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El país, el rock y todo lo demás
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subir a el rock en argentina. 

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En 1966, mientras algunos jóvenes aventureros y curiosos comenzaban a reunirse todos los jueves en La Cueva de Pasarotus, un reducto jazzero en la avenida Pueyrredón, y Los Beatniks (con Moris y Pajarito Zaguri) daban a conocer su primer simple, el presidente Arturo Illia era derrocado por un golpe militar que puso en el sillón de Rivadavia a Juan Carlos Onganía.
A partir de allí, la relación entre el rock y la realidad social (en todas sus expresiones) fue constante.
Y también traumática, desafiante, rebelde, marginal..
Todo desde un nuevo código que llevó, además, a subestimar al rock porque no se entiende lo que dicen.
En realidad, lo más probable es que no se quisiera saber qué es lo que dicen a través de sus códigos.
Un código con cambios constantes.
El rock no nació como un movimiento elaborado y puesto en práctica con algún orden o ciertas normas establecidas.
Más bien se trató de la confluencia de ideas en un momento histórico particular.
Coincidencias que
determinaron una estética no muy claramente definida, pero que sí sabía a qué no quería parecerse.
En síntesis: diferenciarse del enemigo.
Y para eso había que ser distinto y jugársela ante un adversario enorme y poderoso que se expresaba con distintas tonalidades desde el cuerpo de la sociedad: sus mandatos, sus costumbres, sus fuerzas de seguridad, sus instituciones.
En La Cueva convergían personajes de la talla de Litto Nebbia (que se quedó en Buenos Aires después de disolver a Los Gatos Salvajes), Moris, Pajarito Zaguri, Miguel Peralta (el inolvidable Abuelo), Tanguito, Javier Martínez, Pipo Lernoud y varios más, que fueron dándole forma a una nueva manera de expresión, influenciada muy directamente por The Beatles y Bob Dylan.
El rock es un movimiento contracultural que se instaló entre la marginalidad y la provocación.
Por eso, lo primero que se necesitó fue una balsa para naufragar y afrontar el ser distinto, esto es: la vestimenta, los pelos, las lecturas, los discos...
Entonces, el rock necesitó un lenguaje diferente.
¿Por qué?
Muy simple: como movimiento, proponía una nueva forma de vida que desafiaba las normas establecidas.
De aquellos meridianos ´60 a hoy, el rock aprendió una forma de decir que tiene mucho que ver con la realidad, con el ahora.
En fin, con el tiempo que le toca vivir.
Más allá de la idealización con que hoy se observa la década del ´60 (no en vano se trata de la década que cambió al mundo), no fueron años fáciles.
De todos los objetivos a los cuales apuntaban los militares en el poder, uno era muy claro: los jóvenes.
Ya sea porque se corría el riesgo de que fuesen hacia la izquierda o ejercitaran el equívoco derecho de pensar o discrepar, comenzó allí una de las épocas más duras para una generación en ebullición constante.
Para colmo, The Beatles ya habían conquistado al mundo con "All you need is love" (Todo lo que necesitas es amor) y muchos melenudos daban vueltas por ahí, reuniéndose poco a poco en diversos reductos.
La necesidad, entonces, era la de ser libres.
Por eso las primeras letras del rock nacional hablan, sobre todo, de la búsqueda de la libertad y del conocimiento de sí mismo, como una forma de describir un nuevo personaje que comenzaba a verse no sólo en Buenos Aires, sino, sobre todo, en La Plata y Rosario.
• El parto oficial
Tal vez lo que conozcamos como rock nacional haya nacido oficialmente el 2 de junio de 1966, cuando en las disquerías apareció un simple de Los Beatniks (el único de su corta vida) con los temas "No finjas más" y "Rebelde", claramente diferente del rock and roll que se conocía a través de Sandro..
"Rebelde me llama la gente, rebelde es mi corazón, soy libre y quieren hacerme esclavo de una tradición."
Los melenudos y desaliñados hippies dicen presente.
Es un juego distinto que no todos juegan, aunque la movida comienza a tener una presencia cada vez más fuerte, que alcanza su primera explosión con el álbum debut de Los Gatos en 1967, donde se incluyen, entre otros, La balsa (compuesta por Nebbia y Ramsés VII, Tanguito) y El rey lloró.
Aquí se construye la balsa para ir a naufragar, pero el naufragio no es la pérdida, sino la ganancia de una nueva forma de vida.
Los últimos años de la década llegan con un nuevo lenguaje.
Mientras el Mayo Francés pedía que fuéramos realistas, que exigiéramos lo imposible, Manal ofrecía retratos de la ciudad y su gente; Almendra elaboraba una poesía tiernamente surrealista, y Moris contaba nuevas fábulas; La Cofradía de la Flor Solar, desde La Plata, confirmaba una nueva forma de vida; Tanguito deliraba, y un tal Miguel Abuelo combinaba poesía con acción.
Y Pipo Lernoud escribía cosas como: "La dorada princesa del verano entre los iluminados, su sol amarillo, caleidoscopio de hojas de oro, y lágrimas que ríen
El tiempo se detiene y cuando nadie maneja el aire, una magia nueva se produce, una magia nueva, una balsa nueva", en un simple firmado por Ramsés VII.
La necesidad de aquellos años era, sobre todo, que había una nueva forma de expresarse que, además, podía llevarse bien en la búsqueda de la belleza, como podía escucharse en algunas canciones del joven y productivo Luis Alberto Spinetta, que en 1967 (el primer álbum de Almendra se editó en 1970) ya había compuesto, por ejemplo, "Plegaria para un niño dormido" y "Zamba" (no editada sino hasta 1983 como "Barro tal vez"):
"Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro "He de gritarle a los vientos hasta reventar, aunque sólo quede tiempo en mi lugar·"Ya me apuran los momentos, ya mi sien es un lamento"..."Mi cerebro escupe ya el final del historial, del comienzo que tal vez reemprenderá""
Para 1970, el rock ya es una realidad, y a la aparición de grupos como Vox Dei y Arco Iris se suma una buena cantidad de variantes e intentos que fortalecen esa nueva expresión.
Los militares, aunque con otros nombres, siguen en el poder y la censura es una realidad cotidiana que no sólo se hace cada vez más efectiva, sino que adoctrina el aparato cultural como para que, por ejemplo, los sellos se encargaran de indicar incorrecciones a los músicos, mientras la subversión crecía y la represión se deformaba.
Quizá por la violencia que empezaba a vivirse en aquellos años, el tema de la muerte comenzó a ser uno de los que atrajo la atención de los rockeros, así como el regreso de la democracia incentivó a soltar un poco la lengua y ser más directos.
Entonces aparece Sui Generis, con Charly García como compositor de, por ejemplo, Confesiones de invierno:
"Dios es empleado en un mostrador, da para recibir.
¿Quién me dará un crédito, mi Señor? Sólo sé sonreír... Y tal vez espere demasiado, quisiera que estuvieras aquí; cerrarán las puertas de este infierno y es posible que me quiera ir".
También Pedro y Pablo, con su Marcha de la bronca:
"Bronca porque está prohibido todo, hasta lo que haré de cualquier modo. Bronca porque no se paga fianza si nos encarcelan la esperanza".
Y Javier Martínez gritaba: "¡Salgan al sol, idiotas!"
A su vez aparecía León Gieco con Hombres de hierro:
"Larga, muchacho, tu voz joven, como larga la luz el sol. Que aunque tenga que estrellarse contra un paredón, que aunque tenga que estrellarse se dividirá en dos".
Pero el sueño de la libertad de expresión es efímero.
La censura es implacable aun en la democracia, y mientras la guerra sucia crece y Perón muere, las cosas empiezan a andar cada vez peor. Ir a un recital de rock es toda una aventura.
Los pelilargos, seguramente, terminarán en una comisaría.
No se puede decir mucho o, si se dice, deberá estar velado, oculto en imágenes y hasta en cierta inocencia.
Empieza 1976 y se apagan muchas vidas, muchas palabras, muchas canciones.
Decir sin que se note.
El rock se dispersa y prepara nuevas máscaras.
Spinetta, con Invisible, profundiza en un surrealismo criollo rico en imágenes y frases aparentemente inconexas y espontáneas, de rara belleza.
García, con La Máquina de Hacer Pájaros, hace que mira para otro lado con brillantes contraseñas que, si bien hoy parecen inocentes, en su momento eran toda una declaración de principios, como el "Qué se puede hacer, salvo ver películas", y canciones como Ruta perdedora o No te dejes desanimar, donde además pide que "no te dejes matar".
Pero la mayor burla a quienes tenían todo controlado llegó con Seru Girán, en 1978:
"Cosmigonón gisofanía serú girán seminare paralía narcisolón solidaría serú girán paralía eiti leda luminería caracó ah... lirán marino ah... lirán ivino parastána nesari era desi oia seminare narcisolesa desi oia serilerilán eiti leda lumineria caracó".
Fractura del lenguaje.
Neologismo surrealista puro.
Y Spinetta lee a Castaneda:
"Es inútil que pretendas brillar con tu historia personal. Recuerda que un guerrero no detiene jamás su marcha".
Antes de los años ´80, el rock tiene 3 patas muy firmes y bien distintas:
García refleja la realidad en su propio espejo; Spinetta concreta la poesía en el rock, y Gieco se zambulle en las cosas simples y cotidianas con un pie en la música popular, pero desde el espíritu rockero.
Pero llegan los ´80.
Punk tardío, new wave, pop, Guerra de Malvinas y la ilusión de la democracia.
De la oscuridad salen cientos de bandas para traer un poco de luz y diversión al rock, que no sabía mucho de fiestas.
Y Virus, el regreso de Miguel Abuelo con Los Abuelos de la Nada, Los Twist... traen un nuevo lenguaje para sus historias; Sumo hace de la irreverencia una actitud para vivir; Riff junta el entrecejo y los Redondos conquistan Buenos Aires con un rock and roll inteligente, crudo e irónico que se sustenta también en otras disciplinas, con la poética del Indio Solari tan desgarradora como irónica.
Se arma una nueva realidad y, con ella, un nuevo mapa del rock de acá, que extrañamente se ve beneficiado por la dictadura comandada por Galtieri tras la recuperación de Malvinas, porque las radios ya no pueden pasar música en inglés, y la música en nuestro idioma no alcanza para llenar el aire de las AM y FM.
Llegó la diversión.
Hasta el momento en que Virus subió a un escenario, el rock desconocía y miraba con suma desconfianza la diversión.
Eso quedaba para la música comercial.
Pero entre el humor y una mirada ácida a las costumbres argentinas, el pop comenzó a experimentar una nueva fórmula.
Ahora se puede bailar, reír y hablar del sexo sin pudor.
Charly pide, primero, "No llores por mí, Argentina" y más tarde ironiza con "No bombardeen Buenos Aires", en una etapa brillante de tres álbumes consecutivos: Yendo de la cama al living, Clics modernos y Piano bar.
Los Redondos, mientras tanto, le cantan a un tal Brigitte Bardot; Sumo se sumerge con Luca Prodan en el Abasto; Los Twist advierten que "El primero te lo regalan, el segundo te lo venden"; Baglietto cantaba "como decía un catalán, voy tratando de crecer y no de sentar cabeza", de un tal Fito Páez; Los Violadores daban furiosos el Comunicado 166; Memphis redescubría el blues en el empedrado de la ciudad, y Soda Stereo, donde Cerati comienza a exponer una poética muy cuidada, no encuentra Nada personal:
"Busco en TV algún mensaje entre líneas; busco alguien que sacuda mi cabeza. Y no encuentro nada".
A mediados de los ´80, Celeste Carballo se vuelve cada día más loca y el rock convoca a multitudes.
Casi todas las expresiones (muy diversas entre sí) llenan los locales o microestadios donde se presentan, ya sea el Parakultural, Palladium u Obras.
El rock, finalmente, llega a un público muy amplio y variado.
En aquel momento, la posibilidad de encontrar un sello grabador era bastante más cierta que en toda su historia y, salvo los Redondos, que eligieron el camino independiente, el resto firmó contrato con alguien.
Pero las bondades del mercado comenzaron a caer implacablemente, y la mano volvió a ponerse dura, esta vez porque todo resultaba oneroso. Con la desaparición de algunos locales y el regreso a los lugares pequeños de músicos consagrados, las bandas nuevas vuelven a encontrar algo que, antes, era común: pocas posibilidades de mostrarse.
Otra vez a pelearla de abajo y, otra vez, a darle más lugar a la crítica que a la diversión.
La efervescencia que había generado el retorno de la democracia decayó con la economía.
Estables y globalizados.
Y los años ´90 llegan con la estabilidad, el disco compacto y un aluvión de músicas generadas por la reactivación del mercado musical, con MTV incluída.
Por supuesto, cambian el lenguaje, la actitud, las posibilidades y, sobre todo, las distancias.
Resulta que el rock nacional también forma parte de la globalización.
Y, en plena expansión de esa nueva forma del mundo, América cumple 500 años y llega Mano Negra desde Francia para reavivar, curiosamente -y aunque parezca contradictorio-, la conciencia del Tercer Mundo.
Ese Tercer Mundo al que le cantó Fito Páez antes del amor, pero esta vez en busca de las raíces indígenas. .
Y hay un sector que incorpora esa influencia, sobre todo acentuada en la sección rítmica, entre los que se cuentan Los Fabulosos Cadillacs y Todos Tus Muertos, y que llega hasta hoy, por ejemplo, en Karamelo Santo.
También se reproduce a gran velocidad el rock and roll primitivo y machista, directo y simple que cultiva Ratones Paranoicos, pero que se reproduce en bandas barriales como Viejas Locas.
Además hay punk remozado, crudo y sin matices con 2 Minutos; pretensiones poéticas en Caballeros de la Quema, y aspereza y sencillez en La Renga.
Las Pelotas, por el camino independiente, marca su búsqueda constante entre el reggae y el rock, con un claro mensaje crítico e imaginativo, y Divididos, la otra parte de Sumo, se convierte en el power trío por excelencia, con un álbum que marca un antes y un después, La era de la boludez, y una búsqueda en el folklore que no se daba desde los tiempos de Arco Iris.
Y, curiosamente, el productor fue Gustavo Santaolalla, compositor de aquella mítica banda y exitoso productor en los años noventa.
De la mano de Santaolalla se amplía el rock a un mapa latinoamericano que hoy es de intercambio constante y que, tal vez en la Argentina, comenzó con el hip hop de los Illya Kuryaki & The Valderramas.
Los años ´90 también trajeron el rock alternativo de Babasónicos y hoy se expande ese concepto moderno en sellos como Indice Virgen, que contempla las propuestas de, entre otros, Leo García y Francisco Bochatón.
Estas son, por supuesto, generalidades.
El rock, como cosa viva, está compuesto por una enorme cantidad de mínimos gestos, imposibles de reunir en las líneas de una nota.
Algunos, como Páez, renunciaron públicamente al rock.
Otros, como Andrés Calamaro, explotan la imagen del rockero incomprendido dentro del sistema de consumo voraz.
Los Redondos permanecen al margen.
Spinetta ya ni habla, pero sigue en busca de la belleza.
Charly desafía con un Say no more.
Cerati se da el gusto de hacer un gran disco.
Gieco sigue rockero y popular.
Y mientras tanto asoman nuevas propuestas que, como se debe en el rock, desafían a sus padres, como Mister América, La Saga de Sayhueque, Erica García, Altocamet, Arbol, Leo García... y siguen las firmas...

( Por Daniel Amiano - Diario La Nación 27-06-1999 )