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La vida es como una sucesión de flashes
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subir a el rock en argentina. 

por Cristian Vitale
Juanse, Sarcófago y el Zorrito Quintiero explican la vigencia de una banda que superó ya las barreras generacionales del rocanrol.
Hablan de Spinetta, de Charly, de Pappo, reivindican el rock chabón y hasta revelan conexiones místicas.
Juanse está tranquilo, verborrágico y sociable.
Quiere decir que los astros confluyen para bien.
Da la sensación de que puede estar hablando horas y horas de todo y de todos, sin que ninguna pregunta lo perturbe.
Sarcófago y el Zorrito Von Quintiero –Roy, el crédito de Mataderos, huyó despavorido después de la foto– participan de la nota con atajos verbales casi onomatopéyicos, sobre todo Sarco.
Se limitan a escucharlo o apuntalar detalles cuando Juanse lagunea.
Serán varias veces: por ejemplo, al tirar un concepto que define el estado actual de la banda.
“Sabés, loco, hoy Ratones es como una cofradía”, dice y se queda ahí, tomando jugo de naranja en tetra, mientras piensa.
Quintiero ve que es momento de salir al cruce y redondea.
“Acabamos de vivir una experiencia tremenda.
Fuimos a ver a Gabriel Ruiz Díaz al hospital y como nuestros hijos no podían ir, se
quedaron zapando en casa.
Para mí la vida es como una sucesión de flashes.
Uno es pendejo, se hace grande, después padre y ahora ve a sus hijos tocando juntos.”
Juanse lo toma y sale de la laguna.
En cierta manera, Ratones Paranoicos es como una cofradía, porque funciona en ellos esa cosa de clan que enlaza generaciones.
Tantos años de rock, vampirismo y descontrol –20 redondos, que festejan mañana en All Boys– tal vez impidan ver que también son padres de familia, que a veces se levantan temprano o van de compras.
Entre los cuatro tienen ocho hijos –dos cada uno–.
Los más grandes son Dalan de Juanse y Valentín de Sarco –que tienen 12– y las más chicas, Nina, del Zorrito, y Ceila, hermana de Valentín.
“Vas a estar siete días describiendo nuestras familias”, bromea Juanse.
Suma: pasaron dos décadas y no sólo de graffitis iniciáticos en las calles de Devoto, mil y una noches de open tunings, sexo y drogas, hitos rolingstoneros, trabazones afectivo-estéticas (Andrew Oldham, Pappo, Mick Taylor, Al Kooper, 17 discos) o el cenit como banca de los Stones ante 350 mil personas en River.
Un nada despreciable ciclo de emociones, que coronó el oro recibido por el último disco: Girando.
–¿Cómo se sigue después de haber vivido casi todo?
Juanse: –Aplicando el concepto de cofradía.
Ya hicimos lo que pensábamos desde el punto de vista de estructura musical británica.
Ahora viene una etapa más conceptual... algo así como el Exile on Main Street de los Ratones, en el que cada uno trae una propuesta en su cabeza.
Está bueno, porque me alivia la responsabilidad de hacerme cargo de muchas cosas estéticas.
Estamos en un momento en el que la participación colectiva juega un papel importante.
–Sobran dedos de la mano para contar una banda argentina que haya persistido 20 años y cambiado una sola vez de integrantes: el Zorrito por Pablo Memi.
J.: –Bueno... fue algo natural, motivado por circunstancias que no viene al caso comentar.
Estamos acá hablando
con vos por la labor de todos, pero también por el ímpetu que puso Pablo en los momentos iniciales, como integrante fuera de lo común desde el bajo.
El Zorrito, por suerte, se adaptó bien a un instrumento que no era el suyo.
Es el primer gran “trava” del rock argentino (risas).
Fabián Quintiero: –Creo que la conexión es básicamente afectiva.
Yo era fan de la banda.
Los iba a ver y me colaba en los camarines para hablar con ellos.
Era un gran plan.
No siempre se da algo así: cambiar totalmente la película y reemplazar a un bajista histórico.
–Fueron momentos de crisis cuando movieron el tablero. Juanse grabó el único disco solista (Expreso Bongo) y la separación parecía un hecho. ¿Cómo la superaron?
J.: –Porque fue una crisis más estética que personal.
Sería ilógico que todos pensáramos igual.
El cambio nos vino bien, porque demostró que teníamos intención de voto dentro del movimiento.
El Zorro tomó la decisión de entrar viniendo de una carrera importante: Charly en su mejor momento, Soda.
Y ya en el primer Obras con él fue recibido con cariño por la gente.
Todo el mundo lo respeta y cocina muy bien, aparte.
–¿Tan bien como Spinetta?
J.: –Nooooooo. El Flaco es un tema aparte, sobre todo en gastronomía.
La mejor pizza que te pueden hacer en tu vida la hace él.
Mientras amasa, te habla de música y te hace sentir como un príncipe.
El es único en el mundo.
¿Viste lo que es Pan, su último disco?
Es tan grosso que no tiene explicación.
Yo tuve la suerte de escuchar los temas en los ensayos: son brillantes.
El link spinetteano lo lleva directo a San Cristóforo, último disco power del Flaco, que incluye su tema Sucia estrella.
“Aún emociona.
Es muy difícil aprender de él, pero sentir un poco su varita en uno es terrible.”
–Ustedes le devolvieron la gentileza en Electroshock, con Me gusta ese tajo.
J.: –Tema determinante para El rock del pedazo... no veo ninguna diferencia entre ambos.
Indudablemente, siempre estuvo en mi subconsciente.
–¿Siempre fue fan de Luis?
J.: –¿Cómo no serlo después de escuchar Viejos ratones del tiempo?, una maravilla de canción.
O La azafata del tren fantasma.
Me acuerdo de cuando tenía 12 años: era un enfermo del Flaco.
Estaba una semana sin dormir cuando se aproximaba algún recital de Invisible.
Nunca me voy a olvidar de uno en el Luna Park.
Me metí entre las butacas para ir a saludarlo y quedé atrapado en una de ellas... el Flaco estaba hablando con un chabón, me vio, se metió entre las butacas y me sacó.
Es lo mismo que despertarte una mañana y enterarte de que hay un disco suyo con un tema de los Ratones.
Arengado Juanse con Spinetta, el Zorrito intenta aportar algo sobre Charly, pero el cantante interfiere: “Yendo de la cama al living es magia pura.
Realmente, en nuestro rock tenemos una base para no envidiar a nadie”.
–¿Y cómo funciona el retorno de ustedes?
J.: –Hay una transmisión.
Con Charly nos hemos peleado y amigado un montón de veces, pero en el fondo está esa humildad de la que no hablan los medios.
Charly se hace la estrella, pero no es así.
Sarcófago: –Pappo venía a zapar con nosotros antes de que fuéramos Ratones en la sala de Devoto.
J.: –Ellos se peleaban siempre.
Pappo le decía: “Vos arruinaste todo”.
Y Charly le respondía: “Vos también cuando hiciste tal cosa”.
Pero las convivencias hoteleras eran distintas.
Una vez, Charly se quedó dormido en un placard y no lo encontrábamos por ningún lado.
Cuando lo encontramos, no se sentía muy bien.
Estaba quemado.
Ver la imagen de Pappo teniéndole la taza de té al lado de la cama y diciéndole “sos un boludo”, como si fuera la mamá, era como ver a Drácula cuidando a Frankenstein.
Muy fuerte. ¡Y nosotros estábamos ahí!
Juanse atesora varias de estas situaciones grotescas y de entrecasa.
También otras más artísticas, como la que surgió cuando Charly lo invitó a grabar La sal no sala en 1994.
“Me mandó una limusina con chofer, un par de chicas y todo para ir a los estudios ION.
Cuando llegué, atravesé un pasillo ambientado por Pampín (Eddy, el iluminador) y caminé hasta el micrófono.
Las bases estaban sonando y del otro lado, Charly.
Fue un flash.
Yo metí la parte que él me indicaba, ¡y el tipo terminó de componer el tema mientras grababa!” El Zorro, que en esa época tocaba para García, estaba ahí grabando La hija de la lágrima.
“Me acuerdo de que sólo tenía la frase ‘acá la sal no sala y el azúcar no endulza’, que había traído de Nueva York.
De ahí sacó todo el cuento.
” Quintiero, a quien no puede incluirse en el furcio de Juanse sobre el rock nacional (ver recuadro),reconoce que bebieron de él en los ’70, empezaron en los ’80, triunfaron en los ’90, “y en el 2000 nos juntamos con bandas que matan”.