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Talking Heads
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Talking Heads
fuente: musica.hispavista.com

Un excelente estudiante que fue desarrollando un progresivo interés por el arte, y cuyo tema favorito eran la escultura y las máscaras africanas, no parece ser el perfil más convencional de lo que se espera de una estrella de rock. Sin embargo, en cosas como estas, radica la clave de uno de los personajes más interesantes de la música contemporánea y de uno de los grupos más imprevisibles de la década del 80´: Talking Heads.
Salteando los pormenores que harían de esta nota una reseña biográfica, remitámonos sólo a un par de datos que sirvan para ubicar a
sus protagonistas. David Byrne llegó a América con su familia cuando contaba dos años de edad. Procedentes de Escocia, previo paso por Canadá, los Byrne se afincaron en las afueras de Baltimore (EE.UU.). Llegado el momento de elegir entre la Tecnológica de Massachusetts o el RISD (Rhode Island School of Design) David se inclinó por la segunda opción y esta sería significativa. Allí conocería a Tina Weymouth y a Chris Frantz para desencadenar en la formación de un grupo que se llamaría Talking Heads. “En los años 60 la gente quería exagerar algunos aspectos de su personalidad para parecer más interesante. Pensé que era una bonita mierda y me fui al extremo opuesto. Me compré un traje y pantalones formales y me peiné de manera corriente. Cuando conseguí entrar al RISD creí que tenía un bonito y original aspecto”. Explica Byrne en un reportaje.
Ya en el RISD se encuentra con una serie de fenómenos producto de una comunidad artística en plena ebullición. Sin embargo, Byrne no trata de subir al barco que representa esa época. Se pregunta el sentido de algunas cosas y se coloca en un lugar extraño. Rodeado de bohemios de la “high” se plantea, quizás por su origen de clase media, asuntos que otros no llegaron siquiera a esbozar entre charlas de Canavis. Entre sus estudios conjeturó, entre otras cosas, que: “La escena del arte es elitista y en realidad es una tontería ser artista si nadie conoce tu obra”. Quizás en pensamientos como este se halle parte de la clave de su carrera. Mientras muchos corrían carreras por ser los más locos y originales, perdiéndose entre una multitud de locos originales, Byrne sentía eléctricas arcadas que lo llevaban a mirar el mundo con sus propios ojos y no con los de las corrientes de su generación.
Los gustos de David iban desde los Ventures a los cantos de los monos de Bali complementándose con música electrónica y discos folk de la biblioteca local. Todas las puertas de la percepción estaban y siguen abiertas para él, puertas que la mayoría de las veces nosotros mismos cerramos respondiendo al imperativo de la moda.
La década de los 70´ da origen a una nueva estética, como ejemplo alcanza David Bowie y su alter-ego sobre la escena. Ziggy Stardust marcaba el cambio de los primeros años de la década. A todo esto Byrne forma un dúo con un amigo. Uno canta, toca el violín y el ukelele mientras el otro ejecuta el acordeón. Bizandi, así se llamó el dúo, incluía entre su repertorio temas de Sinatra; difícil de imaginar si uno no sabe de quien estamos hablando. La anécdota cuenta que, tocando de teloneros, una vez alguien le arrojó un vaso a Byrne el cual le pegó en la barbilla. La sangre le corría por el cuello de David, pero siguió bailando al ritmo de la música y afeitándose como si la sangre fuese espuma. El público supo que no estaba ante alguien “normal” y terminó aplaudiendo de pie. No obstante, esta no es la historia típica y engañosa del tipo que sube al escenario y de un día para el otro se convierte en estrella; pasó mucho tiempo para que The Artistics, el embrión de los Talking, y luego los Talking Heads, tomaran forma.
Después de la graduación todos tomaron distintos caminos, pero estos se volverían a unir cuando por separado los chicos de la RISD llegaron a la Meca de aquellos años: New York. Por entonces N.Y. ofrecía desde inauguraciones de galerías de arte hasta clubes nocturnos de dudosa calaña. Los recién llegados no le decían no a nada y así, en plena eclosión Punk y New Wave, se subieron al C.B.G.B.: un mítico antro por donde pasaba el undergroud neoyorquino. Corría el año 76 y Talking Heads subía al mismo escenario de lo alternativo con «una alternativa a lo alternativo»: guitarra acústica, un traje anti-star, el pelo prolijo y un cantante que parecía epiléptico mientras entonaba “Asesino Psicótico”. Sólo tenían en claro que Elton John, Alice Cooper, Los Rolling Stones, Lou Reed y David Bowie ya existían, y que no les interesaba.
A partir de aquí no vale la pena hacer un detallado y tedioso listado de como se fueron dando las cosas en la carrera de los Talking Heads, pero sí que cosas hicieron de ellos una banda diferente. Sin sentirse atrapado por un estilo único Byrne fue mutando, enriquecido con cada mutación, y mostrando, con equilibrio justo, lo que otros no pudieron o no quisieron. Cada disco: una historia distinta, llena de experiencias diversas y con sorprendentes amagues a lo previsible. Un traje cuatro talles más grande, una banda enorme y un escenario que se iba armando a medida que el show se realizaba, nos mostraba a los Talking en la máxima muestra de que se pueden hacer cosas que la mayoría de los que componen el negocio de la música hubieran tildado de desubicadas. Un título sugerente “Stop Making Sense” (Deja de Hacer las Cosas Bien) fue el nombre del disco y la película que en 1985 dejarían a la banda mostrar todo su arsenal conceptual y material.
Estudios sobre ritmos africanos, temas muy alejados del canon de hit, letras que hablaban de otras cosas y una imagen con sello particular hicieron de esta gente algo único en el género: Talking Heads 77, su presentación; poco más tarde llegaría More Songs About Buildings and Food y una relación profesional con Brian Eno que se iría remarcando luego en Fear of Music llegando al límite en Remain in Light; después un doble en vivo con un título más que elocuente: The Name of This Band is Talking Heads, y un punto de inflexión que sería el pie para la grabación en vivo de Stop Making
Sense: Speaking in Tongues; luego el archi-conocido Little Criatures, el variado True Histories y el impecable Naked que cerraría, en 1988, la discografía oficial de los Talking Heads.
Inquieto como el que más Byrne hizo siempre lo que quiso, mucho más cuando las cosas se le hacían previsibles. Música para películas, obras de teatro, filmó documentales que lo acercaron a Sudamérica y sus ritmos, estudió el lenguaje de los monos (la tapa de Naked, como todo lo que expresa Byrne, no es casualidad), produjo y colaboró entre otros proyectos con Mesopotamia de los B’52, etc.
David: un tipo inteligente, ávido de conocimientos y experiencias, no cesa en contraatacar la mediocridad.
Talking Heads dejó de funcionar quizás por la misma personalidad de Byrne. Fueron aquellas mismas ganas de no parecerse a los Monsters of Rock las que llevaron a los Talking a no seguir explotando una misma fórmula durante treinta años.
La despedida fue True Histories, banda de una película de Byrne que llevó el mismo nombre y que es una verdadera perla cinematográfica. Dos años después llegó el último: Naked. Pero este fue una especie de disco solista disfrazado. El último escalón que los viera juntos. Hoy el matrimonio Frantz y Jerry Harrison están inmersos en The Heads, con vocalistas invitados como Debbie Harry, Richard Hell y hasta el extinto Michael Hutchence, el disco debut No Talking Just Head deja ver que ese afán productivo e innovador de los ex-alumnos de la RISD sigue intacto.
Por su lado, Byrne es uno de esos tipos que cuando uno lee su biografía deduce por la cantidad de proyectos realizados que debe tener unos 125 años, pero en realidad es un cuarentón. Fundó el sello Luaka Bop cuya característica sorprendente, como todo proyecto Byrne, fue el de editar los éxitos clásicos del Brasil y de Cuba nada menos que en EE.UU. (digo nada menos porque no es común que un anglosajón encare un proyecto semejante ¿Será que hay gente que piensa en la cultura y no sólo en el dinero?) La misma inquietud que le valió un Oscar por la música de “El Ultimo Emperador” de Bertollucci en el 87, lo llevó en el 89 a subir al escenario con 16 super-músicos para dar a luz Rei Momo, donde salsas, merengues y todo tipo de ritmos americanos fueron revisados por su óptica. Luego llegaría Uh-Oh (como siempre otro cambio, una especie de Rei Momo digerido y pasado a una banda convencional), después un disco muy particular que lleva como título su nombre (David Byrne), y por último, Feelings. Este le llevó por tercera vez a Argentina y fue la excusa para escuchar en vivo reciclados temas de Talking, que se suponía jamás volveríamos a escuchar, sumado a la novedad de un disco que parece decirnos como siempre: soy el mismo de ayer, pero diferente. Lo mismo: la esencia. Lo diferente: el tiempo que pasó y que en algunos significa enriquecer las experiencias, abrir más y más puertas, mostrar que tan importante como crecer por afuera es crecer por adentro; porque mientras el crecimiento externo sólo nos hace ocupar más lugar, el crecimiento interno nos da la llave a lugares nuevos.