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El Fascismo
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El Fascismo (por Ernesto Sábato - Uno y el universo - 1968)
Si se piensa que el fascismo es un producto específicamente alemán o italiano; si se cree que es resultado de una mentalidad que sólo puede darse en esos pueblos, entonces es claro que su capitulación, el desmantelamiento de su industria pesada, el fusilamiento de los líderes y la reeducación de sus hombres señalarían el fin del fascismo y de la guerra, que es su producto inevitable; es una peligrosa ingenuidad: las causas del fascismo están latentes en todas partes y puede resurgir en muchos otros países, si las condiciones son propicias. No se defiende aquí la ingenuidad de que el fascismo alemán pueda resurgir en otros lugares con idénticos atributos; la historia nunca se repite. Se defiende la hipótesis de que puede resurgir con sus atributos de barbarie espiritual, esclavitud de las almas y de los cuerpos, odio nacional, demagogia y guerra. No es una hipótesis aventurada: el fascismo ha nacido en la crisis general de un sistema; vivimos en un período de transformación más vasto y profundo que el que señaló el fin del Imperio Romano o el fin de la aristocracia feudal en Europa. Esta crisis no ha sido resuelta, por cierto, con la derrota militar de Alemania. Después de 1918, todo el mundo era optimista y repudiaba el militarismo y la guerra. Innumerables conferencias, pactos y comités creyeron resolver el problema, reduciéndolo a una cuestión de fronteras, armas y personas. No es difícil que esta actividad haya contribuido al florecimiento de la economía suiza; pero ni uno solo de los factores económicos y sociales que produjeron la guerra fue realmente tocado, con el resultado que conocemos. La guerra del 14 tuvo, sin embargo, un resultado de trascendencia; mientras los diplomáticos de los demás países charlaban y elaboraban fomentos y parches, estallaba un movimiento que atacaba a fondo el problema de la crisis contemporánea. Gobernantes que decían haber estado luchando por la libertad y los derechos del hombre, lanzaron entonces sobre Rusia numerosos ejércitos, y durante años no mezquinaron ningún recurso militar, económico y propagandístico para aplastar la revolución naciente. Los líderes eran bandidos, el pueblo era torturado y masacrado por cien o doscientos pistoleros, se comía carne humana, se sembraba el terror, se disolvía la familia; ¿cómo no intervenir en favor de la dignidad del hombre y de su libertad? Todos sabemos ahora que, en medio del hambre, de la guerra civil, de la lucha contra la intervención armada y contra la grosera propaganda, hombres intrépidos luchaban por instaurar una organización social más justa. Todos sabemos, también, que los estadistas que llamaron bandidos a Lenin y sus compañeros no defendían la libertad o la dignidad humana: simplemente defendían la estructura de un régimen en bancarrota. La Primera Guerra Mundial fue, en buena medida, una guerra por los mercados; pero la existencia de una nación grandemente socializada y la existencia del movimiento fascista ha dado un carácter muy distinto a la Segunda, un carácter ideológico y político. Ha sido, en verdad, una lucha feroz contra el fascismo. Pero volvemos a preguntarnos qué desencadenó al fascismo. Este movimiento ha asumido formas tan complejas que nos hacen olvidar, a menudo, lo esencial por lo circunstancial. Contribuyen a este fenómeno hechos aparatosos pero secundarios: el racismo, el antisemitismo, el resentimiento nacional, la mística exaltación; el movimiento mostró, además, una jerga anticapitalista y ciertas medidas económicas que lo asemejaban, al parecer, con el socialismo; el movimiento se titulaba nacionalsocialista. Podemos pensar lo que queramos del señor Thyssen, o de Krupp, o de Henry Ford; pero habrá que admitir que estas personas saben defender sus negocios; ignoramos sus condiciones para la música o para la natación, pero nadie puede razonablemente poner en duda su habilidad comercial. Y bien: todas estas personas apoyaron al fascismo y hasta lo financiaron; lo que significa que, a pesar de los esplendorosos rótulos contra el capitalismo, veían en esa banda de forajidos una barrera contra el comunismo, una nueva y más sutil forma de aprovechar el descontento de las masas en favor de sus propios usufructuarios. La memoria individual puede ser buena o mala; pero la memoria colectiva es mala.
Recordemos, pues, que muchos estadistas elogiaron a Mussolini; el rearme alemán fue facilitado por financistas ingleses, franceses y norteamericanos; hasta Pearl Harbor, los hombres de empresa de los Estados Unidos estuvieron vendiendo petróleo y acero al imperio japonés; durante la misma guerra, la Standard Oil de Nueva Jersey vendió al monopolio químico alemán la fórmula que reducía a la mitad el costo del caucho sintético, mientras la negaba a su propio gobierno; estadistas de Inglaterra, Francia y Estados Unidos dejaron que los fascistas italianos y los nazis alemanes hicieran y deshicieran en
España; esas mismas personas, en fin, facilitaron el destrozo de la infortunada Checoslovaquia y se apresuraron a entregar a los alemanes el oro que esa nación guardaba en el banco internacional.Todos estos hechos revelan que mientras el nazismo no fue una amenaza contra algunos imperios, contó con el apoyo de banqueros y estadistas no alemanes. Es lícito, pues, sostener que, lejos de ser un movimiento anticapitalista, el fascismo se inició como la manifestación más brutal y cínica del régimen en bancarrota. Esto no quiere decir, de ningún modo, que todos los líderes nazis fueran conscientes de este papel histórico de guardaespaldas del capitalismo.
Es muy probable que muchos de ellos pensaran que se hallaban empeñados en una revolución contra la plutocracia; pero estas son interpretaciones de hechos, ya no simplemente hechos. Lo cierto es que el movimiento fue apoyado por los grandes financistas alemanes y extranjeros; que luego haya tomado autonomía propia, es también cierto; pero eso sucede siempre en la historia: los medios se transforman en fines, y lo que fue un bárbaro medio de parar la revolución en Europa se convirtió, durante el proceso mismo, en la barbarie por la barbarie misma, en el odio por el odio y en el poder por el poder. Admitiendo que el nazismo surgió de la crisis del capitalismo y como una forma de detener la revolución, puede parecer contradictorio que haya contado con la opinión y hasta con el fanatismo de las grandes masas. No veo nada teóricamente decisivo en esta contradicción: las masas no se mueven mecánicamente, a impulsos de sus apetitos materiales, sino psicológicamente, a impulsos de las ideas o de las fes que algunos hombres les han inculcado; si esos hombres tienen suficiente habilidad, pueden mover a las masas en contra de sus intereses más profundos; hay muchos ejemplos en la historia, pero quizá ninguno tan ejemplar y trágico como el fascismo: las masas llegaron a apoyar con fanatismo a un movimiento que en última instancia estaba destinado a esclavizarlas, embrutecerlas y lanzarlas a la guerra más sangrienta de toda la historia. Es fácil explicar este fenómeno en Alemania: había un resentimiento contra los países aliados, había miedo por el futuro, había desconfianza en los partidos obreros —que estaban en lucha entre sí y no se manifestaban capaces de resolver los problemas—. El partido nacionalsocialista aprovechó toda esta materia prima, desató odios unificadores y erigió, mediante la propaganda, el sofisma como sistema.
El fascismo empleó un lenguaje anticapitalista y vociferó que luchaba contra los países “plutócratas”, como si no hubiera plutócratas en todas partes o como si el señor Thyssen fuera un profesor de esgrima o un ensayista. Desvió la atención de la esencia del problema, haciendo creer al pueblo que capitalismo y judaísmo eran la misma cosa y que, por lo tanto, matar y torturar judíos era una operación equivalente a suprimir la banca privada, dejando de citar el curioso hecho de que Thyssen era ario cien por cien y que en los ghettos de Rumania, Polonia y Hungría se hacinaban millones de judíos miserables.
Aprovechó la confusión vulgar de revolución con violencia, la reforzó e hizo olvidar que las más nítidas contrarrevoluciones han sido bárbaras y violentas (la represión de la Comuna, la represión del movimiento chino) Pero hubo muchos otros elementos confusionistas: el hecho de usar la palabra “revolución”, el hecho de ser los nazis vulgares y malhablados —favoreciendo así un lugar común—, el hecho de organizar una nueva burocracia de déclassés, con gente resentida y fracasada, con basura humana, como si el pueblo fuera lo mismo que basura; el hecho de terminar con el paro, olvidando que este fenómeno estaba vinculado a la formación de una poderosa industria de guerra, de un gran ejército, y, en definitiva, el desencadenamiento de una guerra mundial. Y, en fin, el sofisma de la estatización: el socialismo es estatal, luego todo lo estatal es socialista; olvidándose que se puede estatizar para el bien como para el mal, en favor del pueblo como en su contra, para la paz y el bienestar común como para la guerra y el privilegio de una casta. El socialismo, tal como ha sido expuesto por sus teóricos —marxistas o no—, es algo más que la nacionalización de la producción y del consumo: es un movimiento profundamente moral, destinado a enaltecer al hombre y a levantarlo del barro físico y espiritual en que ha estado sumido en todo el tiempo de su esclavitud. Es, quizá, la interpretación laica del cristianismo. Hay quienes creen que siendo el fascismo un fenómeno alemán, no hay de que preocuparse una vez que Alemania esté aniquilada militarmente. De todas las formas de hacer el juego al fascismo, creo que esta es una de las más sutiles, porque facilita su resurgimiento en cualquier otro país del mundo (Estados Unidos, por ejemplo) Esta concepción está vinculada a la creencia de que en los alemanes hay algo misterioso y oculto que los distingue de los demás. En esto, por lo vísto, esta clase de antinazis están de acuerdo con los nazis. ¡Extraña y retorcida forma de apoyar las doctrinas racistas! Los partidarios de esta doctrina consideran que en el fondo de todo alemán hay un invariante que desafía las transformaciones seculares de la economía, de la política, de los regímenes sociales, de las costumbres. Ese invariante sería un germen misterioso de militarismo, disciplina ciega y aptitud para la barbarie. Es fácil comprobar que esta doctrina seudocientífica no revela nada necesario ni suficiente del hombre germano. Que para ser germano no es necesario ser bárbaro, lo revela una simple enumeración: Leibniz, Kant, Nietzsche, Bach, Beethoven, Mozart, Gauss, Riemann, Weierstrass, Bolzano, Hubert, Planck, Ostwald, Goethe, Schiller, Lessing, Novalis, Hoelderlin, Haendel, Schubert, Schumann; sería inútil hacerla completa y ordenada: todos sabemos que no hay rama de la ciencia, de la filosofía o de las artes más delicadas que no haya sido enriquecida por alemanes. Que para ser germánico no es suficiente ser bárbaro lo revela otra enumeración: Atila, Juan Vicente Gómez, los miembros del Ku-Klux-Klan, la Inquisición, la policía social de cualquiera de nuestros países; tampoco es necesario completar u ordenar esta lista: la historia nos revela que cada vez que las condiciones, la época, las costumbres y las luchas lo han permitido o facilitado, el hombre ha descendido a las más abominables profundidades de crueldad y refinamiento en el sadismo. Nunca he podido comprender el entusiasmo con que muchos se aferran a una teoría tan manifiestamente falsa; la historia muestra hasta el cansancio que no hay caracteres nacionales invariables y que a medida que las condiciones económicas, sociales o religiosas cambian, también cambian las costumbres, las modalidades, los gustos, el humor. Oblomov es un arquetipo de la Rusia prerrevolucionaria; ¿qué queda de este señor en los rusos de la actualidad? Hay gente que sólo se siente tranquila cuando esquematiza: el esprit de mesure de los franceses, el sense of humour de los ingleses, el mercantilismo de los judíos. La realidad, en cambio, no tiene la misma debilidad por los esquemas y casi nunca condesciende a darles la razón a esta clase de personas. ¿Dónde está el espíritu de medida de Rabelais? ¿Qué hay en común entre el humorismo de Rabelais y el de Giraudoux? Parece también una empresa preferentemente destinada al fracaso buscar un denominador común entre la procacidad y violencia temperamental de la época isabelina y la flema que nos pretenden hacer pasar como un rasgo distintivo de la raza inglesa; ese sentido que sólo se explica cuando se ha redondeado un buen imperio. Este punto de vista sobre la relatividad de los caracteres nacionales no significa negar que el alemán actual no tenga deplorables condiciones, producto de una serie de circunstancias históricas y sociales. Ignoro cuáles pueden ser las causas generatrices, pero sin duda alguna el alemán contemporáneo se muere por formar parte de organizaciones que lo priven de la libertad —cualesquiera que sean—, es gregario, es favorable a toda clase de excesos, es incapaz de vivir sin reglamentos, en cuanto puede construye un sistema filosófico, es obediente, ve en el Estado un dios todopoderoso y venerable. Claro está que un hombre con semejantes características es materia propicia para que surjan individuos como Hitler. Es explicable, pues, que bajo su forma más brutal el fascismo haya estallado en Alemania: había condiciones sociales y económicas que en todo el mundo señaló la culminación de la crisis; había, además, condiciones nacionales propicias; había un hombre medio, bien preparado para el fascismo por sus características de obediencia y militarismo; había, en fin, un núcleo de bandoleros bien decididos y con un programa claro de combate. Es difícil que todas estas circunstancias se reúnan nuevamente en otro país; pero esa improbable reunión sería necesaria para reproducir el mismo tipo del nazismo alemán. El peligro no está en esa utópica reencarnación sino en el triunfo del nazismo en condiciones diferentes, lo que sí cuenta con gérmenes y probabilidades en muchos países del mundo.
En tanto que bárbaro y demagógico movimiento producto del derrumbe de un sistema, puede darse en muchas partes fuera de Alemania. Eso es lo verdaderamente importante y esa es la razón por la cual la identificación del fascismo con los alemanes es una de las formas más peligrosas de hacer el juego a ese movimiento. No veo sobre qué base puede suponerse que Henry Ford haya dejado de ser antisemita y antisocialista. Y en tanto pesen en los Estados Unidos hombres como Ford subsistirán los peores peligros para el pueblo norteamericano, para el mundo entero y, en particular, para nuestros países —apéndices económicos—. No veo tampoco de qué manera individuos como Ford han de favorecer una real democracia en nuestros países. No se puede luchar durante años con un enemigo poderoso sin terminar por parecerse algo a él. Este hecho psicológico explica los extraños fenómenos a que estamos asistiendo: a ciertos antinazis no les basta con que los jefes alemanes sean fusilados o ahorcados, añoran formas más crueles y muertes más lentas; no propician la seguridad sino la venganza y el odio; animados de un fervoroso sadismo dan rienda suelta a las pasiones que justamente detestamos en el fascismo.
El espíritu fascista renace así, sutilmente, en el alma de sus propios victimarios. El movimiento que ha degradado a Italia y particularmente a Alemania no ha de pasar sin dejar graves rastros en todos los pueblos y ciertos sentimientos y prejuicios que es muy difícil recoger una vez vertidos; el nazismo ha hecho recrudecer el antisemitismo en los países donde era activo y lo ha hecho surgir en otros donde era casi inexistente; ha divulgado sofismas sobre la inferioridad de ciertas razas; ha provocado una nueva ola de nacionalismo agresivo en todo el mundo; ha destruido la fe en el respeto mutuo, en la dignidad humana, en las virtudes de la tolerancia, de la razón y de la discusión.
La humanidad necesitará mucho tiempo para restaurar estos sentimientos y no sé si podrá hacerlo en tanto las naciones que pueden abrir nuevas y grandes rutas para la historia persistan en el insensato mantenimiento en formas caducas.