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Los ´80 - Hiperinflación
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A contramano del mundo
Por Daniel Muchnik - Diario Página 12

“Si a los mentirosos les pusieran un candado en la boca habría más amor y fraternidad.”
Mozart, en La flauta mágica

La hiperinflación abrió un surco profundo en la mentalidad colectiva: angustia, impotencia y búsqueda desesperada de soluciones que alivianaran tan pesada carga. Era ya un mundo donde la bipolaridad se desvanecía tras la caída del Muro de Berlín y el derrape estruendoso de toda la Europa Oriental adscripta al comunismo. Estados Unidos entró con Clinton en un buen momento económico; Japón, por causa de la especulación bursátil e inmobiliaria, comenzaba a sumergirse en una recesión que le costaría diez años de economía achatada, Europa se agigantaba, sobraban capitales y la intención de valerse de las especulaciones financieras (y no las productivas) para
multiplicar los capitales. Las posturas ofertistas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher –la calificada “contrarrevolución conservadora”– ya no servían. Pero en nuestro país el ministro Cavallo las recibiría con entusiasmo y hasta devoción.
Es una característica argentina ir a contramano del mundo y adoptar la moda que viene de afuera, cuando ya pasó su furor.
Cavallo fue quien dio la puntada definitiva al proceso de completa inserción del país en el “Consenso de Washington”, ese conjunto de reuniones realizadas en la capital norteamericana en 1989 entre ministros de finanzas de las naciones más ricas, del FMI y del Banco Mundial. Allí quedó resuelto que se podría concurrir a socorrer países con estrangulamientos externos, siempre y cuando terminaran con el “populismo económico” y las empresas estatales ineficientes, más una liberalización del sistema financiero, manteniendo, en cambio, los sistemas de impuestos regresivos.
La ferocidad de la hiperinflación, en Argentina, fue uno de los factores que posibilitaron la aparición de Carlos Menem, un dirigente que, proveniente de las filas de un partido político de raigambre popular, se convirtió en el principal lancero introductor del neoliberalismo, del darwinismo social y económico, y en el propulsor de una sociedad injusta y degradada. Menem es la figura emblemática de una alianza muy singular en la historia argentina: los intereses de los grandes grupos empresarios coincidieron con los de los argentinos de medianos y bajos recursos para avalar una comprometida transformación social y económica impulsada también por muchos sindicalistas (las excepciones fueron poquísimas) que se aliaron al poder.
La Argentina de los noventa terminó en el colapso de diciembre de 2001, tras un empecinamiento del gobierno de la Alianza, aquella esperanza de los círculos “progresistas” que pasará a la historia como una suma de episodios de frustración colectiva, corrupción y continuidad hasta las últimas consecuencias de la
economía menemista.
Los organismos financieros internacionales, que avalaron los dos gobiernos de Menem, justificaron y respaldaron devotamente ese cambio llamándolo “milagro”. Después de diez años de gobierno el modelo de convertibilidad dejó a la Argentina con una distribución de la renta empeorada en relación con la de 1989, antes de que Menem se sentara en el sillón de Rivadavia y cuando la hiperinflación pegaba a todos por igual.
El neoliberalismo pudo ingresar en la Argentina por el alto grado de despolitización de la sociedad. Uno de sus máximos resortes fue el burdo exhibicionismo de la vida privada y las riquezas, la ostentación, la banalidad, la chabacanería que reinó durante todo el menemato como un modo de vivir de ciertos grupos económicos, políticos y sociales.
Para el filósofo Silvio Maresca las razones de la entrega apasionada a la ilusión neoliberal hay que buscarlas en la fragilidad de nuestra identidad cultural. De todas maneras la cuestión es tema ardiente de polémicas. El neoliberalismo también entró en el sur latinoamericano (Brasil y Chile sinir más lejos), en países donde la identidad cultural está muy acentuada. En Chile entró a sangre y fuego con el pinochetismo. Y en Brasil de la mano de Fernando H. Cardoso, por desesperación, creyendo que ese camino los redimiría de su portentosa deuda externa. Deben existir otras explicaciones, otras debilidades que vienen de lejos y que permitieron la irrupción de la antisolidaridad y de un vaciamiento de la identidad tan pasmoso.