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Pogo
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Por Sandra Russo

Menos mal que me dejé convencer.
El sábado pasado fuimos con la nena al Luna Park a ver a la Bersuit.
Pasé años padeciendo esos productos para púberes lamentablemente tan bien hechos que uno puede combatirlos solamente desde la ideología.
¿No ves que cantan mal?, les dice uno, y a ellos qué les importa si cantan mal.
Además, está probado que los chicos desarrollan anticuerpos voraces contra las bajadas de línea domésticas, de modo que si uno fuese un verdadero estratega debería probar a hacerse fan de Erreway, comprarse todo el merchandising disponible, colgar posters de Cris Morena en el living de casa, servirles a los chicos la merienda con la remera de Mambrú puesta, en fin, sacar chapa de alienado: estoy segura de que daría resultado pero nunca junté coraje.
La cosa es que llevaba muchos años sin ir a estadios, porque tanta gente junta en un espacio cerrado me atosiga.
Pero tomé esa ida al Luna como parte de la educación de la nena.
Hace unos meses, mágicamente, ella dijo que Benjamín Rojas, el rubio de Rebelde Way, está rebueno, pero que el programa era “una estupidez”.
Escuché en silencio y reprimí las ganas de gritarle: “¡Yo te dije! ¡Te lo dije!”.
Más o menos para esa misma época, no me acuerdo exactamente qué pasó –creo que la pisé, o me la llevé por delante–, dije “sorry”.
Ella me miró súbitamente con desprecio, y observó: “No digas sorry, que es grasa”.
Ok, pensé.
Pasamos a otra etapa.
Aleluya, Dios existe.
Y estábamos las dos allí, en el Luna Park, en un estadio repleto de chicos y más o menos, agitando banderas argentinas por aquello de la Argentinidad al palo, consigna que todavía me sigue resultando algo enigmática.
Teníamos entradas para el campo, y eso me atormentaba tremendamente.
La noche anterior no dormí.
La sola idea de encontrarme en el medio del Luna Park atrapada en el medio de un pogo multitudinario y sudoroso me volvía loca.
Pensaba en el probable ataque de pánico y evaluaba qué hacer si justo en la mitad del concierto me veía obligada a decirle: “Disculpame
pero vamos, que mami está descompuesta”.
En un lugar así, no hubiese podido decirle “te espero en el baño” ni “me voy a tomar un café afuera”.
El Luna Park, si uno acompaña a un menor de doce años, es una entrada sin salida hasta el último bis.
Encontramos unas gradas y nos trepamos a ellas, y por suerte atrás teníamos a una banda de chicos de nueve o diez años, también acompañados por madre consustanciada, cuyas voces de pito me tranquilizaron en el acto.
De las letras no entendía nada (salvo la del “bomboncito”, porque en casa se la escucha unas quince o diecisiete veces por día), pero desde las gradas veía miles de cabezas muy jóvenes saltando y saltando, sin parar de saltar, porque no eran ingleses ni militares, eso cantaban.
Y justo esa semana todo ese apretujamiento y ese olor a chivo concentrado fue un bálsamo.
Esa marea alta juvenil fue un refresco que me tomé después de haberme pasado los últimos días discutiendo con taxistas y azorándome con los diagnósticos políticos de los comunicadores televisivos.
Porque de repente se puso todo mal, no sé si lo notaron.
De repente se acabó lo que desde un principio bobaliconamente algunos llamaron “luna de miel”.
Qué graciosos.
Claro que cualquier cosa que se llame “luna de miel” tiene cerca la fecha de vencimiento.
De repente no sólo los previsibles, sino además otros, gente con dos dedos de frente, personas aparentemente en sus cabales, entraron a flotar como aprendices de astronautas en el discurso sin oxígeno que les prodiga la derecha, amparádose en dos o tres ideas base que más vale tener en cuenta.
Roland Barthes cita los cigarros de Brecht y los de Marx como excepciones en el mundo austero y sin reflejos para el bienestar de lo que “la derecha” llama “la izquierda”.
Lo que “la derecha” llama “la izquierda” no ofrece ningún costado placentero.
“Toda una mitología menor tiende a hacernos creer que el placer es una idea de derecha.
La derecha, en un mismo movimiento, expide hacia la izquierda todo lo que es abstracto, incómodo, político, y se queda con el placer para sí.”
No está hablando, Barthes, de que “la derecha” se reserve además el dinero para pagarse el spa, o el yate o la semana en el Mediterraneé.
Ni de que “la izquierda” se balancee en los márgenes del mercado, allí donde no se hacen grandes negocios ni los sueldos pasan de la media.
Está, más bien, haciendo referencia a reflejos hondos y profundamente enraizados, según los cuales “la derecha” se atribuye el bienestar, y “la izquierda” se atribuye la queja.
No está hablando de política, por lo menos no solamente de política, sino de autoimágenes previas que recién después de ser experimentadas decantan en política.
“Es el viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón, de la sensación contra el raciocinio, de la vida contra la abstracción”, dice Barthes.
Un mito dialéctico, en el que unos y otros aceptan sin chistar la parte que les toca.
El sábado pasado, a pesar del pánico burgués que me daba ese pogo desatado a unos metros de distancia de mis gradas salvadoras, recordé qué divertido era ser joven, y a la luz de las palabras de Barthes también advertí que los jóvenes, en todas las épocas, son los que han refutado, una vez y otra vez, “el viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón”.
Ellos son los que, vírgenes todavía de ese tipo de mitos, inundados de vitalidad y de deseo, niegan con sus cuerpos y sus ánimos las presuntas verdades que se inventan y se repiten hasta que pasan por ciertas.
Los metros que me separaban de ese baile brutal plagado de banderas y de consignas que no llegué a entender no me impidieron absorber la fuerza magnífica de los que todavía anudan su identidad al placer que les da ser muchos, estar juntos, no conocerse, compartir códigos, cantar, saltar, y tener ganas de todo eso.
La identidad anudada a la alegría.
Por eso los jóvenes, ese tipo de jóvenes no amansados, han sido siempre peligrosos.
Porque llevan tatuada en el cuerpo la camiseta del fervor, pero es un tipo de fervor que después, con los años, el “viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón” desvía hacia los atajos más crudos del malestar y la amargura.
Esos jóvenes son peligrosos porque exponen la falacia del mito.
Lo desmienten.