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El adiós a Jorge Göttling, un maestro de la escritura
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El adiós a Jorge Göttling, un maestro de la escritura

El periodista de Clarín supo narrar como nadie las historias que encierran las calles de Buenos Aires, sus personajes, sus oficios, y el tango. Murió a los 67 años por una enfermedad pulmonar que padecía desde hace varios años. Aquí, algunas de sus
columnas más destacadas.
El periodista de Clarín Jorge Göttling murió esta madrugada a los 67 años en la Capital Federal. Llevaba varias semanas internado a raíz de una enfermedad pulmonar que afectaba su salud desde hacía años. Llevaba más de cuatro décadas en el periodismo. Trabajó once años para el diario El Mundo y más de 30 en Clarín.
A lo largo de su extensa carrera, Göttling recibió un centenar de distinciones. Entre ellos, el premio "Al maestro con cariño" otorgado por la escuela de periodismo TEA y dos Konex (1987/1997 y 1997/2007)
Pero sin dudas, el más importante fue el que le otorgaron en diciembre de 2004: el galardón especial "Don Quijote" de los Premios de Periodismo Rey de España, que destacó la calidad literaria de "La espera del ciruja de Plaza Francia" , publicada en junio de ese año en su columna Miradas.
"Para mí, este premio es la culminación de mi carrera. Aceptar, al fin, que he reparado partes oscuras de mi historia y que he devuelto mucho de lo que la calle me enseñó", comentó cuando supo que había recibido ese reconocimiento.
Precisamente, las calles de Buenos Aires, sus personajes, sus oficios, el tango eran las temáticas que retrataba en su columna. Gottling –quien además de periodista era escritor, guionista, académico y profesor universitario- era un apasionado por la música ciudadana.
Tanto que creó una página semanal sobre este género musical y fue uno de los miembros fundadores de la Academia Nacional del Tango.
Entre sus obras se encuentran "Las mejores miradas de Göttling", publicado por Clarín y "Melancólico Testigo" –un estudio integral de las letras de tango- fue seleccionado por la Cancillería argentina para representar al país en la Feria del Libro de Madrid.

La espera del ciruja de Plaza Francia

por Jorge Göttling
(Publicada en Clarín el 27/6/04)
También él es un paisaje de la Ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.
Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.
Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.
Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.
Alguien arriesga una historia sobre este ícono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver.

Tiano al final sólo sacó pasaje de ida
por Jorge Göttling
(Publicada en Clarín el 16/8/06)
Cuando pasó los 30 aceptó con fatalidad las primeras canas. A los 40, Tiano estaba demasiado ocupado en su carrera brillante, vivía en Europa, pasó inadvertido el crecimiento de una pancita de señor importante. Sin crisis en los 50: lo sorprendieron en Europa, acaso en su mejor momento, con un registro de cara bruna de quien ha conseguido todo y todo le queda chico. Pasó de activo a emérito, los señores de clase no se jubilan. De pronto, la vida le hizo burla.
Dos hijos profesionales, emancipados, mujer distinguida, con erotismo en retirada, fiel, mirada lánguida, talle fino, un lujo para cualquier currícula. Pensó en él y sus despojos: auto importado, barrio de clausura, buenas inversiones, todo en aparente orden. Pero Tiano comenzó a ver su propio dibujo, con fama circundada por el pronto olvido, brazos con las primeras flacideces, aburrimiento prematuro. Reflejado en el espejo, tras la ducha, Tiano tuvo un soponcio: su cuerpo le pareció una obscenidad.
Hizo deportes, cambió de rutinas, entre ellas, su mujer. Se mudó sin escándalo, ella sigue encargándose de las finanzas familiares, los plazos fijos, las tarjetas de crédito, las cuotas de los clubes.
En el claustrofóbico universo que frecuentaron se fabricó una situación posible o un mito: Tiano dejó a Dora por una mujer joven, una de sus colaboradoras. Pero nunca lo vieron, jamás la presentó, Dora siguió presente en el rigor de los protocolos de una familia de clase.
Sus hijos están confundidos por la crisis de los 60, pero civilizadamente callan. Tiano recuperó tono muscular, se atreve a otros colores en el vestuario, está por viajar a Madrid, compró un solo pasaje. Y de ida. Vivirá con atildado diplomático español, a quien conoció en Buenos Aires. Quién sabe.

Hay una tele en el living, parece casa de familia

por Jorge Göttling
(Publicada en Clarín el 13/8/06)
Viven en extendida casa-chorizo de Villa Crespo. Elba, sus tres hijas y los pasantes de turno han dibujado la mejor postal de la modernidad. Lo que sobra es privacidad y lo que falta es el prejuicio. Cuatro dormitorios con cuatro televisores, cocina invicta y un baño que acumula olores, único lugar que alguna vez sirve de arena de disputa. Elba, arquitecta, comparte cama con Matías, dibujante de la edad de Sandra, su hija menor.
Sandra es artesana, hace títeres, debe tener vocación de hotelera: aloja en su cuarto temporariamente a tipos solos, se parecen entre ellos cuando los desecha. Fabiana estudia criptología, acaso devele lo que se inscribe en el nombre con el que el catastro comunal define el sitio: casa de familia, una broma, un malentendido. No trabaja, vive de becas y subsidios.
Vera, la mayor, entró en crisis hace un par de años, se recluyó en convento de novicias, pero desertó a los seis meses. Asu mió sexualidad diferente, es lesbiana, se cree que está vacante, nadie conoció su habitación. A veces desaparece un fin de semana, no habla, no pregunta, tampoco contesta.
El living es entidad ausente, no hay tampoco mesa de comedor, cada uno funciona por separado. Los lazos parentales están tan averiados que ni se presienten ni se reconocen: ante un llamado telefónico, quien contesta no sabe quien está, cuando estuvo o que es lo que hace.
Hubo un padre debilitado, incapaz de introducir sus hijas a la cultura, carente de imaginación, derrotado de antemano frente a esposa despectiva. Hugo aprovechó la primera oportunidad para huir, dejó el tendal. A veces, cuando el alcohol lo atora, llora en los boliches, pura actuación.
Este mes la casa cambió de aspecto. Elba despidió a Matías del laburo y de su vida.
Sandra viajó a la India. Fabiana trabaja de mesera, está estudiando la cábala. Vera hizo "acting", colocó su TV en el living, como bandera de paz. Hugo intenta pegar la vuelta. Parece una casa de familia.

El renacimiento de una ceremonia
por Jorge Göttling
(Publicada en Clarín el 11/8/06)
Durante décadas, la agonía del tango-danza revirtió un proceso bello y original: aquel baile creativo se había convertido en una danza neutra, sin ideas, monótona, una excusa para conversar de cerca. En suma, una actividad atlética, con certificado de defunción a corto plazo.
Acá, la danza se había refugiado en oscuras pistas de extramuros, casi clandestinas, en las que imperaba un rito con contraseñas: sólo bailaban los veteranos, con mujeres de peinado de peluquería. En rigor, un viaje al fondo de los sentimientos muertos y las miradas cansadas.
El redescubrimiento partió de la mirada joven: el tango-danza es estallido, misa pagana, fantástico despliegue de movimientos sensuales de piernas, brazos, caderas, un desafío a la imaginación, la creatividad y el alarde.
La trascendencia del abrazo que unifica la pareja implica la fijación de los roles: como un atavismo, el hombre ejerce autoridad, se convierte en personaje activo.
Al influjo de la orden de su mano, la mujer toma su propia posición, dejándose llevar cadenciosamente, lánguidamente por el varón.
El lenguaje de las manos es el rector de la danza, en el entendimiento de que lo que el hombre no puede marcar con la orden dada por sus manos para que la mujer lo ejecute instantáneamente con sus pies, no es auténtico, no es tango.
Los rostros de los bailarines reflejan la peripecia: caras que son una tragedia, otras caras que son una juguetería, como en el sexo.
Buenos Aires revive hoy el auge de un baile nacido hace más de cien años. Un paseo rítmico y cadencioso, una marcha reconcentrada de solo tres minutos. A veces, toda una eternidad.

La rodilla
por Jorge Göttling
(Publicada en Clarín el 09/8/06)
Historia cortita de un tipo cortito. Víctor vivió 30 años corriendo y 30 años sentado. Hijo de piadosa italiana, comenzó a jugar fútbol en patio de iglesia de Almagro. Fue monaguillo, centroforward y galán de barrio. Todo cortito, largó los altares y también largó a varias señoritas, enojadas por su afán de acumularlas. Hizo las inferiores de San Lorenzo, jugó en la tercera. Nunca llegó, su apellido es ignoto hasta para Lujambio.
Empresario menor lo llevó a Australia, cuando se conocía menos en el fútbol que en el mapa. Le dieron un puesto en el ferrocarril y un puesto en la primera de equipo de colectividad italiana de Sydney. Conoció bíblicamente a varias rubias. También cambió de religión, se hizo evangelista. Cobraba en esterlinas, ninguna fortuna pero lo suficiente para comprar departamento. Lo ocupó al volver, auciado por flagrante necedad para aprender inglés.
Fue a jugar a Olavarría, en club cercano a Sierra Chica. Se puso de novio con tres. Jugó hasta los 32, cuando la rodilla dijo basta. Entonces, se sentó en un taxi. Primero tuvo romances, después fue más fácil inventarlos. Un acupunturista oriental le curó la rodilla y él se pasó otra vez de culto, aturdió a pasajeros con leyendas de sanador de Java de apellido impronunciable.
Tiene más de 60 años de infidelidades, un cuarto de creencia y media mina, juntar a veces no multiplica, divide.

Jacinto sabe de clausuras tanto como de abandono
por Jorge Göttling
(Publicada en Clarín el 06/8/06)
Jacinto es un león para las minas: le rajan todas. No hay complejo que le falte, es un triste de manual. Gesto de yo no fui, físico magro, desnudo pesa menos que un bay biscuit mojado. No gana nunca, hasta cuando redondea se queda voluntariamente con la suma menor. Vive solo, gracias a que aprendió a desalojar los recuerdos. Su hermana Irma es su contracara, vital, arrebatada, rencorosa, casada, tres hijos, no deja bronca impune. Ambos son víctimas de explosión familiar, virus que carga de dinamita toda relación cuando se mezcla con dinero.
Hay, por detrás, una larga historia. Padre provinciano que se casó para no estar solo, aprendió pronto que estaba peor. Con Marucha tuvieron esos dos hijos. Oscar trabajaba bien con su camión, ella fue siempre una ignorante taimada: empleada infiel, robó lista de clientes de laboratorio, comenzó a trabajar para ella. Nada para compartir, se separaron cuando nació Jacinto.
Ella se quedó con la casa de Villa Real, él se llevó los hijos. Marucha metió en la casa un tipo de su misma avería, gigantesco, hasta un gorila lo miraría con cierto temor. Tenía un hijo, seis años, ya calzaba 37. Salió como él, hincha del músculo y del menor esfuerzo. La agria Marucha se adueñó, también, de los ahorros del camionero. De prepo. Todos le temían, seca, ebria, quilombera.
Irma y Jacinto crecieron, ella se casó a los l5, el varón terminó el industrial. El provinciano murió súbitamente, sin tiempo para contestar las últimas preguntas. Entonces fueron a plantear herencia, lo que quedaba del despojo. Están en eso, en largo litigio de once años. Marucha se casó con el gorila y una noche de largas copas la fulminó un derrame.
Así es que los nuevos, los de afuera del rubro familiar, detentan casa y gananciales, no piensan repartir ni migas, tienen abogado zorro para el alargue.
La ira no da paz a Irma, amenaza con seguir hasta las calendas. Jacinto, el manso, dio por cumplido y clausurado el caso, pierde por abandono. De clausuras y abandono es de lo más que sabe.