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El caso Schoklender
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El día que mataron a los Schoklender

La trágica historia familiar comenzó a conocerse cuando el encargado de un edificio vio que del baúl de un auto caía un hilo de sangre.
Los dos hijos varones de la pareja fueron acusados y condenados por el crimen.
por Pablo Abia - Diario Clarín
Hacía un par de horas que los Schoklender habían vuelto de una cena familiar.
De madrugada, Cristina Silva —que, se supo luego, esa noche había tomado de más— se despertó y fue directo a la habitación
de sus dos hijos varones. Las propuestas incestuosas no eran nuevas. Pero los hermanos habían decidido que no volverían a ocurrir: se agazaparon y, de atrás, mataron a la mujer golpeándola con un hierro.
Después hicieron lo mismo con el padre, que seguía durmiendo. El crimen se descubrió al día siguiente, cuando el portero de un edificio de Palermo vio que desde el baúl de un auto color ladrillo goteaba un hilito de sangre.
Fue hace veinte años exactos: en ese Dodge Polara estacionado en la avenida Coronel Díaz al 2500 habían sido escondidos los dos cadáveres.
Las cabezas de ambos, destrozadas, habían sido envueltas con toallas y bolsas de náilon. Los autores del doble homicidio habían escapado. Hasta el 31 de mayo de 1981, la familia vivió en el cuarto piso de un edificio del barrio de Belgrano. Tenían una sólida posición económica: el ingeniero Mauricio Schoklender era directivo de la firma Pittsburgh & Cardiff. De su esposa, Cristina, ama de casa, también se supo con el tiempo que tenía problemas con las drogas.
El caso conmovió al país, en plena dictadura militar. Pablo Guillermo Schoklender entonces tenía 20 años; su hermano Sergio Mauricio, 23.
Remataron a sus padres ahorcándolos con una camisa y con una soga.
Después escaparon, los encontraron, los juzgaron y apelaron, hasta que en 1988 la Corte Suprema de Justicia de la Nación terminó confirmando la misma condena para los dos: prisión perpetua.
Aunque a ambos los detuvieron por primera vez a principios de junio de 1981, sus caminos fueron diferentes.
A Sergio lo encontraron en la localidad bonaerense de Cobo, cuando trataba de llegar a Mar del Plata. Pablo apareció en Ranchillos, un pueblito de Tucumán.
Los llevaron esposados —juntos— a la comisaría 21, en un Ford Falcon verde de la Federal.
En su primera versión de los hechos, ante el juez Juan Carlos Fontenla, Sergio —el mayor— se puso como responsable de todo.
Sin embargo, una vez en la cárcel declaró otra cosa: "Mi padre se dedicaba al tráfico de armas y lo mató un comando".
El 12 de marzo de 1985 dictó su sentencia la jueza Martha Lopardo: basándose en la supuesta confesión inicial, condenó a perpetua a Sergio y absolvió a Pablo, que quedó en libertad.
Esa noche Pablo —el menor— llamó a Clarín y anunció que iba a luchar para que su hermano también saliera de la cárcel.
Pero en 1986 la Cámara del Crimen modificó el fallo.
Los jueces Liliana Catucci, Carlos Tozzini y Eduardo Vila definieron como "fantástico, casi mitológico" el relato que se había dado por bueno hasta ese momento y sentenciaron también a Pablo a prisión perpetua.
Los dos por el mismo delito: homicidio doblemente calificado, por ser sus padres las víctimas y por haber mediado alevosía. Al poco tiempo, con pedido de captura internacional, Pablo Schoklender se transformó en Walter Sandoval o en Jorge Velázquez, nombres falsos con los que se instaló en Santa Cruz de la Sierra.
Ahí, en Bolivia vendió productos ópticos y tuvo una hija a la que llamó Malena.
En mayo de 1994 saltó todo por una cuestión menor: libró un cheque sin fondos e Interpol lo detuvo inmediatamente.
Hace tres semanas salió por primera vez de la cárcel, con permisos especiales para trabajar en el estudio de su defensor y regresar a dormir a su celda.
Su hermano había logrado ese mismo beneficio en agosto de 1995; a los tres meses quedó en libertad condicional por la ley que computaba doble los años en prisión sin sentencia firme.
Recibido de abogado y de psicólogo en el centro universitario de Caseros, Sergio conoció a las Madres de Plaza de Mayo y tomó como bandera la defensa de los derechos humanos en las cárceles.
Ya tuvo a cargo varias causas importantes, como la de otros dos hermanos —los Da Bouza— que en 1998 asesinaron a su padre y también terminaron presos.
Todavía ninguno de los dos hermanos Schoklender quiso hablar en público sobre lo que pasó hace veinte años.