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Los ´70 - El día que cayó López Rega
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El día que cayó López Rega
Por Alberto Amato y Guido Braslavsky

Fue todopoderoso.
Creó una banda armada que asoló la Argentina de los años 70.
Creyó suceder a Perón y fue barrido del poder.
Hoy salen a la luz algunos episodios desconocidos de aquellos días de 1975: el preludio del horror.
- Señores, están rodeados. Pongan sus armas en el
piso, dejen las manos en alto, mis soldados van a revisarlos. Después, dan media vuelta y se van a sus casas -.
Era el atardecer del sábado 19 de julio de 1975.
El coronel Jorge Felipe Sosa Molina, jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, el cuerpo que por tradición se encarga de proteger a los presidentes argentinos, no podía creer lo que veía.
Escopetas Itaka, las por entonces modernas ametralladoras israelíes Uzi y otras aún más nuevas importadas de Bélgica, pistolas automáticas y hasta algunas granadas de mano habían quedado en el césped de la residencia presidencial de Olivos: minutos antes, ese arsenal estaba en manos de la custodia de José López Rega quien, caído en desgracia, estaba a punto de dejar el país.
Cerca de doscientos civiles, muchos de ellos integrantes de la Triple A, la organización terrorista de ultraderecha que asoló la Argentina de los años 70 creada al amparo de López Rega, habían intentado copar la residencia de María Estela Martínez de Perón en un intento por salvar a su jefe: no hubieran podido lograrlo, pero casi desatan una tragedia.
A la caída del sol invernal, uno de los oficiales de Granaderos le dijo a Sosa Molina que el grupo armado intentaba forzar los portones de entrada a la residencia que dan a la calle Villate.
¿Qué hacemos -quiso saber el oficial- ¿Les impedimos la entrada? Sosa Molina dijo que no.
Pero dispuso el desplazamiento de cuatro carriers blindados M-113 y desplegó un escuadrón reforzado -ciento cincuenta granaderos- para embolsar a la banda lopezreguista, que finalmente entró a los jardines de la residencia para caer en la trampa.
En minutos, sin disparar un solo tiro, uno de los ejércitos privados más poderosos del país había quedado inerme.
-Hágase cargo de eso -le dijo Sosa Molina al jefe de la Casa Militar, capitán de navío Enrique Ventureira, después de echarle un último vistazo al fierrerío.
El marino no mostró demasiada sorpresa.
Esta vez, la cantidad era mayor, pero no era la primera vez que la guardia militar de Olivos, que revisaba uno por uno los autos que ingresaban a la residencia, secuestraba del interior de los vehículos de Bienestar Social armas y explosivos.
López Rega no estaba en Olivos.
Políticamente cercado, sin el apoyo del sector militar que había tolerado sus andanzas y las de la Triple A, y que ya intuía y preparaba el golpe del 24 de marzo de 1976, peleado para siempre con los dirigentes gremiales que en algún momento lo habían apoyado, López Rega estaba obligado a abandonar el país.
El día anterior la presidenta había recibido un ultimátum del ministro de Defensa, Jorge Garrido, que hablaba en nombre de los jefes del Ejército, Alberto Numa Laplane; de la Armada, Emilio Massera, y de la Fuerza Aérea, Héctor Fautario.
Una intimación similar le había hecho el ministro de Justicia, Ernesto Corvalán Nanclares, que conocía la presión que los gremios hacían para el alejamiento de López Rega.
El empuje de la CGT que dirigía Casildo Herreras y de las 62 Organizaciones, al mando de Lorenzo Miguel, también se había hecho sentir sobre Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados y yerno de López Rega.
El Brujo, como se lo llamó, para su deleite, por su pasión por los ritos esotéricos, la emisión de energía y las profundidades enigmáticas del más allá que quedaron expresados en sus escritos tan agromegálicos como inteligibles, debía abandonar el país.
De modo que a la misma hora en la que su guardia pretoriana abandonaba sus armas, el ex ministro viajaba desde Olivos a la que fuera la residencia de Perón en Vicente López, la de Gaspar Campos 1065.
Para cuando llegó, el ex jefe de la custodia de Perón, Juan Esquer, ya había recibido un llamado de Sosa Molina: no se le debía permitir a López Rega alzarse con alguno de los objetos de Perón.
Esquer cumplió con el pedido y López Rega dejó Gaspar Campos con dos valijas en las que llevaba objetos personales, algunos de sus voluminosos libros sobre esoterismo y un par de trajes.
Tal vez buscara, en vano, la capa azul grisáceo de teniente general que supo lucir Perón y con la que, luego de su muerte, López Rega se paseó por los jardines de la quinta presidencial.
Veintitrés años después de la caída de López Rega, Sosa Molina se avino a narrar a Zona parte de la historia todavía secreta sobre sus últimas horas en el país y en el poder.
Aquella misma tarde, tras desarmar a los hombres que conformaban la custodia de todos los organismos dependientes de Bienestar Social (López Rega tenía además su guardia personal) y antes de que el ex ministro regresara a Olivos para despedirse de la presidenta, al jefe de Granaderos le esperaba, si bien no una batalla, una escaramuza con su protegida.
-Coronel, ¿estoy presa? -le preguntó al borde de la histeria María Estela Martínez, las manos crispadas sobre los brazos del sillón -­¿Cómo me pregunta eso, señora...?! -contestó Sosa Molina.
-­Es que no veo a Rovira ni a Almirón! ¿Adónde están...? -quiso saber la presidenta, en referencia al subcomisario Rodolfo Almirón y a Miguel Angel Rovira, brazos (y armas) derechos de López Rega, y a quienes se sindicaba como alma máter de la Triple A
-Rovira y Almirón no son su custodia, señora -dijo Sosa Molina- , son custodios del señor López Rega.
Su custodia es la Policía Federal, que está aquí.
La presidenta no se tranquilizó; por el contrario, y de acuerdo a lo que era su conducta habitual, que oscilaba entre profundos pozos depresivos y estados de euforia y excitación casi incontrolables, insistió: -No, no..
. Pero, dígame: ¿estoy presa? Por qué todo este dispositivo, y las armas que les han quitado... ­¿Qué significa esto...?!
El militar intentó calmarla.
-¿Qué es lo que quiere usted en este momento, señora?
-Quiero que venga Almirón acá -contestó la presidenta.
El oficial envió por el subcomisario.
-Vaya con la señora -le ordenó cuando llegó.
La presidenta, entre murmullos y amago de sollozos, casi como una letanía, repitió que se sentía presa.
Sosa Molina la miró a los ojos. Debe haber visto una enorme fragilidad en aquella mujer casi deshecha, de peinado alto, extraordinariamente pálida, envuelta en el luto profundo que vestía a un mes y dieciocho días de la muerte de su marido, desbordada por el vértigo y la incertidumbre.
Arriesgó:-Señora, en este momento estamos asegurando su vida. Tenga la seguridad de que la estamos defendiendo.
La presidenta pareció comprender. Pareció tranquilizarse. Sosa Molina volvió a su oficina. López Rega pasó fugazmente por Olivos para despedirse de María Estela Martínez.
En Aeroparque lo esperaba el avión presidencial T-02 Patagonia.
En él dejaría el país. No regresaría sino hasta 1986, extraditado luego de ser apresado por el FBI en Miami.
Vivía en Bahamas y tenía una casa en Fort Lauderdale, Florida, Estados Unidos.
Lo acusaron de los crímenes cometidos por la Triple A.
Tras la muerte de Perón, el 1 de julio de 1974, el poder de López Rega creció.
La Triple A empezó a firmar con nombre y apellido sus crímenes y a justificarlos como una forma de frenar el embate de los grupos guerrilleros.
Su abrupta desaparición, luego del golpe de 1976, supone su integración al aparato de terrorismo de Estado que instauró el Proceso de Reorganización Nacional.
De allí que se sospeche que entre sus miembros hubo, además de elementos de la ultraderecha, policías y militares.
Sin embargo, una de las primeras denuncias contra la Triple A provino de un miembro del Ejército.
En abril de 1975 el teniente de Granaderos Juan Carlos Segura llegó a su regimiento demudado.
El auto con el que daba protección a la columna de caballería que rendía honores a un embajador se había detenido al 3200 de la avenida Figueroa Alcorta.
Había recibido ayuda de un policía que estaba de guardia frente al 3297.
Como el auxilio iba a tardar -recuerda hoy Sosa Molina- lo invitaron a almorzar.
Le presentan a una secretaria de López Rega y la gente de allí le dice que operan con oficiales de las tres fuerzas armadas y le dan unas revistas, creo que estaba Felipe Romeo en eso. (N. de la R.: Se refiere al editor de un semanario político de entonces llamado El Caudillo), una de las cuales decía que el mejor enemigo es el enemigo muerto. El oficial me lo contó con la certeza de que había estado en el lugar más importante de las Tres A.
Sosa Molina hizo poner la denuncia por escrito, le pidió a Segura que no la rubricara con su firma habitual y la llevó personalmente, con su propia firma, a la Jefatura III de Operaciones del Ejército, a cargo del general Francisco Rosas.
Pedía que se iniciara una investigación sobre la eventual participación de miembros de las fuerzas armadas en la Triple A.
En esos días el jefe del Ejército era el general Leandro Anaya, de viaje en Bolivia en esa época.
El jefe del Estado Mayor General del Ejército era el general Jorge Rafael Videla, que pocos días después hizo llamar a Sosa Molina para recibirlo junto a otros jefes militares, entre ellos los generales Luciano Benjamín Menéndez y Carlos Suárez Mason.
-Coronel -dijo Videla- , lo mandé llamar porque acá hay una denuncia suya sobre las Tres A.
-Es un pedido de investigación, no una denuncia -respondió Sosa Molina.
-Acá se está tocando la posible participación de oficiales de las tres fuerzas armadas.
Esto no se puede investigar en Ejército.
Tengo que elevarlo al Ministerio de Defensa -agregó Videla, según recuerda hoy Sosa Molina-
Y usted sabe que el ministro Savino es muy amigo de López Rega...
-Yo hice un pedido de investigación -contestó Sosa Molina- que todo el mundo conoce porque reuní a los oficiales de mi regimiento para explicarles esto.
-Coronel, no esperaba otra cosa -dijo Videla, que estrechó la mano del jefe de Granaderos.
Lo mismo hicieron el resto de los generales.
Videla elevó el pedido de investigación al ministro Savino, que citó al general Anaya para cuando regresara de su gira por el Altiplano.
A través de varios testimonios de militares retirados y de algunos ex funcionarios del gobierno peronista, Zona pudo reconstruir el diálogo, más bien el monólogo, de Savino con Anaya, que revela también que algunos sectores de las fuerzas armadas no fueron ajenos a la banda Triple A:-­Hijo de puta! -le dijo Savino a Anaya apenas traspuso las puertas de su despacho- ¿Ahora venís vos con esta denuncia? ¿Vos no conocés igual que yo todo esto...?
Los memoriosos de entonces recuerdan incluso que el entonces ayudante del general Anaya, el teniente coronel Miguel van der Broeck, que murió hace dos años, se fue del despacho de Savino, avergonzado por el trato que recibía su comandante.
Días más tarde, José López Rega citó al coronel Sosa Molina a su despacho.
Le preguntó si había hecho una denuncia contra él acusándolo de ser el jefe de la Triple A.
Antes de contestar, el militar notó una sombra a sus espaldas.
Giró la cabeza y vio al subcomisario Almirón, jefe de la custodia personal de López Rega.
¿Qué hace acá atrás Almirón? preguntó Sosa Molina.
El ministro entendió enseguida.
Dijo que se trataba de un exceso de celo de su pretor, le pidió que se retirara y, con lágrimas en los ojos, le juró al militar que él sólo dedicaba sus días a la grandeza del país.
En Olivos, los días del ascenso del lopezreguismo no eran calmos.
En algún momento las fuerzas armadas llegaron a temer un operativo guerrillero, en especial de Montoneros, para secuestrar a la presidenta.
Y eran de rutina los ejercicios militares destinados a evitarlo.
Aún en el delirio de aquellos días, la idea suena descabellada.
Sin embargo, Montoneros no descartaba la idea de asesinar a José López Rega.
En diálogo con Zona, el ex jefe montonero Roberto Cirilo Perdía admitió que hubo un plan para asesinar al ministro de Bienestar Social.
-Al cabo de los años, uno nota que los enfrentamientos que derivaron muchas veces en choques armados, como por ejemplo con la mayor parte del sindicalismo, fueron inconducentes.
En cambio, la caracterización de López Rega como enemigo del peronismo sigue siendo válida.
En aquel momento, había cierta parálisis en el movimiento popular, fruto del accionar de la Triple A.
Pero había un crecimiento de la lucha sindical muy importante, sobre todo en las grandes fábricas.
La Triple A fue el antecedente inmediato de lo que sería después el golpe de Estado.
Son conocidos algunos hechos de la Triple A, pero detrás de esos hechos importantes hay una franja de la dirigencia sindical de entonces que fue muy golpeada por las Tres A.
Creo que la dirigencia civil de la época, que no investigó, tiene buena cuota de responsabilidad.
En El burgués maldito - La historia secreta de José Ber Gelbard, su autora, María Seoane, afirma que en agosto de 1974, el entonces ministro de Economía pidió a Montoneros la eliminación de su par en el gabinete: Tienen que matarlo a López Rega, le dijo Gelbard a Norberto Habegger.
Gelbard fundamentó su pedido en que, sin López, Isabel gobernaría diferente y que, de lo contrario, la cosa va a terminar mal, muy mal....
Lo cierto es que, según Perdía, entre enero y febrero de 1975, la dirigencia superior y media de Montoneros votó sobre cómo había que matar a López Rega.
La pregunta clave era si se atacaba al ministro aun a riesgo de que resultara herida o muerta la presidenta de la Nación.
Se decidió preservar a la presidenta: Por respeto a Perón -sostiene hoy Perdía- y por respeto al sistema constitucional: nosotros queríamos que Isabel terminara su mandato.
Montoneros planeó asesinar a López Rega en los contados momentos que el ministro pasaba lejos de la presidenta.
-La idea era sorprenderlo en su auto cuando se movía solo.
Se trabajó en esto durante cuatro o cinco meses.
El plan, en el que se calculó la participación de no menos veinte personas, estaba terminado y en operaciones.
Había un solo escenario posible para llevarlo a cabo.
No se dió porque, en esos días, López Rega termina su vida política de la mano del rodrigazo.
Celestino Rodrigo, un hombre cercano a López Rega, asumió como ministro de Economía el lunes 2 de junio de 1975.
Al día siguiente las naftas aumentaron entre el 127 y el 181 por ciento, el kerosén el 50 por ciento, como el gas oil; dos días después el boleto mínimo aumentó el 50 por ciento, la leche el 23, el pan el 20, los taxis el 140 por ciento, el cospel de subterráneo el 150 por ciento.
La batalla desatada entre el gobierno y los gremios para igualar precios con salarios terminó con Rodrigo, su plan económico y con el imperio de López Rega, que, para atenuar las críticas, tomó unas vacaciones en Río de Janeiro.
Volvió con una bravuconada: Llego al país con ánimos renovados para darles duro a quienes no quieren colaborar con la patria.
Y a los que tengan la cabeza dura, les vamos a encontrar una maza adecuada a su dureza: el quebracho de la Argentina es muy bueno.
La crisis y el acaparamiento hacían que en los estantes de los supermercados no hubiese ni siquiera papel higiénico:
Total... Para lo que uno come..., ironizaba desde el escenario del Embassy, feroz, inolvidable, Susana Rinaldi.
El 11 de julio, López Rega, Savino y el ministro del Interior, Alberto Rocamora, renunciaron.
El día antes, la CGT y las 62 Organizaciones habían triunfado en su pulseada con el gobierno.
López retuvo su cargo de secretario privado de María Estela Martínez, que se recluyó en Olivos.
Rodrigo duró sólo una semana más.
Renunció el 18.
Durante esa semana, López Rega digitó la entrada de los ministros a Olivos y hasta le cerró el paso al de Interior, Antonio Benítez.
Pero el 18 su suerte estaba echada.
Ni siquiera tenía el apoyo de Massera, con quien mantuvo una relación casi idílica que terminó casi a puñetazos.
El ministro de Defensa, Jorge Garrido, es quien lleva el ultimátum militar a la presidenta: los jefes de las fuerzas armadas exigen que López Rega abandone todo tipo de influencia sobre el gobierno y que dejen el gabinete todos quienes tengan vinculación con el ex ministro.
La presidenta reacciona con violencia, dice que su investidura le permite elegir a quien quiera.
Pero de los gremios no vienen mejores noticias para la viuda de Perón: también exigen el alejamiento de López Rega.
Garrido se va de Olivos, ya en la noche del viernes, y se reúne con los comandantes.
Esa misma noche el coronel Sosa Molina recibió un insólito llamado telefónico.
Era poco lo que podía asombrar ya al militar: un día, uno de sus oficiales había sorprendido a López Rega mientras abofeteaba a la presidenta.
El joven había empuñado su pistola e interrogado a la viuda de Perón sobre qué quería que hiciera: No, no, deje... -fue la respuesta de la presidenta-
El me revitaliza... Lo que pasa es que yo a veces me confundo....Pese a todo, la llamada del general Rosas sorprendió a Sosa Molina: el ahora jefe de Estado Mayor del general Numa Laplane le pidió que organizara el regimiento para darle seguridad al ministro de Defensa.
Mañana Garrido va a ir a hablar asuntos muy importantes con la presidenta -le dijo- Tome todas las medidas para que no haya interferencias.
Al día siguiente, sábado 19, Sosa Molina, que ya había reforzado su escuadrón,
colocó a cinco de sus oficiales alrededor de la casa donde conferenciaron la presidenta y su ministro, que duró media hora.
A partir de allí, todo fue vértigo y comedia.
López Rega iba a dejar el país en el avión presidencial.
Se consulta a la Fuerza Aérea sobre la disponibilidad del avión.
El brigadier Fautario responde que el avión está a disposición del jefe de la Casa Militar, un marino.
Se consulta a la Marina: su comandante, el almirante Massera, dice que es un asunto de la Aeronáutica.
Alguien consulta a Ejército y recibe el consejo de no entrometerse.
Finalmente, el capitán de navío Ventureira toma la cuestión por las turbinas y alista el avión presidencial, que queda a la espera en Aeroparque.
Ventureira era otro curado de espanto con López Rega.
A principios de ese año, al asumir como jefe de la Casa Militar, el ministro lo había invitado a tomar un whisky y a recorrer Olivos.
Con su voz de retintín y sin decir agua va, le soltó de pronto: Además, yo sé lo que se dice por allí, que yo ando con la señora.
Pero yo le aseguro, capitán de navío, que hace veinte años que no ejerzo.
Mientras el avión espera, cae la tarde del sábado 19 de julio, López Rega va a Gaspar Campos.
Su ejército privado va al rescate de quien no está en Olivos y queda desarmado.
El ex ministro vuelve para su fugaz despedida con la presidenta.
Una caravana de autos lo lleva en minutos hasta Aeroparque.
Pero... falta un último detalle. El estruendo de las motos, los autos y las sirenas no se había apagado en Olivos, cuando un sufrido motociclista de la Federal regresó demudado: Falta el diploma...
El diploma..., dijo casi desfalleciente.
Desde el interior de la residencia alguien le alcanzó un tubo negro, de plástico, que supuestamente contenía el nombramiento de López Rega como embajador plenipotenciario de la Argentina en alguna parte del planeta.
Fue lo que exhibió el ex ministro al trepar la escalerilla del T-02: Soy embajador...
Soy embajador, gritó con su voz de tenor frustrado que soñó alguna vez ser el duque de Mantua en el Colón y apenas si rozó a Rigoletto, sin la grandeza de Verdi.
Murió el del 9 de junio de 1989.
Estaba preso, solo, casi ciego, a la espera de un juicio que nunca se celebró, por unos crímenes que jamás encontraron castigo.
Se llevó a la tumba, entre otros secretos, el enigma de su personalidad.
Sólo el olvido sabe quién fue.