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Pumper Nic
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Por Sandra Russo

Hace poco tuve un lapsus tremendo, de esos que lo dejan a uno perturbado. Mi hija estaba chateando hacía tres horas, y yo quería salir. Nunca nos ponemos de acuerdo en los programas de fin de semana.
Así que, para convencerla rápido, le dije: –¿Querés que vayamos al Pumper Nic?
Ella no despegó los ojos de la pantalla. Debe haber pensado que el Pumper Nic era un nuevo local de Palermo Hollywood y que le estaba proponiendo comer quiche de salmón y puerro o algo por el estilo.
Así que repetí: –Che, ¿ni al Pumper querés ir?
Ella siguió chateando, pero con cierta indiferencia me preguntó:
–¿Y eso qué es? Recién ahí fue que me sentí un pumpersaurio, porque lo que quise decir fue McDonald’s, pero me traicionó la biografía.
El almuerzo terminó siendo una especie de clase de historia contemporánea, en la que le conté cómo fue que en mi adolescencia descubrí aquellos primeros locales de comida rápida, la fascinación de comer con las manos, el sabor del ketchup, la irresistible pesadez de las Freny’s.
Ella no podía creer que el mundo llegó a existir sin tanto olor a grasa, que hubo un tiempo muy largo –miles de años– en el que la humanidad prescindió de los combos, las cajitas felices y los Big Mac.
Y aunque ahora soy yo la que le dice “dale, vayamos a comer comida en serio”, debí admitir que en su momento también me rendí al juego que supone
abrir el paquete de papel manteca o de aluminio, sacar las papas fritas del cucurucho de cartón y pretender que uno está de picnic urbano.
No es solamente en la Argentina que McDonald’s –ahora que sus locales corren el riesgo de ser tomados por grupos piqueteros, con la consecuente doble indigestión de los comensales– se convirtió en un símbolo que excede la dieta sana por la que abogan madres y nutricionistas.
En los primeros tiempos de la globalifobia, el campesino francés José Bove también eligió un McDonald’s para erigirlo en el símbolo de una invasión y de una cultura que estaba aplastando a otra.
Quesos franceses versus hamburguesas quiso decir, en aquella batalla, tradición europea versus ligereza norteamericana. De alguna manera, la comida rápida supone una relación al paso con ciertos ritos que en otras partes del planeta implican conocimiento, tiempo, maduración, selección, cocción, saber, compromiso.
La comida rápida no es más que un flirteo con la comida, y nadie mayor de quince años elegirá un McDonald’s para una declaración de amor o una conversación importante.
En la comida rápida, la cultura norteamericana ha encontrado una vía igualmente rápida para instalarse en las vidas cotidianas de millones de adolescentes, oficinistas, gente sin mucho efectivo en el bolsillo y familias con chicos pequeños que no saben usar los cubiertos.
Volviendo a la antítesis planteada por los campesinos franceses hace unos años, el Big Mac barre de un plumazo años de tradiciones artesanales cultivadas generación tras generación para perfeccionar gastronomías regionales.
El Big Mac es la expresión más directa y burda, si se quiere, de una filosofía de lo instantáneo, de lo listo para usar, de la vida-packaging. En un ensayo escrito después de la Primera Guerra, refiriéndose a las posturas humanas ante la guerra y la muerte, Freud se sumó a la larga tradición que opone lo norteamericano a lo europeo, cuya punta de iceberg bien puede ser una hamburguesa, pero en cuya base yacen otros dilemas.
“La vida se empobrece, pierde interés, cuando la apuesta máxima en el juego de la vida, la vida misma, no debe ser arriesgada.
Se hace entonces tan banal y vacía como el flirteo norteamericano, del cual se sabe, desde un principio, que a nada habrá de conducir, a diferencia de la aventura amorosa europea, en la cual los protagonistas han de tener presente siempre la posibilidad de graves consecuencias.”
En un análisis crítico de estos escritos que hace el psicoanalista británico Adam Phillips en su libro Flirtear, pone de manifiesto que en las palabras de Freud subyace una toma de posición a favor del compromiso y la pasión, en desmedro del flirteo.
Y añade que, contra lo que generalmente se cree, contra lo políticamente correcto de los vínculos en los que se invierte “la posibilidad de graves consecuencias”, el flirteo muchas veces no es apenas la versión epidérmica de un juego más profundo sino directamente otro juego.
Indica, Phillips, que el flirteo, es decir la relación descomprometida y desdramatizada con alguien o algo, es un modo de acercarse a lo que no parece del todo convincente, a lo que todavía no se conoce bien, a lo novedoso.
Es decir: uno puede distinguir y hasta optar por la “versión europea” del compromiso a fondo, pero es miope descalificar per se la “versión norteamericana”, porque la vida está hecha de matices, y en todo caso el flirteo no deja de ser un modo válido de aproximación no sólo a otras personas sino también a pensamientos.
Podrán seguir apareciendo grupos piqueteros argentinos o grupos campesinos franceses o grupos militantes de cualquier latitud, erigiendo desde lo ideológico a los McDonald’s como símbolos de derrota o penetración cultural, pero nunca aparecerán grupos que militen a favor la comida chatarra, porque quien va a sentarse allí y a comer por cinco pesos, flirtea con la bandejita parecida a la de los aviones, pero nada más. No hay compromiso posible con la ética McDonald’s. Mucha gente consume sus hamburguesas, pero nadie se las toma muy en serio.
En todo caso, en el acto político de atacar el símbolo de la comida rápida, se juega una estrategia por lo menos ambigua, porque quienes consumen esa comida rápida generalmente son tan vulnerables y tan pobres como quienes les interrumpen la comida y los hacen sentir idiotas útiles doblegados ante el chiche de la Cajita Feliz.
Atacar un McDonald’s, limitarse a los símbolos, también es flirtear con la lucha, quedarse en las metáforas, un atajo que no hace a la cuestión.