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Los ´70 - Rucci, soldado de Perón
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por Jorge Lanata

En un ensayo publicado por la revista de Félix Luna, Santiago Senén González, uno de los decanos del periodismo gremial de la Argentina, relató los comienzos de quien llegara a manejar la CGT: "Rucci fue un auténtico buscavidas –escribió Senén– sin mayor constancia,
ocupó desde el puesto de limpiatripas en un frigorífico hasta el de chocolatinero en un cine".
Rucci llegó desde Rosario a Buenos Aires a los 20 años, a bordo de un camión de distribución del diario El Mundo.
En la ciudad fue lavacopas en una pizzería de Floresta y más tarde operario en una fábrica de cocinas, en la que Rucci aprendió algunos secretos del gremialismo junto a Hilario Salvo, quien años más tarde sería líder de la UOM.
Rucci comenzó a sobresalir después de caído Perón, cuando en 1957 asistió al Congreso de la CGT convocado por la Libertadora, recambio obligado de la dirigencia gremial porque la mayoría de los delegados habían sido detenidos por los militares, debido a su militancia peronista.
En 1958 fue nombrado secretario de la UOM en la Capital y luego interventor en la seccional de San Nicolás, de donde resultó expulsado por Vandor, y trasladado como asesor del interventor de la UOM en Bahía Blanca".
Senén González cita palabras del Gallego Avelino Fernández sobre aquel incidente: "Yo lo expulsé a Rucci de la seccional Capital por corrupto, y le dije a Vandor que no lo quería ni de portero".
La aparición del "personaje" Rucci en la prensa nacional recién sucedió en los '70, cuando los periodistas de Primera Plana comenzaron a escribir recuadros "de color" sobre sus camperas con flecos, el cuello abierto de la camisa y las largas patillas.
Según afirmó en la época Juan José Taccone, de Luz y Fuerza, la figura de Rucci "era útil para unirnos ideológicamente", y fue con ese sentido que lo nombraron Secretario de la CGT, una entidad que estaba en vida vegetativa durante el gobierno militar.
Pero la propuesta de Lanusse de lograr una salida electoral negociada con el Partido Militar transformó a Rucci en un interlocutor válido del gobierno.
Rucci y Perón se encontraron por primera vez en 1971, en Madrid, y Rucci volvió con un casette en el que el General daba instrucciones para la unificación de las 62 Organizaciones.
Desde entonces Rucci fue secretario general de las 62 y hombre de confianza de Perón.
Fanático de los "fierros" (automóviles) y de las chicas, Rucci agregó otra
obsesión a su vida cotidiana: desterrar a los "zurdos" de los gremios, dándole oxígeno a la Juventud Sindical Peronista, opuesta a la fila montonera Juventud Trabajadora Peronista.
Y también comenzó a incubar un sueño imposible: reemplazar a López Rega en su relación con Perón.
Frente a la tumba de Vandor en la Chacarita dijo Rucci: "A los que no son peronistas, que se vayan de la CGT".
"El país está en caos, el gobierno se derrumba", le dijo Rucci a Crónica el 28 de agosto de 1972.
Pocos días antes había sido reelecto como secretario general de la central obrera.
Mario Firmenich, en sus discursos, hablaba repetidamente del "burócrata que tienen en la CGT", mientras los militantes le respondían: "Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor".
El almirante Emilio Eduardo Massera mantuvo varias reuniones políticas con los metalúrgicos, aunque por separado: Lorenzo Miguel por un lado y Rucci por el otro.
Rucci llegaba a los encuentros rodeado de quince custodios que varias veces lo pusieron en problemas con la policía.
Ricardo Cárpena y Claudio Jaquelin, en su biografía no autorizada de Lorenzo Miguel, cuentan que "por lo menos tres veces por semana el jefe de Policía de Lanusse, general Alberto Samuel Cáceres, se comunicaba con un estrecho colaborador de Miguel porque se había incautado del arsenal que Rucci llevaba en su automóvil, después de una repetida discusión con cualquier agente que lo detuviera para revisar el auto y pedirle documentos.
Si bien a Rucci no lo detenían porque las relaciones con el gobierno eran fluidas, sistemáticamente le retiraban las armas".
El 8 de junio de 1973 el gobierno concertó el Pacto Social.
Lo firmaron José Ber Gelbard, ministro de Economía, Julio Broner, de la Confederación General Económica, y José Ignacio Rucci estableciendo, entre otros puntos, la suspensión por dos años de las discusiones salariales a través de las convenciones colectivas.
A mediados de mes los diarios y las agencias de noticias recibieron un comunicado del PRT-ERP donde Rucci era condenado a muerte.
Ya Rucci había advertido: "Si me pasa algo que quede bien claro al movimiento obrero argentino que son los inmundos bolches y los sucios trotskistas los que indudablemente pueden atentar contra mi vida".
Diez minutos después del mediodía del 25 de septiembre Rucci fue acribillado a balazos mientras intentaba subir a su automóvil, en la puerta de su departamento de la calle Avellaneda 2933 en Floresta.
La vivienda era propiedad de Antonio Iann, copropietario de una agencia de publicidad y estaba ocupada ocasionalmente por la familia de Rucci. Días antes habían recibido la visita de unos técnicos "verificando el estado del teléfono" que habían pinchado.
El comando que asesinó a Rucci tomó posición en una casa contigua que estaba en alquiler y también tomaron el colegio judío Maimónides, en la vereda de enfrente.
Rucci salió detrás de sus doce guardaespaldas hacia su auto, un Torino rojo sin blindar, y el grupo comenzó a recibir descargas de metralla y una granada.
Rucci cayó muerto mientras su chofer, Abraham Muñoz y otros de sus custodios sufrieron heridas graves.
–Me cortaron las patas -dicen que dijo Perón en el velorio de Rucci.–
Esos disparos eran para mí –dicen que agregó.
Santiago Senén González recorrió en su ensayo las diversas hipótesis respecto de la responsabilidad del atentado: "Un editorial del periódico El Descamisado de octubre del '73,
firmado por Dardo Cabo plantea una especie de autocrítica: 'La cosa ahora es cómo parar la mano'.
Pero buscar las causas profundas de esta violencia es la condición.
Caminos falsos nos llevaron a soluciones falsas: Alonso, Vandor, ahora Rucci".
El periodista norteamericano Mick Andersen sostuvo, como frente al caso Aramburu, que Firmenich fue, paralelamente, un oficial de Inteligencia del Batallón 601 del Ejército: "Su misión habría sido, en este caso, adjudicar a la organización subversiva una serie de atentados espectaculares, como el de Rucci, que en realidad no habían cometido".
Según Miguel Bonasso, quien mantuvo una polémica con Andersen desde Londres, "fui informado por Julio Iván Roqué, caído posteriormente en combate con el Ejército, en minucia de los detalles de la operación, dejando claramente la impresión de que había participado en ella".
Según Senén, "las teorías de Andersen tienen asidero y complementan la intervención de otros grupos vinculados a los servicios de inteligencia como la Triple A en el atentado al dirigente cegetista".
Para Gillespie, a Rucci lo asesinó "un grupo disidente de Montoneros conocido como la Columna José Sabino Navarro".
Para el dirigente Juan José Taccone: "Ahí estuvieron de acuerdo sectores reaccionarios de derecha y de izquierda.
La derecha, porque Rucci puso de pie a los trabajadores para enfrentarlos; la izquierda porque Rucci impidió que la subversión se adueñara de los sindicatos".
En 1993 Isabel Perón, durante una visita a Buenos Aires, señaló que "a Rucci lo mató alguien de su custodia, alguien muy cercano.
Esto es lo único que pudimos saber".
El entonces titular de la Comisaría 50 de la Policía Federal, comisario Juan Carlos Bogiano, tuvo a su cargo la investigación del asesinato de Rucci, y descubrió que el comando ejecutor dejó varias armas abandonadas, entre ellas un revólver Smith&Wesson comprado en Estados Unidos e introducido por una azafata con destino a un militar.
También olvidaron un pantalón de la Armada, parte del uniforme de verano.
Andersen, citando a "Sam", agente del FBI con base en Buenos Aires, consigna que participaron, junto a agentes dobles de los montoneros, miembros de la Triple A. El ingenio popular señaló otro responsable, en un chiste que se contaba en toda la ciudad a los pocos días del crimen:–General -le dijo alguien a Perón-.
Mataron a Rucci.
–¿Cómo, ya son las doce? -respondió Perón controlando su reloj.
Aunque, en verdad, fue otro el diálogo telefónico que tuvo Perón luego de enterarse de la noticia.
Según confesó Arturo Frondizi entrevistado por Joseph Page, "el día del asesinato de Rucci recibió una llamada telefónica de Perón.
La voz del General delataba una profunda preocupación:"
–¿Qué puedo hacer respecto de la violencia? -reflexionó-.
Podría acabar con ella si me convirtiera en un dictador, pero estoy demasiado viejo para ser un dictador".