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Esperando nacer
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por Martín Pérez

Como el rock forjó su identidad bajo la dictadura
Autor del ya clásico volumen Jazz al sur, el periodista e historiador Sergio Pujol acaba de editar el fascinante Rock y dictadura, un libro construido a partir de pequeñas escenas cotidianas, en el que logra encapsular no sólo la rara convivencia entre el rock nacional y la última dictadura sino tambié la rara paradoja que trajo aparejada: la de una cultura rock cuestionada por los militantes políticos que de pronto se convirtió en depositaria de la rebeldía y terminó de forjar así una identidad que mantiene hasta hoy.
Arranca con una descripción precisa y termina con una pregunta.
La primera frase de Rock y dictadura dice así: “El 24 de marzo
amaneció fresco y despejado, con un viento proveniente del sur que situó la temperatura mínima en los 8 grados”.
Y su punto final llega después de un diálogo entre un periodista anónimo y Charly García.
“¿Qué opinás de la política?”, le preguntan.
“Bueno, hay de todo”, arranca la respuesta.
“A propósito: me dijeron que Alfonsín piensa legalizar la marihuana.
¿Será verdad?”
Entre ambos extremos –la descripción cotidiana, la pregunta ilusionada–, Sergio A. Pujol consiguió reconstruir a través de poco menos de trescientas páginas divididas en ocho capítulos, uno por cada año de la última dictadura militar, la obligada convivencia entre un rock nacional que apenas si tenía una década de existencia y cuya identidad aún no se había terminado de cimentar (algo que sucedería, justamente, durante aquellos años tantas veces denominados como “de plomo”), y un gobierno que tomó el poder por las armas, y pregonaba una moral occidental y cristiana.
“El relato de este libro se basa en fragmentos de vidas y músicas atravesadas por la última dictadura, pero mi intención no ha sido poner en contexto la producción musical de aquellos años, sino punzar un contrapunto entre dos formas irreconciliables de ver el mundo”, escribe Pujol en el prólogo.
“Para eso me he valido de discursos oficiales y de letras de canciones; de vidas poderosas y vidas azarosas; de ideales educativos y actos contraculturales.
A partir de esa exhumación, oportunamente cotejada con los recuerdos del adolescente que fui, busqué transmitir una cierta sensación de época.
En este sentido, las páginas que siguen tienen tanto de dictadura como de rock, dos términos sin duda antitéticos.
Sin embargo, una buena parte de la cultura joven del período 1976-1983 creció al fragor de esa polarización.
Más allá de ella: el exilio, la desaparición, la muerte.”
Sin intención de denominar como resistencia a esa construcción de un nosotros generacional, sin detenerse a buscar significados ocultos en las letras de los grupos de rock de la época, y sin tampoco pretender juzgar las decisiones de sus principales protagonistas, Pujol ha logrado en su libro escapar a todas las trampas que propone el tema, y reconstruir la sutileza de esa convivencia forzada entre rock y dictadura.
Y su relato explica –sin necesidad de explicar, sino que le alcanza con contar– las razones por las cuales el movimiento de rock nacional logró una identidad, justamente, en medio de semejante tierra arrasada cultural.
Sentado a la mesa de un bar, con una gaseosa y su libro, flamante, a un lado, Pujol intenta un resumen:
“La dictadura se propuso tres objetivos bien claros.
Uno fue exterminar la guerrilla.
El otro, no menos cruel, fue producir un cambio de paradigma económico.
Pero su tercer objetivo, que nunca alcanzaron, fue el disciplinamiento social y cultural.
¿Por qué no lo lograron? Porque, entre otras cosas, existió un concepto de la rebeldía y la cultura joven que venía de antes y que, lejos de desaparecer, se fortaleció.
Es como si justo en ese momento toda esa contracultura, cuestionada por la militancia política al comienzos de los ‘70, hubiese encontrado un sentido.
Porque fue esa cultura joven y abierta al mundo, con las antenas muy encendidas, lo que permitió conservar ese espíritu de rebeldía.
Por eso es que me parece que la gran ironía del rock en esos tiempos, es que en cierto modo ante la dictadura fue conservador.
Mientras los militares hablaban de fundar un nuevo país, de la nueva Argentina occidental y cristiana y todos los discursos hacia los jóvenes hablaban de mirar hacia delante, el rock miraba hacia atrás, hacia su pasado inmediato.
No el del tango, sino a ese pasado de fines de los ‘60 y comienzos de los ‘70, que es un poco el espejo en el que el rock se miraba para poder seguir adelante”.
¿Cuanto tiempo más llevará?
Tres años. Ese es el tiempo que Sergio Pujol ha descubierto que le toma hacer un libro.
Una unidad de tiempo laboral a la que llegó luego de una década y media –su primer libro fue Las canciones del inmigrante (1989)– dedicándose a semejante trabajo.
“Tal vez uno podría tomarse más tiempo, y seguro que sería un libro mejor”, calcula.
“Pero entonces uno se aburre, al menos a mí me pasa.
Así que tres años es el tiempo que me lleva llegar medianamente conforme al resultado final”, explica el autor de libros como Jazz al sur, recientemente reeditado y ya todo un clásico dentro de los libros locales de la historia de la música popular.
“Jazz al sur nació de la necesidad de darles forma de libro a unos saberes orales, los de la historia del jazz en la Argentina, que yo tenía la sensación que se iban a perder irremediablemente si alguien no daba cuenta de ellos”, explica Pujol, cuyo libro inmediatamente anterior llevó por título La década rebelde, dedicado a los años ‘60.
Pero, aunque de alguna manera Rock y dictadura continúa –a pesar de haberse salteado los tempranos ‘70– con lo que Pujol denomina “una biografía colectiva”, su existencia también obedece a un motivo un tanto más personal.
“Tiene que ver con una época formativa de mi vida”, confiesa su autor.
“Empecé a estudiar en la facultad en el año ‘77, y atravesé todo el proceso militar en un momento personal de mucha avidez cultural.
Fue un momento formativo para mí.
El periodista Claudio Kleiman dice que Expreso Imaginario, la revista contracultural por excelencia de esos años, irónicamente nació y murió con la dictadura, por lo que fue una revista del Proceso.
A mí me pasó algo parecido, y siempre tuve un vínculo muy fuerte con la música de aquellos años”, dice Pujol, un apasionado del jazz que defiende, sin embargo, que los libros de géneros musicales no se escriban desde la pasión.
“Los tangueros escriben de tango, los rockeros escriben de rock”, ejemplifica.
Y agrega: “En mi caso, antes que en el género, pongo la pasión en la investigación y la escritura”.
Como referente de Rock y dictadura, Pujol nombra primero al libro La caída de París, de un historiador llamado Herbert Lottman, que escribió sobre la vida cultural en Francia durante la ocupación nazi.
“Es un libro que recorre minuciosamente los dos meses antes de la toma alemana de París, cruzando minibiografías”, explica.
Después confiesa su admiración por los trabajos de Greil Marcus, como Rastros de Carmín.
Y, por último, aclara que sin los trabajos académicos fundacionales sobre el rock de autores como Pablo Alabarces y –especialmente– Pablo Vila, no sabe si se hubiese atrevido a hacer este libro.
“No soy tan osado”, explica. “Ellos instalaron el rock de los años ‘70 en la veta académica.
La única diferencia es que ellos abandonaron, mientras que yo persisto.”
Encuentro con el diablo.
Aunque la razón de su existencia no sea la de realizar grandes descubrimientos sobre la época y el género al que se circunscribe su trabajo, sino simplemente capturar y transmitir su esencia, Rock y dictadura contiene dos o tres revelaciones.
Una de ellas es la mención a un festival en contra de la guerra a realizarse en Ushuaia, que la gente del grupo M.I.A. imaginó luego de negarse a participar del Festival de la Solidaridad Latinoamericana realizado en Obras Sanitarias.
“Me lo mencionó Donvi Vitale, y no tengo por qué no creerle”, cuenta Pujol, que en el libro relata cómo Donvi y su mujer Esther llegaron a proponerle la idea a la gente de la Cruz Roja, pero el proyecto murió antes de siquiera comenzar a planificarse, por la rapidez con que llegó el desenlace de la Guerra de Malvinas.
Otra revelación es el hecho de que el contacto de la dictadura de Viola con muchos músicos del rock nacional, que accedieron a sentarse a dialogar ante el poder militar en esa época de “apertura”, tenía un vínculo directo con la revista Expreso Imaginario.
El operador de Viola, llamado Ricardo Olivera, conocía a Isabel Mouso, encargada de la publicidad de la revista.
Por la oficina de Olivera, según escribe Pujol, pasaron Charly García, David Lebón, Rodolfo García, León Gieco, Luis Alberto Spinetta, Nito Mestre, Daniel Grinbank, Jorge Pistocchi...
“Todo terminó con algunas vagas promesas.
Entre ellas, la de hacer lo necesario para facilitar el acceso del rock a salas grandes y confortables, y a los medios masivos.”
Pero para Pujol la gran sorpresa fue descubrir en los recientemente desclasificados archivos de la Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires un radiograma del Ministerio del Interior advirtiendo que “hordas deseosas de sexo y drogas” (sic) habían producido desmanes en los conciertos cordobeses del regreso de Almendra, y recomendando a los diversos locales contratados la suspensión de los demás conciertos de la gira nacional.
“Nada de eso fue verdad, fue una operación de inteligencia”, cuenta Pujol.
“Fue un momento en que se produjo una pulseada entre el régimen y el rock.
Otras se perdieron, pero ésa se ganó.
Porque la gira se realizó, y ese regreso de Almendra fue muy importante, ya que fue un gran gesto de reconocimiento de identidad, que le permitió al rock nacional decirse a sí mismo: acá estamos, y esto es lo que somos.”
Los sobrevivientes.
Alternando breves párrafos de cotidianidades del rock con cotidianidades autoritarias del Proceso, Rock y dictadura tiene como grandes protagonistas tanto a músicos como al público y a la prensa alternativa, a la cabeza de la cual está el Expreso Imaginario.
“A la hora de construir el imaginario de la cultura rock de la época, el Expreso ocupaba un lugar central”, explica Pujol.
“Porque la revista abría un arco de temas de una manera tal vez caótica y aparentemente despolitizada, pero siempre inteligente.
Una de las cosas que cuento en el libro es que en el ‘79, justo cuando se celebró oficialmente el centenario de la Guerra del Desierto, la Expreso salió con un informe sobre los mapuches, algo que en ese contexto era decididamente contracultural.”
Uno de los vicios históricos de la crónica de la época que Pujol evita cuidadosamente es el de hablar del rock como resistencia.
“Porque es una palabra cargada de sentido épico.
Como la resistencia contra la ocupación nazi en Francia.
Es una pregunta que les hice a todos los entrevistados para el libro, y la respuesta que más me impresionó fue la de León Gieco.
Me dijo: ‘No jodamos, resistencia fue Rodolfo Walsh’.
Pero lo cierto es que la sola existencia del rock conformó una comunidad estética en los antípodas de lo que pensaban y deseaban hacer los militares en ese momento, y eso no es poco.”
Tampoco pierde el tiempo el autor en interpretar las canciones de la época, buscar mensajes escondidos y bucear en sus significados.
“Lo hago en Canción de Alicia, de Serú Girán, pero sólo porque es algo muy explícito.
Pero si la supuesta resistencia del rock fue decir cosas en clave, fue realmente muy pobre, y en un puñado de canciones.
A mí me pareció mucho más interesante, en cambio, toda la dimensión de un recital.
Ahí el rock ponía literalmente el cuerpo, con su público sabiendo que luego de saltar en un Luna Park lleno, afuera estaba la policía poniendo los camiones de culata para llevarlos presos a todos.”
A la hora de hacer nombres propios, Pujol reconoce que pese a su intención de no querer destacar a ningún protagonista en particular –casi todos, reconocidos y no tanto, son mencionados más de una vez en el texto–, Charly García es el más mencionado.
“El fue la figura más creativa de la época, sobre todo si comparamos su obra de entonces con otros momentos de su propia producción musical.
Me parece que fue central, en particular por su agudeza para poder decir, para trabajar la metáfora siempre vinculada a lo sonoro, a lo musical.
En ese sentido, me parece que las canciones de Charly García son maravillosas y que, a diferencia de otras de la misma época, se bancan perfectamente el paso del tiempo.”
¿Pero, después de toda la investigación, quién apareció como el más héroe, para Pujol? “León Gieco.
Porque se ve en él una gran tozudez, una gran convicción desde una formación ideológica más bien heterogénea y débil.
No era un hombre que tuviera un pasado de militancia consciente, era un progre argentino que simpatizó con el Frejuli en el ‘73 como tantos otros.
No era un cuadro político, ni mucho menos, pero sí noto en su ida y vuelta en esa relación que tiene de aproximación y distancia como argentino permanente.”
De hecho, en un principio la portada de Rock y dictadura iba a estar ilustrada por una foto de León.
Pero como ésta no era la historia de Gieco, se eligió finalmente una más anónima.
“Tan anónima, que tuvimos que hacer un ‘congreso de notables’ hasta descubrir quién es el protagonista de la foto que aparece en el libro”, confiesa Pujol.
Pero aclara: “Finalmente lo descubrimos, es el guitarrista de un grupo llamado Ave Rock.
Pero mejor así, porque lo que importaba es esa postura suya sosteniendo la guitarra, y el público al fondo. Nada más”.