas veces acompañando a Yabrán- y se movilizaban indistintamente en una camioneta Cherokee azul con una franja plateada o en un Peugeot 205 bordó.
Los dos autos estaban en San Ignacio el mediodía de anteayer: la camioneta se fue por otra puerta cuando la comisión policial llegaba con la orden de allanamiento, y el Peugeot abandonó el campo en la madrugada del jueves.
La salida de la camioneta fue interpretada como un último intento de distracción para posibilitar la fuga. La policía no la vio -o le pareció innecesario detenerla- y siguieron hasta el casco donde se ocultaba Yabrán. El último refugio en la estancia San Ignacio había comenzado a prepararse 40 días antes de que el juez José Luis Macchi librara la orden de detención del empresario.
En los primeros días de abril último, el casco principal del campo había empezado a ser restaurado bajo la dirección de un arquitecto de Buenos Aires, aunque los materiales se compraban en el único corralón del pequeño pueblo de San Antonio, y los albañiles eran traídos desde Larroque, el lugar donde nació Yabrán, 100 kilómetros al noroeste del campo.
Mientras duraron las tareas de refacción, en la estancia trabajaba una pareja con tres hijos, encargada de cuidar el casco, y otro matrimonio fue empleado para mantener el parque.
Las cuatro personas habían sido contratadas en negro por Leonardo Aristimuño, que les había prometido la firma de un contrato a futuro.
Esto no sucedió, y en los últimos días de abril los caseros fueron despedidos y a los parqueros se les dijo el 4 de mayo que el trabajo había concluido.
"¿Hicimos algo mal?", preguntaron angustiados.
"No; son órdenes de arriba", fue la respuesta.
Para el 5 de mayo, entonces, la situación era la siguiente: una estancia a la que Yabrán había ido tres veces en cinco años, en menos de 30 días había sido remozada.
El pasto había sido cortado prolijamente, los caminos internos arreglados, el casco pintado -rosa por fuera, blanco por dentro- y todo se había limpiado a fondo.
Un pequeño ejército de personas había trabajado a toda máquina y cuando la tarea estuvo lista había sido despedido invocando "órdenes de arriba".
San Ignacio había quedado en condiciones de recibir a su dueño, y éste podía llegar cuando quisiera, sin ser visto por nadie.
Cuando el miércoles al mediodía el comisario Julio Seves llegó con sus hombres a la puerta principal del chalet de San Ignacio, Leonardo Aristimuño y su esposa Andrea lo recibieron con cierto nerviosismo.
"Somos los parqueros", mintió el hombre, y volvió a mentir al decir que no sabía dónde estaba el dueño de casa.
Sólo faltaban unos minutos para que se detuvieran ante una puerta cerrada.
Tras ella, Alfredo Nallib Yabrán, de 53 años, prófugo de la Justicia y sospechoso de ser el autor intelectual del crimen de José Luis Cabezas, manoseaba nerviosamente la escopeta calibre 12.70 que sería su pasaporte a la impunidad.

Por Jorge Camarasa - Diario La Nación - Viernes 22 de Mayo de 1998.