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El regreso de Almendra en Obras
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Con frecuencia ocurre (nos ocurre) que ante un determinado hecho, actuamos internamente de manera muy contradictoria.
Y esto ocurre, generalmente, cuando la realidad choca de frente con nuestra necesidad íntima de que ésta sea diferente.
Y también por lo general, esta contradicción se basa en el hecho de que mientras el corazón se aferra impulsiva y denodadamente a sus viejos afectos, la cabeza rechaza (al mismo tiempo) lo que considera incorrecto, improcedente, injusto.
Este sentimiento deberá para quedarnos en paz con nosotros mismos, tener alguna resolución.
Pero eso necesita de tiempo, más que de ideas lúcidas.
Esta consideración previa viene a colación de que con este singular concierto nos ha sucedido exactamente eso.
Y debemos transmitirlo de alguna forma, para quedar en paz con nosotros mismos.

El primer compromiso que uno asume es, definitivamente, con el corazón.
Con el sentimiento.
Con la energía del alma porque cuanto más nos acostumbramos a delimitar cerebrando, más profundamente a veces nos llegan los flechazos emocionales Como una especie de necesidad imperiosa de encontrar el equilibrio, de sentarse a solas con el espíritu y aprender de una vez por todas que cara tiene al levantarse por las mañanas.
Por eso la voz ronca de tanto gritar, las manos ardiendo de tanto aplaudir, la sonrisa prendida de las mejillas.
¿Qué magia pudo reunir a casi treinta mil personas haciendo guardia a las
puertas de un estadio? ¿Qué pudo mantener sesenta mil pies de plantón una hora y media? ¿Qué pudo obligar a treinta mil bolsillos vacilantes que se resistían con empeño, a desvalijarse por completo entre plateas y populares de precios astronómicos?
Pero por sobre todas las cosas: ¿qué increíble poder mantuvo en paz a tantos jóvenes habituados al infernal pandemónium agresivo de los conciertos populares porteños? En orden, prolijamente, con tranquilidad inaudita, ocuparon sus asientos.
Bailaron con los pies y los brazos.
Respetaron.
Se dejaron respetar.
Compartieron la euforia con el vecino de butaca, Despejaron luego la sala en orden, sin dar lugar a ningún tipo de indicaciones que ni fueron hechas ni hicieron falta.
Los de treinta, testigos del nacimiento Los de veintitantos, participes del crecimiento.
Los adolescentes, curiosos, con expectativas a medio satisfacer, buscando.
Almendra tenía una responsabilidad harto difícil.
Pero no fue la primera vez que la tuvo.
La había sentido antes, hace diez años, en medio del letargo de una generación.
Hoy, ante una generación ambulante entre el esfuerzo, la dedicación, la melancolía y las frecuentes desesperaciones e impotencias más absolutas, regresaba con una imponente carga de energía.
"Nosotros nos dirigimos a la gente de buena fe.
En el momento actual no nos interesa lo demás.
Lo que nos interesa es que teníamos ganas de tocar.
Suponemos que, desde el momento de ser éste el momento que elegimos, es el mejor.
Y el resultado va a ser el mejor, para la gente de buena fe." (Luis Alberto Spinetta).

El estadio de Obras está a oscuras.
Decenas de spots y docenas de flashes haciendo un hueco en el alma de pronto, sin previo aviso.
Las voces son una sola ovación que se convierte en un trueno infernal cuando cuatro sombras titilando colores aparecen por primera vez el viernes a las 20:30 horas.
Y la apertura con "Ana no duerme" abriendo también las sonrisas y los abrazos.
Eran demasiadas las cargas emotivas como para hablar de la música en si.
Es más: no se podría hablar de la música que hizo Almendra sin tener en cuenta que, en los temas conocidos, el grupo tenía un coro de 5.000 personas detrás, con todas sus desafinaciones y su inmensa calentura.
Los más "viejos", con el profundo goce de ver nuevamente a los pioneros sobre el escenario.
Los más jóvenes, con la efervescencia propia de conocer a los ídolos, que hasta ese entonces habían significado sólo los discos y las cuitas de los demás.
El sábado Luis se puso una camiseta de la selección argentina de fútbol.
El sabrá por qué.
Y desfilaron el "Tema de Pototo", "Las manos de Fermín", "Hoy todo el hielo en la ciudad", "Final", "Plegaria", "Figuración", "Color Humano", "Mestizo", "A estos hombres tristes".
¿Cómo explicar el no caber en uno mismo? Sin respiro, cerrando los ojos frente al tocadiscos de siempre con el mismo y gastado long-play de siempre, acordándonos de Sótano Beat, de Pinap, de Cronopios, abríamos la mirada para encontrarnos con ellos bailando frente a los micrófonos, tocando los viejos temas de hoy con nuevos arreglos.
Una jugarreta de la mente.
Pero los chicos habían crecido.
La voz de Luis estaba más madura, los solos de Edelmiro eran desgarradores, el canto de Emilio tenia una profesionalidad que no le habíamos conocido entonces, Rodolfo inundaba con su salsa y su precisión la misma vieja Caf que lo acompañó siempre.
Y los temas eran nuevos, también.
Cuatro de ellos con el inconfundible sello surrealista-hermético de Luis Alberto: "Espejada". "El jaguar herido", "Hilando Fino" y "Vamos a ajustar las cuentas al cielo".
El quinto era de Emilio y Emilio cantó: "Ah, qué hermosa es tu voz, cambiándome el futuro.
Ah, qué hermosa es tu voz, cambiándome el futuro."
"El motivo de la unión es un motivo puramente afectivo e inmediatamente musical.
Por caminos diferentes hemos seguido siendo amigos, y teníamos ganas de juntarnos a tocar.
Y van a tener que bancársela.
Nosotros sabemos que desde el momento en que empecernos a tocar habrán todas las preguntas, y nosotros tenemos las respuestas.
La intención básica nuestra es la de tocar para divertirnos, y nacer algo lindo para nosotros.
Y después, lógicamente, dárselos ustedes" (Luis Alberto Spinetta).

¿Qué nos espera ahora? Más conciertos- Un álbum en vivo- Una serie de proyecciones en video-cassette para que nos acordemos de esta risa.
¿Qué más?
"Tocamos porque queremos hacerlo, y lo podemos llegar a hacer nuevamente, O no": ¿Y si lo hicieran? ¿Y si siguieran creando?
Han demostrado que nuestra música sigue en pie.
Como lo demostraron también la decena de muchachos que recorrieron la cola ante Obras repartiendo sus volantes, sus invitaciones a sus recitales, sus propias esperanzas en el "Vení a vernos" de siempre.
Almendra no volvió para renacer algo muerto.
No creemos, tampoco, que así lo hubieran querido.
Algo muerto no reúne treinta mil personas en tres días, algo muerto no necesariamente te abraza con quien ríe a tu lado.
Almendra demostró que hay gente que escucha.
Que los oídos abiertos siguen estando.
Que hay por quien y para quien seguir trabajando y creando cada día, todos los días.
Que "Muchacha" es un lema de hoy y que "Rutas Argentinas" hizo que los cocacoleros golpearan incansablemente con sus destapadores las cajas que llevan colgando del pecho.
Que seguimos tirando, hermanos perros, y que sigue faltando bastante para que nos libremos de la cadena.
"Básicamente, es una creación sin concesiones. El artista crea, y siente que la gente va a escuchar lo que él crea, y no a una especie de pirotecnia que no conduce a nada.
Entre miles de artistas de papel madera, frente a toda esa excitación comercial para comprar discos de mil artistas que nunca van a venir al país, que no saben de dónde son, qué dicen las letras, (o cuando ve qué dicen las letras, mejor que no lo supiera).
Este movimiento ha tratado de mantener una especie de dirección no entrar en ninguna de las variantes que son utilizadas por esa otra clase de artistas.
Antes de vender su creación prefiere irse y no hacer nada.
Creo que no hay otro espectáculo musical que lleve la cantidad de gente que ha llevado este tipo de música que hicimos nosotros durante todo este tiempo.
Somos los únicos creadores en los cuales la juventud se puede realmente identificar.
La gente de buena fe.
Uno es capaz de bailar con esta música, como de sentarse a meditar qué dice su letra, y pienso que eso tiene más tuerza que todo lo demás.
Porque es más profundo, y porque la realidad un poco está basada en el alma.
Y tarde o temprano lo nuestro va a dejar una huella.
No importa su magnitud, pero dejará una huella en futuras generaciones de creadores, poetas, escritores, músicos, artesanos.
Y eso en definitiva es la cultura de un país.
Lo demás es un papel maché inexistente, o es la manada que se desencarria hacia vías especificas anticreativas." (Luis Alberto Spinetta).

Se hace difícil seguir elucubrando.
Porque, curiosamente, los dos cronistas firmantes de esta nota tienen un expresivo detalle en común.
Para ambos, el primer disco que han comprado en toda su vida ha sido Almendra 1.
El del payasito con la sopapa.
Por eso mismo, se hace complicado seguir pensando.
Porque la amalgama de vivencias y sensaciones de estos últimos diez años tienen, como punto de partida, un grupo que hoy nos toca comentar en su reencuentro con nosotros mismos, Y los comienzos del secundario, los primeros pantalones desflecados a propósito, las reuniones en los parques, el pelito más abajo de la oreja y la serpiente que viaja por la sal se ponen hoy de pie y saludan con una tímida reverencia agradecida.
Desde esta oficina y desde esta máquina de escribir, toda una filosofía aprendida a los tropezones y crecida con biberones de música y amigos ahora se planta con barba, hijos y varios talles más grandes de pantalones y apertura mental para dar la bienvenida a nuestros involuntarios padres del espíritu.
Unos padres a quienes llamamos por teléfono para desearles feliz año y entrevistamos todas las oportunidades necesarias.
Unos dioses de carne y hueso que toman café y también dicen incoherencias como cualquiera, unos seres de otro planeta que suben al escenario y bajan de él con la misma sonrisa franca.
¿Qué harás mañana, cuando yo me haya ido? ¿Qué harás contigo? ¿Te tirarás al aire? No.
Seguiremos creciendo y creando porque ya no nos queda otra, porque es imposible ahora dejar la vida.
Porque no se nos da la gana, aparte, dejar la vida.
Pero tal vez sería mejor que no se fueran mañana para, de alguna forma, poder compartirla...

"Si con lo que nosotros aportamos se modifica el medio ambiente, en el sentido de que haya una mayor cohesión creativa entre los creadores, y una mayor fuerza de los productores, que inviertan más dinero en producir discos, etc... ahí está." (Luis Alberto Spinetta)
Esta expresión de deseos es involuntariamente falsa en su forma y en su contenido.
Lo es en su forma puesto que el condicionante 'si' no está ubicado allí por casualidad, y por el solo hecho de estar allí ya plantea la condición contraria: ¿Y si no sirve para eso? ¿Y si sirve exactamente para lo contrario?
Evidentemente, estas preguntas quedaron en el aire y aparecen, por omisión, en la formulación de Spinetta.
Pero ahora vayamos al contenido, que surge de responder ampliamente a todos estos interrogantes.
En primer lugar, tenemos cono antecedente fundamental en todo 1979, que los productores se han dedicado a promover la presencia en el país de los "monstruos sagrados" del rock y del jazz, a nivel mundial.
De esta forma han desfilado por nuestros escenarios John Mc Laughiin, Larry Coryell.Egberto Gismonti, Hermeto Pascoal, Jan Hammer, Dizzie Gillespie, Bill Evans, Milton Nascimento...
(Cosa saludable, de más está decir.
No estamos lapidando las presentaciones, sino que tan sólo planteamos un cuadro de situación.
Hasta aquí, se podría declarar que el concierto de Almendra funcionaría como antídoto para esta situación (en el sentido de la necesidad de promover también a los grupos locales) y sería un inicio de una reversión de la misma, ¿Es esto cierto? Naturalmente no.
El concierto funcionó, y la realidad, lo está demostrando, como un intento de comercialización de la nostalgia Y decimos que se está demostrando, pues otros productores ya han tomado nota de los resultados y, muy lejos de promover a grupos nuevos, están hablando de una reunión de Sui Generis o de Manal (ésta última descartada por la negativa de Javier Martínez).
Es decir que aquí de lo que se trata es de educar a la gente en la nostalgia, (cosa siempre peligrosa para el público mas no para los productores, que con ello engrosan sus arcas y aumentan su prestigio).
No faltará algún demagogo que nos acuse de pedantes, al tratar a la gente de educable en uno u otro sentido.