Estamos trabajando en la nueva versión del sitio, enterate como participar.



Los ´90 - El horror económico
 Vistas desde creación:2727
 Vistas desde último cambio:2325
 Vistas este mes:2727
 Vistas este año:2727
subir a novedades del sitio. 

El horror económico (Fragmento) por Viviane Forrester
Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Millones de destinos
son destruidos, aniquilados por este anacronismo debido a estratagemas pertinaces destinadas a mantener con vida para siempre nuestro tabú más sagrado: el trabajo. En efecto, disimulado bajo la forma perversa de "empleo", el trabajo constituye el cimiento de la civilización occidental, que reina en todo el planeta.
Se confunde con ella hasta el punto de que, al mismo tiempo que se esfuma, nadie pone oficialmente en tela de juicio su arraigo, su realidad ni menos aún su necesidad. ¿Acaso no rige por principio la distribución y por consiguiente la supervivencia? La maraña de transacciones que derivan de él nos parece tan indiscutiblemente vital como la circulación de la sangre.
Ahora bien, el trabajo, considerado nuestro motor natural, la regla del juego de nuestro tránsito hacia esos lugares extraños adonde todos iremos a parar, se ha vuelto hoy una entidad desprovista de contenido. Nuestras concepciones del trabajo y por consiguiente del desempleo en torno de las cuales se desarrolla (o se pretende desarrollar) la política se han vuelto ilusorias, y nuestras luchas motivadas por ellas son tan alucinadas como la pelea de Don Quijote con sus molinos de viento. Pero nos formulamos siempre las mismas preguntas quiméricas para las cuales, como muchos saben, la única respuesta es el desastre de las vidas devastadas por el silencio y de las cuales nadie recuerda que cada una representa un destino.
En todas partes se habla constantemente del "desempleo". Sin embargo, se despoja al término de su sentido verdadero porque oculta un fenómeno distinto de aquel, totalmente obsoleto, que pretende indicar. No obstante, nos hacen al respecto laboriosas promesas, generalmente falaces, que nos permiten vislumbrar cantidades ínfimas de puestos de trabajo ágilmente emitidos (saldados) en el mercado; porcentajes despreciables en comparación con los millones de individuos excluidos del trabajo asalariado y que, tal como van las cosas, seguirán en esa condición durante décadas. Porque el régimen real bajo el cual vivimos y a cuya autoridad estamos cada vez más sometidos no nos gobierna oficialmente sino que resuelve las configuraciones, el sustrato con los cuales los gobiernos deberán gobernarnos.
También determina las reglas, cuando no las leyes, que colocan fuera de nuestro alcance, protegen de todo control y obligación a los que realmente toman las decisiones: los grupos transnacionales y los operadores financieros que, ellos sí, dominan y controlan el poder político. Éste está separado país por país, pero las potencias privadas desconocen las divisiones o límites que son las fronteras nacionales. Cualesquiera que sean su poder, margen de acción y capacidad de ser responsable, hoy en día un gobierno opera en contextos económicos, de circulación de monedas y campos de explotación que no son de su competencia, pero determinan sus políticas. Es decir, los contextos no dependen del gobierno, pero éste depende de aquéllos.
Veamos un detalle casi anecdótico. Mientras todos los políticos proclaman a voz en cuello sus ansias de combatir el desempleo, el anuncio reciente de una baja de éste en los Estados Unidos provocó una caída de las bolsas alrededor del mundo. Leemos en Le Monde del 12 de marzo de 1996: "El viernes 8 de marzo dejará en los mercados financieros la impronta de una jornada negra. La difusión de las cifras de desempleo en los Estados Unidos, excelentes pero inesperadas, cayeron como una ducha fría: una paradoja aparente a la cual están acostumbrados los mercados... Éstos, que temen sobre todo al recalentamiento y la inflación, fueron víctimas de una auténtica ola de pánico...
En Wall Street, el índice Dow Jones, que el martes había batido un récord, cayó más del 3 por ciento; fue la baja porcentual más fuerte desde el 15 de noviembre de 1991. Las plazas europeas también sufrieron fuertes caídas... Las plazas financieras parecen particularmente vulnerables a cualquier mala noticia... " Y a
continuación: "Los analistas esperan la confirmación de la cifra récord de 705. 000 empleos creados en febrero en los Estados Unidos, la cifra más alta desde el 1° de septiembre de 1983. Esta estadística fue la chispa que encendió la pólvora.
La bolsa de Nueva York también cayó en el pánico el viernes durante las últimas dos horas de la rueda. Wall Street se encontraba ante un panorama totalmente desfavorable, con un alza vigorosa de las tasas a largo plazo por un lado, el estancamiento o la baja de la rentabilidad de las empresas por el otro." Otro detalle: unos años atrás, los mismos mercados tuvieron un brusco ascenso cuando Xerox anunció el despido masivo de decenas de miles de empleados. Pues bien, la bolsa es la colmena de las "fuerzas vivas" sobre las cuales se apoyan los gobiernos, a falta de poder apoyarse en naciones.
Pero no por ello dejamos de deplorar a coro "el desempleo, azote de nuestro tiempo", y de participar en las misas solemnes electorales donde se ruega por el retorno milagroso del pleno empleo de jornada completa. Y se publicarán sin desmayo las curvas estadísticas, recibidas en cada ocasión con exclamaciones de sorpresa desolada en medio de un suspenso jamás desalentado. Todo esto beneficia a las promesas demagógicas, la sumisión general, el pánico sordo, cada vez más intenso y, como se advierte, administrado. ¿Repercutió sobre la opinión pública esta caída de la bolsa provocada por la del desempleo? Nadie lo señaló "One of those things", dicen en inglés. Cosas que pasan. ¿No había en ello una señal, una indicación? ¡Pues no! Parece que no, a pesar de la flagrante contradicción del hecho con el lirismo de los discursos, las sempiternas declaraciones de los políticos y los empresarios.
Tampoco importó este reconocimiento de sus verdaderos intereses por parte de las potencias financieras, así como de los poderes políticos influenciados por ellas, que navegan a ciegas entre decisiones tornadas por otros y frecuentemente desconocidas por ellos. Es una confesión de los gobiernos, los funcionarios electos, los candidatos que, con fines electorales, remedan sin convicción, para un público hastiado, ejercicios de salvataje poco convincentes que se supone deben paliar el desempleo.
Ejercicios destinados sobre todo a sustentar la convicción de que se trata apenas de una disminución del empleo, grave pero temporaria y remediable, en una sociedad racionalmente organizada en torno del trabajo... o al menos la falta de trabajo. Todos se esfuerzan por creer en estos ritos a fin de autoconvencerse (aunque con dificultad creciente) de que se trata apenas de un período de crisis, no de una mutación, una nueva forma de civilización ya organizada, cuya racionalidad supone la anulación del empleo, la extinción de la vida asalariada, la marginación de la mayoría de los seres humanos.
¿Y de ahí... ? Todos se aferran a estos ritos, al menos para escuchar que se trata de una decadencia pasajera y no de un régimen nuevo, dominador, que en poco tiempo no se apoyará sobre sistema de cambio real alguno ni otro punto de apoyo, porque su economía sólo adhiere y apunta a sí misma. ¡Sin duda es una de las utopías más raras jamás realizadas! Es el único ejemplo de anarquía en el poder (pero con pretensiones de orden), reinando sobre todo el globo y cada día más consolidada. Son tiempos extraños en que el proletariado —¡que en paz descanse!— se esfuerza por recuperar su condición inhumana. Mientras La Internacional, esa antigualla un tanto
absurda, relegada al rincón de los objetos en desuso, las canciones olvidadas, parece resurgir, muda, sin letra ni música, entonada en silencio por el otro bando.
Se despliega ambiciosa, menos frágil, mejor armada, triunfante, porque esta vez supo elegir los medios idóneos: los de la fuerza, no los de las instituciones. Pero de una Internacional a la otra, ¿se producirá alguna vez la "lucha final"? Cualquier conclusión aparente, ¿no asistirá, como siempre y felizmente, al cuestionamiento de sus consecuencias? No hay mal que dure cien años, dice con razón la sabiduría popular. Nada, ni las situaciones más petrificadas, fue ni será jamás definitivo.
La historia de este siglo lo demuestra. Y aquí no se trata del "fin de la Historia", como se ha pretendido persuadirnos, sino, por el contrario, de un comienzo de ésta, agitada como nunca, manipulada como nunca, determinada y dirigida en un sentido único hacia un "pensamiento único", estructurado, a pesar de la eficacia elegante con que se lo disimula, en torno de las ganancias. ¿Qué análisis, críticas, respuestas o incluso alternativas se oponen a esa realidad? Ninguna, sólo se escuchan ecos.
A lo sumo —¿efecto acústico?— algunas variantes. Hay un estallido de sorderas, de cegueras endémicas, estamos atrapados en aceleraciones vertiginosas, en una fuga hacia una concepción desértica del mundo, tanto más fácil de disimular por cuanto nos negamos a verlo. Vivimos un tiempo clave de la Historia. Estamos en peligro, a merced de una economía despótica que al menos deberíamos situar, analizar, descifrar sus poderes y envergadura. Por mundializada que sea, por más que el mundo esté sometido a su poder, resta comprender, quizá decidir, qué lugar ha de ocupar la vida en ese esquema...