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El último viaje de un genio torturado
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subir a armonía y música. 
Por Roque Casciero

A los 60 años, murió Syd Barrett, el legendario fundador de Pink Floyd
Brilló brevemente en los años ’60, hasta que su frágil salud mental lo obligó a abandonar la banda que contribuyó a crear. Desde entonces, se convirtió en un recluso. Apenas salió para grabar sus discos solistas y para una extraña –y mítica– visita a sus ex compañeros de Pink Floyd, que grababan “Brilla tú,
diamante loco” en su honor. En los últimos años, lo único que se sabía de él era que se dedicaba a pintar y desconocía su pasado como músico.
Pocas figuras en la historia del rock han encarnado el mito del genio enloquecido y torturado como Syd Barrett, legendario fundador de Pink Floyd, quien falleció el viernes pasado en su casa de Cambridge, Inglaterra, por causas aún no determinadas (se habla de complicaciones de la diabetes y de cáncer). Es que Barrett fue una supernova que brilló intensamente durante un breve período y en 1968, producto de su frágil salud mental, combinada con dosis extremas de ácido lisérgico, abandonó la banda y se convirtió en un recluso. Sólo salió para grabar sus dos álbumes solistas y, extrañamente, para visitar a sus ex compañeros de Pink Floyd, que registraban “Brilla tú, diamante loco” en su honor. Pero Roger Waters y David Gilmour tardaron en reconocer al joven bello y creativo en ese tipo gordo y con la cabeza rapada. Así de mal había quedado el autor de “See Emily play”, la primera canción de Pink Floyd que llamó la atención del mundo del rock.
El 6 de enero pasado, Roger Keith “Syd” Barrett había cumplido 60 años. Lo único que se sabía de él era que se dedicaba a pintar y, tras la muerte de su madre, a destruir sus obras terminadas. De vez en cuando aparecía alguna foto que lo mostraba convertido en un señor calvo, de mirada huidiza, que iba un par de veces al día a comprar cigarrillos y el Daily Mail. A veces accedía a ver algún documental sobre él mismo o firmaba ejemplares escogidos de un libro con imágenes suyas de los ’70. Todavía mostraba signos de la paranoia que lo forzó a dejar Pink Floyd, pero era amable con quienes charlaban con él sobre temas cotidianos. Se dice que solía pasar varias horas de cada día sentado, mirando la puerta trasera de su casa.
Nada contrasta tanto con esa imagen como la del artista visionario que en 1965 había formado una banda junto al bajista Roger Waters, el baterista Nick Mason y el tecladista Rick Wrigth y la había bautizado juntando los nombres de dos de sus artistas de blues favoritos: Pink Anderson y Floyd Council. En poco tiempo, Pink Floyd se convirtió en una banda importante para el Swinging London y se presentaba seguido en el UFO Club, sitio clave para el rock psicodélico. El productor Joe Boyd (que luego trabajaría con Nick Drake e Incredible String Band) grabó “Arnold Layne”, el primer single del cuarteto, que hablaba de un hombre que robaba ropas de mujer para travestirse. La canción llamó la atención del sello EMI, que firmó contrato con el grupo.
“See Emily play”, de 1967, fue el primer hit de la banda, que ese mismo año editó su primer álbum, The piper at the gates of dawn. De las once canciones del disco, una llevaba la firma de Waters y dos las de todo el grupo: el resto era Barrett puro. Y no sólo era el compositor principal, sino también el guitarrista que experimentaba con pedales novedosos y que usaba un encendedor metálico sobre el diapasón para extraerle sonidos distintivos a su
Fender Esquire. Su sentido del tempo también era bastante particular, hecho que se exacerbó cuando su mente comenzó a fallar. The piper... se grabó en los estudios Abbey Road, al mismo tiempo que los Beatles le daban forma a The Sgt. Pepper’s lonely hearts club band. La mágica combinación de elementos psicodélicos hizo del debut de Pink Floyd una pieza única e irrepetible incluso para la propia banda, que tomó otros rumbos (más exitosos, por cierto) tras la partida de Barrett.
El disco llegó al top 10 y la banda a ganar cada vez más fans, pero el comportamiento de su líder era cada vez más inestable: el LSD no hacía sino complicar sus problemas mentales. En los conciertos, Syd ya era una molestia: a veces directamente no tocaba una nota y otras daba signos de enajenación. Waters recuerda que, durante la primera gira norteamericana de Pink Floyd, en el camarín del Cheetah Club de Santa Monica, Syd pidió un frasco de gomina y se lo volcó en la cabeza. Mientras el fijador se derretía y él se veía como si su piel estuviera en estado de descomposición, salió al escenario. En los programas de televisión no hacía la mímica requerida en las canciones y no contestaba cuando le hacían alguna pregunta.
De vuelta en Inglaterra, la banda incorporó un segundo guitarrista, David Gilmour, porque nunca se sabía si Barrett iba a presentarse o no. Le insistían para que fuera a tratarse, pero él no prestaba atención. Pasaba la mayor parte del tiempo mirando a la nada. Y un día de enero de 1968, camino a un show en Southampton, los miembros de Pink Floyd decidieron no pasar a buscar a Barrett. Se suponía que seguiría ligado a la banda como compositor, pero en el segundo álbum del grupo, A saucerful of secrets, sólo había una canción firmada por él: “Jugband blues”.
Después de compartir vivienda con el fotógrafo Mick Rock, quien se ocuparía de la imagen de la tapa de su primer disco solista, Barrett se mudó a un departamento en Earls Court, Londres, al que sólo entraban sus ocasionales novias y los amigos más íntimos. Barrett había pintado de azul y rojo los listones de madera del piso (sin haber limpiado antes: se veía la basura bajo la pintura), salvo en el rincón en el que había depositado un colchón y un equipo de audio. De ese departamento salió para grabar, en 1970, sus dos discos solistas: The madcap laughs y Barrett. En ambos contó con la ayuda de sus ex compañeros de Pink Floyd: el primero fue producido por Gilmour y Waters, el segundo por Gilmour y Wright. Son dos trabajos de difícil acceso, pero que marcaron a artistas como David Bowie, Graham Coxon (ex Blur), Julian Cope y Robyn Hitchcock. Opel, publicado en 1988, es una recopilación de grabaciones inéditas de aquellas sesiones de 1970, y también el final de la discografía oficial de Barrett (aunque también puede contarse un maravilloso disquito con unas Peel Sessions). También fueron escasísimos los conciertos que hizo el cantante desde entonces, como solista (con la ayuda de Gilmour) y luego con una efímera banda llamada Stars.
En 1974, un atormentado Syd regresó a la casa de sus padres y nunca volvió a grabar o a presentarse en vivo. Cada tanto retornaba a Londres por un tiempo, hasta que en 1981 se recluyó definitivamente en el nuevo hogar de su madre, también en Cambridge. Prefería pintar y ocuparse del jardín, mientras sus ex compañeros se convertían en estrellas de una dimensión que a Barrett sólo lo habría puesto más paranoico. En la misma casa que habitó durante los últimos veinticinco es donde Syd Barrett falleció “pacíficamente”, según su hermano Alan. Es difícil que la muerte aumente el mito del artista torturado y genial más que lo que lo hizo su propio abandono del mundo. Es que no importa lo breve de su legado: para miles de admiradores en todo el mundo, el diamante loco nunca dejará de brillar.
A diferencia de otros rockeros ilustres que construyeron su leyenda a partir de muertes escandalosas, Syd Barrett murió rodeado de paz y silencio. Para la historia fría del rock estaba muerto desde hacía 35 años; apenas necesitaba una certificación burocrática (ocurrida finalmente el viernes pasado y conocida ayer) para agregar su nombre al panteón. Sin embargo, en los pliegues de esa misma historia, Barrett tejió sin querer y sin saberlo, una sobrevida fascinante, que durante tres décadas se alimentó sobre la base de la ausencia y el misterio. Una mezcla de admiración y de morbo acompañaba a esos cientos de fans y periodistas que deambulaban por Cambridge en busca del milagro: ¡la aparición de Syd Barrett! Las conjeturas sobre los días y las horas del fundador de Pink Floyd no contemplaban esa trampa que suele ofrecer el tiempo: cuando pensábamos en Syd, aun conociendo su agonía melancólica, seguíamos “viendo” a aquel lunático poco más que adolescente que abonaba su talento con sobredosis de LSD. Mucho más que su muerte del viernes, lo que verdaderamente impactó a todos fue una imagen difundida hace unos años, que lo mostraba tal cual era: un señor mayor, cansado, calvo para colmo. Sólo la mirada extraviada lo redimía como ex rockero. Ese contraste, al que no se vieron expuestos ni los vivos (Jagger, con su caricatura juvenil) ni los muertos (Morrison, eternamente sex symbol) representa una de las grandes muecas del rock. Por un lado nos vamos volviendo viejos y decadentes, también un poco locos; por el otro, escuchar “See Emily play” o las canciones de The madcap laughs garantiza un transporte inmediato a otra frecuencia, imposible de conciliar con “la realidad”. La comprobación de ambas realidades –tanto como el recuerdo de Syd– pone la piel de gallina.
Pink Floyd emitió ayer un comunicado sobre la muerte de Barrett: “La banda está, naturalmente, muy enojada y muy triste por haberse enterado de la muerte de Syd Barrett. El fue la luz que guió a la banda en sus comienzos y deja un legado que continúa inspirando”. El guitarrista de Pink Floyd, David Gilmour, había dicho sobre el artista al que reemplazó: “Encuentren algo de tiempo para escuchar las canciones de Syd y para recordarlo como el genio disparatado que nos hizo sonreír a todos con sus canciones maravillosamente excéntricas sobre bicicletas, gnomos y espantapájaros. Su carrera fue dolorosamente corta y, sin embargo, llegó a más personas que las que pudo imaginar”. David Bowie también tuvo palabras para despedir a Syd: “Era un verdadero diamante. No puedo expresar lo triste que me siento. Syd fue una gran inspiración para mí. Las veces que lo vi actuar durante los ’60 quedarán grabadas para siempre en mi mente”. Graham Coxon, ex guitarrista de Blur, reconoció muchas veces la influencia que ejerció Barrett en su música. Ayer subrayó algo que podrían ratificar miles de fans: “Durante veinte años, Syd me transportó a lugares mejores”.
Brilla tú, diamante loco
Roger Waters & David Gilmour (dedicado a Syd Barret) Pink Floyd - 1975 )
Recuerdo cuando eras jove, brillabas como el sol...
Brilla tú, diamante loco...
Ahora hay una mirada en tus ojos, como agujeros negros en el cielo...
Brilla tú, diamante loco...
Quedaste atrapado en el fuego cruzado de la niñez y el estrellato, te voló la brisa de acero...
Brilla tú, diamante loco...
Vamos, blanco de risas distantes...
Vamos, extraño, leyenda, mártir, y brilla....
Alcanzaste el secreto demasiado pronto, le lloraste a la luna...
Brilla tú, diamante loco...
Amenazado por sombras en la noche, y expuesto en la luz....
Gastaste tu bienvenida con precisión aleatoria, cabalgaste en la brisa de acero...
Vamos, juerguista, visionario...
Vamos, pintor, flautista, prisionero, y brilla...