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Tiempos de sombras para los artistas
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Por Camilo Sánchez
Tiempos de sombras para los artistas

Las películas de cine soportaron a Tato, un censor que pasó a la historia.
Se prohibió hasta el tango Cambalache. Y al rock lo miraban de soslayo. El teatro, fue ámbito de la resistencia. En la última Feria del Libro, Adolfo Aristarain recordaba que, en tiempos de la dictadura, cuando necesitaba una escena erótica de tres minutos la filmaba, por lo menos, de diez.
Miguel Paulino Tato, el censor que entró en la historia, lo llamaba ofuscado. "¿Qué es esto?", le decía, a los gritos, y entraba en éxtasis de poda. Aristarain sacudía su cabeza vasca y
discutía un poco. Después se iba, con tres minutos eróticos bajo el brazo.
Una ingenuidad escolar comparada con el silencio de lo atroz, los tiros en la niebla, los cuerpos en el río, las salas de tortura.
El espectáculo en esos años, impedido de espejar, buscaba atajos u oxígeno como podía o miraba hacia otro lado y levantaba —por dinero o convicción ideológica— las banderas del horror.
Porque a ver si nos entendemos: se había prohibido hasta el tango Cambalache, en la televisión reinaba Velazco Ferrero que hacía bailar a la gente, Leonardo Favio filmó Soñar, soñar (1976) y se tuvo que olvidar del cine hasta 1993, y el notable Luis Politti —el verborrágico Vignale de La Tregua— se moría de tristeza en el exilio.
Era todo grotesco, sino fuera por el tamaño de la tragedia.
El humorista Mario Sapag hacía una parodia de Jorge Luis Borges.
Un día lo censuraron.
Los medios cayeron en masa hasta el departamento de la calle Maipú, creyendo que el autor de Luna de enfrente había presionado para que se tomara esa decisión.
Borges no sabía quién era Sapag.
"Con el esfuerzo que se habrá tomado para copiar mi manera torpe de hablar", se lamentó, acariciando un gato blanco.
La mínima historia escondía una trama mayor: las fuerzas armadas se habían repartido los canales del Estado.
El 7 y el 9 fueron para el Ejército, el 13 lo administraba la Armada y el 11, la Fuerza Aérea.
Borges se extrañaba con que un solo sector social pudiera arrogarse tanta versatilidad.
"Tan absurdo —decía, con lógica borgeana— como si los odontólogos o bomberos estuvieran capacitados para ocupar la totalidad de los cargos públicos".
Cualquier cosa podía costar caro entonces.
Hace unas semanas, en Francia, se estrenó una nueva puesta —la tercera en ese país— de Telarañas, una pieza de Tato Pavlovsky.
"Una obra muy querida y muy temida", reconocía el actor y dramaturgo.
Y recordaba: la obra se estrenó en el ciclo de Teatro al Mediodía, en el Payró, en diciembre de 1977.
Pero tuvo corta vida: fue prohibida por la Municipalidad de Buenos Aires, indicador de que Tato Pavlovsky molestaba: apenas si pudo escaparse, una noche, por los techos de su casa.
Aún así, en el teatro, ámbito proclive a la resistencia, se sucedían ciertos milagros.
En San Telmo se producía una obra de arte del desencanto: Marathon de Ricardo Monti.
Con Boda blanca se comenzaba a frecuentar una poética de la intimidad bajo el pulso de Laura Yusem.
Y Alfredo Alcón, en el teatro San Martín, en una versión de Luis Gregorich, lograba un Hamlet connotado de actualidad: como siempre lo tiene la historia de una tragedia y un asesinato.
La obra hasta encabezó las boleterías durante una temporada de Mar del Plata.
Al rock se lo miraba de soslayo, con actitud perdonavidas, por lo menos hasta Malvinas, en que pasó a jugar en las ligas mayores.
El tango todavía no era negocio.
Con Atahualpa siempre lejos, la Negra Sosa en el exilio, una bomba en el Templo del Vino que estaba en los fondos de la casa de Horacio Guarany y Cafrune envuelto en una muerte dudosa, en la medianoche del 31 de enero de 1978, mientras cabalgaba hacia Yapeyú para conmemorar el bicentenario del nacimiento de San Martín, la música nacional languidecía.
Lo que quedaba del folclore se aglutinaba detrás de un hombre de sonrisa fácil: Quique Dapiaggi reunía a mujeres y cuentistas y guitarreros en una parodia de peña, más bien triste, más bien bizarra.
La resistencia funciona a la manera del agua: sin forma precisa, se desliza por las grietas de la uniformidad.
En 1981, Aristarain saca un conejo de la galera: en Tiempo de revancha, un ex sindicalista se enfrenta a una multinacional quedándose mudo. Metáfora oportuna.
Ese año sucede Teatro Abierto en respuesta a una funcionaria que retiró del programa de estudios la materia Dramaturgia Argentina.
Mercedes Sosa vuelve, en 1982, y en el Opera abre el recital diciendo "Tantas veces me mataron, tantas desaparecí..."
La vuelta de Serrat: "Como decíamos ayer", arrancó el catalán, en el Gran Rex, citando a León Felipe.