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Listas negras y escritores desaparecidos
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Por Vicente Muleiro
Listas negras y escritores desaparecidos

Tras el golpe, la literatura cargó con sus muertos: Walsh, Paco Urondo, Conti.
Otros escritores daban cursos escondidos.
Hubo pequeñas heroicidades, pero el miedo dejó su marca.
La gestualidad esperpéntica del videlismo no debe llamar a confusión.
Si aquel gobierno dictatorial, por medio de un pelotón del Ejército, irrumpía en la Feria del Libro para secuestrar el manual para estudiantes de ingeniería Cuba electrolítica no sólo es cuestión de arrojar hoy otra tardía carcajada.
Los censores —orgánicos, minuciosos— sabían muy bien aquello que debían combatir: la cultura tal como se había manifestado desde
la segunda postguerra hasta los primeros 70, la creatividad ligada a la ambición de religar ética y estética, el sueño de que una subjetividad podría conmoverse ante un proyecto participativo, el afán de poner a danzar las bodas entre sentimiento e intelecto.
El golpe tuvo tan claro aquello que debía aniquilar que ahí nomás hizo sus indiscriminadas listas negras donde anotó a Atahualpa Yupanqui, a Litto Nebbia y a Luis Alberto Spinetta.
Tuvo tan claro aquello que debía combatir que ahí nomás persiguió y remató a un escritor y periodista, Rodolfo Walsh, que en el primer aniversario del golpe, el 24 de marzo de 1977, con la moral invencible de los datos duros, escribió su insoslayable Carta a la Junta.
Es imposible, entonces, hablar de una actitud unívoca.
El almuerzo que Videla mantuvo el 19 de mayo de 1976 con los escritores Ernesto Sabato, Jorge Luis Borges, Horacio Ratti y el padre Leonardo Castellani, donde sólo los dos últimos preguntaron por colegas desaparecidos, no representó a un campo intelectual sembrado de muertos y heridos.
Otra Walsh, María Elena, el 16 de agosto de 1979, tanteaba la neblina al quejarse amargamente del aislamiento y el paternalismo cerril del videlismo, pero para decir aquello tuvo que conceder: "Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos", escribió.
La cultura que supervivía en el país guardaba, después del golpe, como condición de existencia, su invisibilidad, con cursos, talleres que daban, entre otros, Juan José Sebreli, Juan Carlos Martini Real, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, quienes espiaban por las rendijas de sus departamentos, para comprobar, antes de que llegaran los alumnos, que no hubiera algún fisgón apuntando desde la vereda. La cultura, en los primeros años de dictadura, estuvo amordazada para interceder en la vida nacional y, como contrapartida, construyó espacios "micro".
Tras el golpe la literatura cargó con sus muertos (Walsh, Francisco Urondo, Haroldo Conti, Roberto Santoro, entre otros 83) y emprendió su trayectoria susurrada: nacieron las revista Punto de Vista y El Ornitorrinco.
El quehacer sobrevivió en los sótanos, con una fuerza suficiente como para invalidar las discusiones en torno de la cultura del exilio y la que se podía hacer aquí.
En un ámbito underground la poesía armó su espacio con las revistas Xul, Ultimo Reino, La Danza del ratón, el grupo El Ladrillo, y el bar La Peluquería de San Telmo.
Más presencia, como consecuencia de la propia brutalidad dictatorial, consiguió, en 1981, el ciclo Teatro Abierto.
Una bomba incendiaria en su sede el Teatro de El Picadero, le entregó una publicidad inusitada y un éxito completo en el teatro Tabarís.
Para entonces ya había lectores que buscaban en las elipsis de la novela Respiración artificial de Ricardo Piglia una lectura sobre el poder estatal-policial.
Los mensajes sonaron más explícitos en el estreno de la obra La malasangre de Griselda Gambaro, en 1982, que suscitó la reacción de grupos de derecha.
En la Argentina de la dictadura la cultura no fue un puntal de la resistencia.
Visto desde este presente más bien parece un espejo de las derrotas, contradicciones, renuncias y pequeñas heroicidades que generó la aplanadora militar.
Pero ese silencio mortuorio y plano, derramado desde el poder, no tuvo tampoco en la cultura el exacto reflejo buscado.
30 años después
Medir las consecuencias de una conmoción política como fue la dictadura es más difícil aún si se repara en la más siniestra creación de ese poder: la figura del desaparecido.
La oscuridad que apaga al
cuerpo social arroja sombras indelebles sobre el quehacer cultural, el silencio arrastra demasiadas cosas hacia la nada como hacia la nada el poder arrastró a una generación de creadores con mucho para dar aún.
En términos artísticos este clima y estas realidades (tortura-muerte-desaparición) al límite del lenguaje plantean problemas de representación como bien se puede advertir en la cruda muestra que sobre el terrorismo de Estado se exhibe por estos días en el Centro Recoleta.
En obras como "Nadie olvida nada" (1982) de Guillermo Kuitca hay algunas pistas sobre esas tensiones, sobre cómo pelear para que la representación pueda generar más lecturas que el tremendo anonadamiento del terror.
Hay entonces un tema de lenguajes artísticos tras una experiencia terminal y traumática, porque la mera enunciación dramática suele conducir a producciones pobres, sin resonancia, así en una escultura figurativa como en un poema panfletario.
La problemática es, sin embargo, ineludible.
Junto a ella, junto al peso devastador de lo real, hay que apuntar para la literatura un retroceso del espíritu lúdico, de la creación, el juego y la aventura como marcas que nos reponen en la humanidad.
Otro triunfo de la dictadura sobre el arte es la condición más endogámica de los hacedores, una falta de ida y vuelta entre creación y sociedad, y entre los creadores entre sí.
Un éxito del militarismo que aún persiste...