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El hijo de una Madre Atómica
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subir a el rock en argentina. 

Por Karina Micheletto
El guitarrista, que integró aquel ahora mítico grupo con Aznar y el Mono Fontana, cuenta cómo grabó un CD al calor del cacerolazo.
Nehuén sonríe desde las fotos del living de Lito Epumer.
Sus ojos miran grandes desde el último disco del guitarrista.
Sus deditos hacen la V desde otra foto del disco, que lo muestra con pocos días de vida.
Nehuén es el segundo hijo de Lito Epumer, que nació mientras el músico grababa su nuevo disco, llamado... Nehuén.
El término quiere decir “fuerte” en mapuche, porque, explica el músico, “fuerte hay que ser para hacer música en este país, para vivir de la música en este país, para vivir en este país”.
Por eso eligió llamar así a sus recientes creaciones, nacidas al calor de los sucesos post 20 de diciembre.
“Cuando vimos que en la foto había salido haciendo la V, dije ‘esta foto la muestro en algún lado’, no me importa quedar como un padre baboso”, cuenta divertido el guitarrista.
Esta noche a las 22, Epumer presentará su trabajo en la peña La Colorada (Yerbal y Rojas), con varios invitados: su hermana María Gabriela Epumer, Mono Fontana, Javier y Walter Malosetti, entre otros.
Epumer proviene de una tribu ranquel que tiene un puñado de sobrevivientes, en La Pampa.
Por eso llamó a
su sello independiente El Chozno Records: chozno, en mapuche, es el último descendiente vivo.
Por eso, también, decidió que la entrada de hoy sea un alimento no perecedero, a beneficio de la comunidad Witru-che de Castex, La Pampa, “donde mi tatarabuelo andaba haciendo lío”, dice.
Aunque orgulloso de su origen, le hizo pasar más de una vergüenza en la escuela: “El cacique Epumer aparece en Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla.
Pasé la primaria sufriendo porque las maestras me hacían pasar al frente.
Tenían al descendiente de lo que leían, en vivo y en directo, y querían mostrarlo”, recuerda.
La música también es herencia familiar: “Mi abuelo era guitarrista de Agustín Magaldi.
Se puso “Espumer” para disimular lo indio, porque no era muy aceptado el tema.
No pregunte por qué, pero se murió mi abuelo y al poco tiempo empecé a tocar la guitarra”, cuenta.
Además de María Gabriela, su prima Celeste Carballo fue otra de las integrantes de la familia que siguió la camino musical.
En Nehuén, Epumer despliega lo que arriesga a definir como “jazz rioplatense y progresivo”, obligado a dar una conceptualización.
Hay una chacarera de su autoría, una versión de “Candombe para Gardel” de Rubén Rada, una baguala que le dedicó a su hijo mayor, un tema que le dedicó a Luis Alberto Spinetta, otro que grabó con Spinetta Jade hace más de veinte años.
Puede decirse que su música mantiene la búsqueda original de Madre Atómica, la agrupación de jazz rock que fundó con Pedro Aznar y Mono Fontana.
La misma búsqueda con la que Epumer acompañó a artistas como Spinetta, Dino Saluzzi, Horacio Larumbe, Rubén Rada, Hugo y Osvaldo Fattorusso, entre muchos otros: el jazz como base para la creación libre, sin notas abarrotadas para ser virtuoso.
El quinteto se completa con Abel Rogantini en piano, Cristian Judurcha en batería, Yeye López en percusión y el italiano Gustavo Liamgot en acordeón.
–¿Frente a qué cosas tuvo que ser “fuerte” para este disco?
–Uf... Lo empecé en diciembre, pleno cacerolazo.
Liamgot, que viajó especialmente, me preguntaba por teléfono “¿estás seguro?” El veía todo por tele...
Tengo que agradecer a César Silva, que grabó y mezcló en medio del quilombo, y a Pedro Aznar, que lo masterizó.
En un momento como este queda claro que el disco es una suma de voluntades de mucha gente que cree en la expresión de nuestra cultura, pase lo que pase.
Trato de no dejarme vencer, aunque entiendo a muchos artistas que quedan en el camino, porque lassalidas son pocas.
Sobre todo los pibes que empiezan, los compadezco.
Cuando yo era joven la tenía más fácil.
–¿Por qué la tuvo más fácil?
–Lo que pasó con Madre Atómica no se podría repetir hoy.
Un grupo de barrio que empezó como todos, pegando los carteles, un día fue telonero y explotó con el boca a boca.
Yo tenía 18 años, y Pedro y el Mono 12, 13, y estábamos tocando cosas que la gente reconocía.
El último concierto fue en 1975, en el Ateneo.
Hace poco Pedro tocó ahí, y nos juntamos en el mismo lugar.
No lo podíamos creer: tocando juntos, todos con proyectos, vivos y enteros...
El tiempo nos trató bien.
O nosotros lo tratamos bien a él.
–¿Qué cosas cambiaron de Madre Atómica en adelante?
–Creo que no hubo grandes cambios.
Conservo el espíritu de amateurismo, las ganas de tocar y aprender, investigar.
Aprendí mucho acompañando al Flaco, Celeste, Alfredo Casero, Lito Vitale, Rada, son privilegios artísticos.
Admiro a Spinetta desde la adolescencia, el tipo con dignidad que defiende valores, no transa, no va detrás del marketing.
Representa lo que tiene que ser un artista, alejado de lo complaciente.
Por eso tiene un público incondicional, a pesar de que en muchos shows vi momentos durísimos, la gente pidiéndole temas viejos y el tipo nada, haciendo sólo lo nuevo...
–¿Y ustedes qué le decían?
–También le pedíamos que hiciera algo viejo, a veces.
Le decíamos “Dale, uno solo, ‘Ana no duerme’”.
Quería darme el gusto de tocar los temas que siempre había admirado.
Uno es humano...