Estamos trabajando en la nueva versión del sitio, enterate como participar.



Aquel país este país aquel rock este rock
 Vistas desde creación:3000
 Vistas desde último cambio:2617
 Vistas este mes:2969
 Vistas este año:3000
subir a el rock en argentina. 

Nota: El presente artículo es largo. Por favor tengan a bien utilizar los botones de desplazamiento que hemos colocado para los artículos extensos. Dichos botones están ubicados al final de las notas, sobre el margen derecho de las mismas.
La buena memoria

La cercanía del 24 de marzo, en el aniversario número 25 del golpe militar, permite repasar dos épocas bien distintas del rock argentino.
Nombres, pequeñas anécdotas y precisiones de una historia reciente que, sin embargo, parece que sucedió en otro tiempo y otro lugar.
Pero no.
por Esteban Pintos

Escribía Miguel Grinberg en octubre de 1976: “Pese a todo lo que pueda representar desazón entre los músicos argentinos de rock, referido a las dificultades materiales para equiparse apropiadamente y a la incertidumbre en torno a las posibilidades de trabajo permanente, todo revela actualmente una
asombrosa capacidad de optimismo.
Semana tras semana se multiplican los recitales y del mismo modo crecen las giras por el interior del país.
Los conjuntos de Buenos Aires, antes de soñar viajes imposibles al extranjero, se esmeran en darse a conocer en sitios de la Argentina”.
Y sigue, más adelante, en la columna de rock que habitualmente escribía en la revista Prensario: “Parecería que el sombrío invierno de 1976 acelera la voluntad de plenitud.
El Tercer Ciclo del rock nacional bulle a todo vapor”.
En ese “tercer ciclo”, el periodista que primero documentó y escribió la vibrante historia del rock argentino desde 1965 en adelante –su libro Cómo vino la mano siempre será valiosa fuente de consulta para todos aquellos que quieran saber de qué se trató–, se incluía una lista de “grupos que constituyen la porción más visible y audible”.
Y mencionaba a Invisible, Polifemo, La Máquina de Hacer Pájaros, Los Desconocidos de Siempre, Soluna, Arco Iris, Alas.
“Sin olvidar a Litto Nebbia, León Gieco, Raúl Porchetto, Moris, Ave Rock, Pastoral, Fugaz, El Reloj, Plus, MAM, MIA y otros que vienen, sin duda alguna”, completaba.
Primer comentario: el rock argentino existía en 1976.
No es una obviedad, sobre todo si se tiene en cuenta que han pasado 25 años y que buena parte de los chicos que hoy saltan y rebotan entre sí en un show de Divididos, Los Piojos, Los Redondos, El Otro Yo y Catupecu, poco y nada sepan de aquella época.
Es comprensible.
A la distancia, todo aquello, lo que puede leerse y lo que cuentan quienes estuvieron ahí –basta el repaso de nombres para comprobar que muchos de ellos están aquí–, parece una fábula de otro país.
Otro tiempo, otro país.
El golpe de marzo del ‘76, en verdad, poco y nada había afectado al incipiente movimiento de bandas y recitales, a no ser el show de presentación del disco En el hospicio, que el dúo acústico Pastoral tenía previsto realizar...
Ese 24 de marzo.
No eran épocas fáciles para “ser” rockero, está claro.
Pero el golpe no se sintió inmediatamente.
“Los rockeros no eran el blanco de los militares”, afirma hoy Grinberg.
Coincide con él Pipo Lernoud, agitador cultural, letrista, periodista y escritor clave de los inicios y el desarrollo de la historia del rock argentino.
Lernoud, un par de meses después del golpe, junto a Jorge Pistocchi y el empresario Alberto Ohanian, fundaría la revista Expreso Imaginario, el primer medio escrito en serio que trató la cultura rock en el país.
Estaba todo mal, pero aquello no empezó a suceder desde el 25 de marzo a la mañana: la cosa estaba complicada desde antes.
La primavera democrática rockera vivida a fines del gobierno de Lanusse, en el breve período presidencial de Héctor Campora y en el menos breve regreso de Juan Domingo Perón al gobierno, había concluido dejando como hitos los festivales BA Rock al aire libre, otros tantos encuentros multitudinarios, shows en pequeños teatros del centro, en el Luna Park (desde el famoso “rompan todo” de Billy Bond al frente de la Pesada del Rock and roll hasta el “adiós” de Sui Generis) y una serie de discos clave para la historia.
Todo aquello, sin embargo, empezó a complicarse con el ascenso de Isabel Perón al gobierno y el siniestro José López Rega al poder.
“Antes del golpe, ya estaba todo podrido.
La paranoia de la cultura había empezado bastante tiempo antes, aunque también es bueno recordar que el rock siempre iba por un camino distinto del de otras actividades y, en este caso, le sirvió para zafar un poco de eso.
Había más actores o escritores amenazados por la Triple A, que rockeros”, comenta Lernoud.
Spinetta y Charly no tenían ninguna teoría política.
El rock de aquel momento no había entrado en ninguna disputa política, porque simplemente no creía en ningún sistema.
” Sin embargo, la vida continuaba.
El 16 dejulio, por ejemplo, León Gieco (con Charly García y Nito Mestre como invitados especiales), Crucis, Pastoral y Gustavo Santaolalla presentando a su nueva banda Soluna, tocaban en el Luna Park.
Efectivamente, la persecución a todo aquel que representara un pensamiento “contravencional” para el régimen recién asumido, estaba empezando a crecer.
Sin embargo, los años de plomo-plomo vendrían después.
A fin de año, otro ejemplo: Invisible se despidió como banda con un show a pleno en el Luna Park, con los bandoneonistas Rodolfo Mederos y Juan José Mosalini como invitados especiales.
La policía estaba ahí, y la famosa “averiguación de antecedentes” era el hit de la temida Federal.
Había colectivos, al menos uno, en la puerta de los recitales y siempre encontraban con quién llenarlo.
“Creo que llenaban uno y se quedaban contentos.
Era como un acto burocrático”, cuenta Grinberg.
Lernoud arriesga: “Era preferible que fueran rockeros a que fueran guerrilleros.
En el pensamiento milico, muy básico por cierto, había algo de eso.
Recuerdo un discurso de Massera, de principios del ‘77, en donde habla de esto.
El tipo dijo algo así como ‘a la juventud la confunden con ideas anticristianas y de nuevas modas musicales, y después terminan siendo guerrilleros’.
O algo así.
La idea era que, a la larga, eso era peligroso”.
Las figuras de Charly García y Luis Alberto Spinetta eran, por ese entonces (¿tal como ahora?), guías rectoras de tendencias.
Spinetta estaba por concluir Invisible, un trío que integraban además el bajista Carlos Alberto “Machi” Rufino y el baterista Héctor “Pomo” Lorenzo, y al que luego se incorporó, justamente en 1976, el guitarrista Tomás “Tommy” Gubitsch.
El jardín de los presentes, el tercero en la historia de la banda (los anteriores habían sido Invisible, en 1974, y Durazno sangrando, en 1975), es un disco profundamente melancólico y porteño, cuya presentación oficial (en julio) en el Luna Park ocurrió un día después del nacimiento de Dante Spinetta.
El orgulloso padre así lo mencionó en escena.
En ese disco estaban algunas de las grandes canciones de la gran cosecha de canciones de Spinetta, como “Los libros de la buena memoria”, “El anillo del capitán Beto”, “200 años (una parola)” y “Las golondrinas de Plaza de Mayo”.
Musicalmente, aquel LP marcaba –de alguna manera, aunque esto ya tenía antecedentes claros en Almendra– un giro en búsqueda de un nuevo sonido.
“En este momento, el rock argentino ha agotado experiencias y eso le permite enfrentar otras nuevas.
Sin ir más lejos, nuestro grupo integró dos bandoneonistas en una grabación y uno en otra.
Queríamos ver cómo incidían en nuestra música”, declaró Spinetta a la revista Pelo en diciembre de ese año.
La edición, a través de la compañía CBS (hoy Sony, que justamente ha reeditado algunas de esas canciones en su serie Obras Cumbres), significó un pequeño gran acontecimiento para el mundillo del rock local y algo más.
Spinetta
vivió un súbito momento de fama “nacional”, saliendo del ghetto en el que más o menos cómodamente estaba entonces.
A tal punto que fue incluido, por la revista Gente, como uno de los “personajes del año ‘76”, junto a José Alfredo Martínez de Hoz, el brigadier Augusto Cacciatore (intendente de la ciudad de Buenos Aires) y el general Ibérico Manuel Saint Jean (gobernador de la provincia de Buenos Aires).
“Me dijeron que tenía que ir a Gente a sacarme una foto, y fui.
No sé, no lo veo muy diferente a hacer una nota para la revista Pelo”, dijo Spinetta cuando todavía hacía notas y no se había convertido en el abuelo frágil y huidizo que es hoy.
García había iniciado una nueva etapa con La Máquina de Hacer Pájaros.
Bajo ese nombre, la banda –que incluía a Oscar Moro, José Luis Fernández, Gustavo Bazterrica, Carlos Cutaia– editó su primer disco, con canciones como “Boletos, pases y abonos”, “Cómo mata el viento norte” y “Bubulina”.
Es, para la pequeña obra de este período de su vida como compositor, un disco de transición en donde, sin embargo, asomaban sus ínfulas sinfónicas.
“Charly había decidido asumir el mellotron y el sintetizador,y también asumir sus estudios musicales clásicos”, teoriza Lernoud.
Rebotaba en serio, en la Argentina, la parafernalia de orquestación de Genesis, Yes y Emerson, Lake & Palmer.
Claro, en el mundo, ya habían irrumpido Los Ramones, Patti Smith y Sex Pistols, pero aquí era otra historia.
En aquel año también apareció el único disco de una experiencia a la supergrupo vivida en la Argentina: Porsuigieco.
Esto era: Raúl Porchetto, Nito Mestre, Charly García y León Gieco, quienes se habían juntado para una breve pero intensa gira por la provincia de Buenos Aires, y de la cual derivaría la edición de un único disco, producido por Jorge Alvarez.
Hablando de Gieco: sin ser el tótem de la música popular argentina que hoy es (por suerte), ya tenía un nombre y un camino hechos en el rock argentino.
En 1976 grabó su tercer disco El fantasma de Canterville, en donde aparecían “Chacareros de dragones”, “La Francisca”, “La historia ésta” y “Tema de los mosquitos”.
Sus canciones tocaban una cuerda rural que nadie tocaba, y las letras iba en paralelo con una realidad cruel.
León las cantaba, y siempre.
Nunca dejó de tocar “Hombres de hierro”, por ejemplo.
“Huevos de oro”, dice Pipo Lernoud sobre la actitud y el compromiso artístico de Gieco.
Segundo comentario: el rock argentino existe en el 2001, pero, ¿hacia dónde va? Han pasado 25 años de la fecha que partió en dos la historia más reciente del país.
El negocio gira alrededor de la música que todavía se insiste en llamar “rock nacional” y que desde aquí se prefiere llamar, mejor, rock argentino.
Algunos de los nombres que se mencionaron en el recuento anterior siguen en pie o al menos tratan de seguir en pie.
Luis Alberto Spinetta, aún recluído y huidizo, tiene listo un nuevo disco que será editado en breve y que, a juzgar por las canciones que accedió a estrenar en vivo durante un par de recientes shows en el sur argentino y en Mendoza, conservan su talento de notable compositor y cantante.
Lo de Charly García es un poco más complejo, si se quiere.
Luego de la resurrección asistida de Sui Generis, va y vuelve de su carrera solista y, aun así, sigue provocando fervores populares.
Y, lo que resulta más curioso, la adhesión de muchísimos chicos que ni habían nacido cuando vivió su época dorada de compositor y cantante en los años ‘80.
León Gieco también editará un nuevo disco este año y no deja de aparecer para tocar en donde se lo pidan, siempre que la causa lo merezca.
El panorama de lo que debería ser el verdadero recambio generacional, sin embargo, luce más oscuro.
En un hipotético primer lugar de convocatoria y calidad está indudablemente Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, quienes se aparecieron justamente en el brumoso 1976 con recitales-happenings en el teatro Lozano de La Plata, siguen adelante aunque todavía no pueda descubrirse cómo resolverán el conflicto que ocasiona –desde una perspectiva social– cada movilización masiva convocada por un recital suyo.
Divididos, Los Piojos y La Renga, separados por algunos años –los primeros anteceden a los segundos y terceros–, se mantienen en un lugar de privilegio.
Detrás de esta primera línea de avanzada del fenómeno futbolero que invadió al rock durante la década del ‘90 –en paralelo, y no es casualidad, al crecimiento de la desocupación y la marginalidad durante el período menemista–, apenas asoman algunos nombres.
Catupecu Machu y El Otro Yo son, claramente, la avanzada que tomaría el poder en esta década.
Detrás, un numeroso pelotón de bandas que, crisis mediante, no logran asomar más de lo que permite la realidad y las reglas de juego del “mercado”.
Hoy, las ediciones independientes permiten acceder a la publicación de canciones mucho más que lo que pueden (o quieren) las compañías multinacionales, embarcadas en otro negocio y con la amenaza latente de Internet sobre su casi medieval sistema de promoción, difusión y distribución de la música.
El intento de la “caza de talentos” que inició Sony a partir de la gestión del ex Soda Stereo, Zeta Bosio, parece la única excepción a una regla generalizada.
El rock argentino 2001 parece debatirse entre sus brotes de gigantismo -está en todas partes, mueve multitudes cada vez que se puede, es parte de una cultura popular verdadera y no declamada– y una cierta parálisis estética y poética que lo aqueja.
No tiene mucho por decir, y mucho menos hace algo por decirlo, y acompañarlo musicalmente, de manera que revitalice el panorama.
El espectáculo de las banderas y las bengalas, está bien, pero, ¿y después? La pregunta será contestada en el transcurso de esta década, cuando 1976 quede más y más lejos.
Siempre, igual, habrá que recordar.