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Ayatolah
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De rodillas ante Jomeini
Por Rosa Montero

El 10 de enero de 1979, Francia padecía una terrible ola de frío. Estaba todo nevado y las radios lanzaban llamamientos para que no se utilizaran los coches. La cita era con el imán Jomeini, que vivía los últimos días de su exilio, antes de tomar el poder en Irán, en Neauphle le Château, a unos 70 kilómetros de París.
El sha estaba a punto de rendirse y de abandonar el país, y la corte volante de Jomeini, el líder chiíta que había encabezado la revolución, se apiñaba en dos pequeños chalets medio enterrados en la nieve crujiente. Una de las casas era la residencia del imán; la otra, más grande, acogía a la variada tropa de políticos, clérigos, ayudantes, ministeriables y rendidos admiradores de Jomeini.
Había comenzado ya la cuenta atrás para la toma de Irán y todos querían estar junto al ayatola, porque ese viejo de rostro sombrío, cejas enredadas y expresión de trueno encarnaba en ese momento todo el poder de su atribulado país. Y ya se sabe que el poder atrae tanto a los humanos como el estiércol a las moscas.
Cinco veces al día salía el imán de su retiro, cruzaba la carretera y entraba en el chalet comunal a dirigir los rezos. Eran los únicos momentos en los que sus seguidores podían verlo y lo esperaban transidos de emoción durante horas, en la gélida intemperie, con los pies pegados ya a la costra de hielo. Estos eran los creyentes, los fieles silenciosos y anónimos. Pero además, y sobre todo, en Neauphle le Château se conspiraba, se constituían consejos revolucionarios provisionales, se buscaban alianzas. El mundo entero contemplaba con atención este pequeño pueblo. Con atención y, dejémoslo claro, con indudable simpatía, sobre todo entre la izquierda. El razonamiento al uso era el siguiente: el sha es un tirano, Jomeini va a derrocar al sha, luego Jomeini es progresista.
Un silogismo fatal semejante al que se aplicó en el siglo XIX sobre unos nacionalismos reaccionarios que, por el mero hecho de enfrentarse al poder imperial central, fueron considerados también fuerzas del progreso.
Sea como fuere, en aquellos tiempos simplistas e inocentes todos los izquierdistas del mundo adoraban al ayatola. Releo ahora mi reportaje y veo los patéticos esfuerzos que hice por comprender y justificar algo que a todas luces me resultaba bárbaro e incomprensible: “Es otro mundo, y como tal hay que juzgarlo”, repetí varias veces en el texto. Pero no pude evitar contar lo que veía. Y lo que veía era inquietante. Como la ciega adoración que depositaban en el imán, o los oscuros pañuelos y las informes túnicas negras que ocultaban a todas las mujeres. Nada más llegar, yo también fui provista de un pañuelo. Me obligaron a llevarlo durante todo el tiempo que estuve en el pueblo, y a cubrirme con él hasta las cejas (“más adelante, écheselo más adelante, tiene que taparle todo el pelo”). Y, cuando por fin conseguí que Jomeini me recibiera, me dijeron que mantuviera mi cabeza siempre más abajo que la del imán. Cosa disparatadamente difícil, porque el ayatola estaba sentado en el suelo, de modo que tuve que ponerme de rodillas y casi tumbarme delante de él. Ha sido la entrevista más absurda y extravagante que he hecho en mi vida.
Por no mencionar las ideas que sostenían. Los seguidores del imán aseguraban que querían implantar una república islámica por sufragio universal, rareza que nadie sabía bien en qué consistía. Pero, entre otras cosas, Jomeini me dijo: “En el Islam, la religión interviene en todas las actividades del hombre, ya sean políticas o sociales, y las reglamenta”. Y también: “Hay terrenos en los que el hombre concibe mejor los problemas que la mujer. El Islam prohíbe las cosas que atacan su dignidad y su castidad”. No se puede decir que fueran pensamientos muy alentadores, pero, aunque ahora parezca mentira, cuando salió el reportaje recibí algunas críticas por no haberme mostrado suficientemente entusiasta con la revolución chiíta.Para ser justos, hay que señalar que muchos iraníes tampoco tenían claro dónde se estaban metiendo. A Neauphle le Château habían llegado corriendo, llenos de idealismo revolucionario, muchos chicos y chicas iraníes apenas veinteañeros, que habían abandonado sus estudios universitarios en Estados Unidos o en Inglaterra para unirse a la causa. Ellas, sobre todo, me impresionaron. Se habían puesto sus pañuelos y sus informes mandilones negros sobre vaqueros ajustados, y me decían, enardecidas, que lo que los occidentales pensábamos sobre la supeditación de las mujeres en el islam era mentira. Me acordé de ellas hace poco cuando vi a mujeres parecidas explicando en televisión, desde Teherán, el miedo que sentían ante la reciente victoria del nuevo presidente de Irán, el integrista Ahmadineyad.
Hubo un tipo a quien entrevisté que no quiso darme su nombre. Tenía unos cuarenta años, los ojos líquidos, un impecable abrigo azul, corbata de seda. Dijo ser ingeniero y portavoz del Frente Nacional, un grupo socialdemócrata que colaboró con Jomeini (como también hicieron los socialistas y los comunistas) para echar al sha: “Yo no soy creyente” –me explicó– “y en Irán, los que mueven de verdad el país, los intelectuales, los estudiantes, no son precisamente creyentes”. El, como los otros ministrables cultos y europeizados que se movían en aquellos días por Neauphle, creía que estaban utilizando a Jomeini como quien utiliza una bandera; que el imán sería una herramienta unificadora que serviría para cambiar el régimen, y que después podrían relegarlo a su papel de líder religioso y desarrollar una democracia. Algunos meses después, cuando empezamos a ver por televisión las ejecuciones públicas que llevó a cabo el régimen iraní, me pareció reconocer al hombre de los ojos líquidos entre un grupo de desdichados que fueron ahorcados en un estadio.
También hablé allí con otro clérigo, el ayatola Jaljali. Y me dijo: “El gobierno se elegirá por votación y la república islámica tendrá libertad de prensa, de opinión, respetará todo tipo de creencias religiosas y contará con todos los partidos”. Palabras mentirosas que se apresuró a traicionar con entusiasmo, porque, pocos meses después, este mismo Jaljali dirigió los tribunales revolucionarios y condenó a la horca a centenares de personas. Era tan intransigente y tan cruel que lo llamaban el juez del patíbulo.
A los veinte días de mi entrevista, Jomeini entró en Irán. Y diez meses más tarde se aprobó la nueva Constitución, que le otorgaba la jefatura del Estado con carácter vitalicio. Después vendría lo que hoy todos sabemos, las ejecuciones en masa, la fatwa contra Rushdie, los atentados. Como el asesinato de Bajtiar, opositor del sha y antiguo primer ministro, al que degollaron y cortaron las manos en su casa de París. Todo ese dolor y toda esa sangre que por entonces, en Neauphle le Château, aún no manchaba la nieve inmaculada del pueblecito.

Escritora española. Autora de La loca de la casa, La hija del caníbal y El corazón del tártaro, entre otras obras.
De El País. Especial para Página/12.