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Jim Morrison, el poeta del interés permanente
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subir a armonía y música. 
Por Daniel Amiano

Admirador de escritores como Blake, Rimbaud, Byron, Nietzsche y Artaud; representante de los jóvenes rebeldes de la Costa Oeste norteamericana desde el escenario como líder de una banda como los Doors; estudiante de cine; poeta; sex-symbol... no es casual que Jim Morrison se haya convertido en uno de los mitos más relevantes de la historia del rock.
Morrison
fue protagonista de uno de los momentos más agitados del siglo a través del territorio de la música, que por aquellos años amenazaba cambiar al mundo, definitivamente.
Igual que Janis Joplin, Jimi Hendrix y Brian Jones, murió joven (a los 27 años), un poco harto de la fantasía de ser una estrella del rock, generador de histerias juveniles y hundido en el tormento de la droga.
Por aquellos años sucedían muchas, muchas cosas.
Los Beatles, el hombre en la Luna, Vietnam, el Di Tella, el muro de Berlín separaba a dos mundos totalmente opuestos y enfrentados, y el arte intentaba imponer (desde todas sus múltiples formas) la posibilidad real de ser libre, de romper cualquier barrera.
En eso también estaba el rock cuando el sueño comenzó a deshacerse, incorporado por la dichosa sociedad de consumo que absorbe, devora y elimina (hoy el método está mucho más perfeccionado.
Y resulta que Morrison, un día, le dijo basta a su rol de rockstar y se fue a París para nacer de nuevo. Y dedicarse a la poesía.
Y no hay cosa más inútil para la cultura del consumo que la poesía, por varias razones: ninguna definición la encierra; es un territorio tan amplio que no sólo es posible perderse en él, sino que hasta puede dejar de existir, y muchas veces creemos atraparla y sin embargo está en otro mundo, muy lejos del papel.
Como la constante confusión entre poesía y poética.
Morrison, entonces, se puso a escribir sobre aquello que no podía entender: "Valores inservibles/ mientras muchachas llorosas/ exhiben sus miserias y hacen pucheros/ delirantes palabras para/ un personal que está de atar".
La estrella de rock se hace a un lado: "No iré/ Prefiero un festín de amigos/ a la familia Gigante".
Seguramente, podrá discutirse largamente sobre el valor (si es que debe tenerlo) o la belleza de la poesía de Morrison.
Lo cierto es que su figura, su música y sus palabras continúan atrayendo al público.
No en vano la editorial Plaza & Janés dio a conocer recientemente una antología de sus tres libros ("The Lords", "The New Creatures" y "An American Prayer"), dentro de una colección económica que incluye nombres como los de otros imprescindibles, como Allen Ginsberg, José Goytisolo y Julio Cortázar.
Una buena excusa para descubrir a un artista desafiante: "Estamos colgados cabeza abajo al borde del aburrimiento/ Buscamos la muerte en el cabo de una vela/ Buscamos algo que nos ha encontrado".