Estamos trabajando en la nueva versión del sitio, enterate como participar.



Pink Floyd, el lado oscuro del hippismo
 Vistas desde creación:3280
 Vistas desde último cambio:2729
 Vistas este mes:3267
 Vistas este año:3280
subir a armonía y música. 

por Pablo Schanton - de la Redacción de Clarín
A 30 años de The dark side of the moon de Pink Floyd
El 24 de marzo de 1973 salió en Inglaterra el disco más vendido de Floyd.
Fue una de las obras cumbres del rock de los 70, un testamento de la cultura hippie y una sátira en contra de lo material.

¿Locura o aburguesamiento? ¿Autismo o sistema? ¿Daño cerebral o dinero?
Tales las cuestiones que The
Dark Side of the Moon tematizó ante la cultura joven hace ya treinta años contando desde el día de su aparición en Inglaterra, el 24 de marzo de 1973.
El álbum —cuarto entre los más vendidos de la historia del pop detrás de Thriller (Michael Jackson), Saturday Night Fever Soundtrack y Rumors (Fleetwood Mac) y todavía número 1 en el catálogo de cds del sello EMI — es todo un documento sobre cómo los ideales de la contracultura se enfrentaron al principo de realidad en los 70.
Termina por demostrar que los ingleses Pink Floyd se ubicaban en el centro del rock para definir la metereología musical e ideológica del post-hippismo y la post-psicodelia.
Su función era más la de despedir una época y un proyecto cultural superando nostalgias que la de inaugurar una nueva era (el sinfonismo inglés le debe mucho más a Yes y a Genesis, mientras que el rock progresivo tenía a Soft Machine y a King Crimson, entre otros menos conocidos, como verdaderos exploradores).
La frase "desesperación tranquila", contenida en la canción Time, precisa la sensación que rige el octavo álbum de los Floyd. El compositor y letrista Roger Waters cumplía 29 años y el paso del tiempo le pesaba personalmente.
A esto hay que agregarle la creciente psicosis de su amigo, fundador (en 1965) y ex miembro de la banda, Syd Barrett.
Y, sobre todo, el modo en que la banda iba aceptando cada paso que el mercado le proponía.
The Dark Side ... es el artefacto ideal para el ex hippie de treinta años que había decidido convertirse en un buen consumidor de cultura.
El enigmático arte del disco (sin el nombre de la banda a la vista) confirmaba que existía un público para el cual el marketing pasaba por lo "arty" y lo "conceptual".
Pero vayamos al tema de la locura.
Waters encarnará en Syd —el "lunático" que protagoniza la canción Brain Damage— el modelo inmediato de aquellos kamikazes de la psicodelia de los 60, a quienes el paraíso artificial del LSD y la vida al extremo se les transformaría en un infierno terminal (para entonces, ya habían muerto Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Jim Morrison).
En la psicología del Waters letrista, Syd representa la moraleja viviente de cómo la psicodelia se paga con la lucidez.
A pesar de lo que parezca, The Dark Side no es un disco inspirado por las drogas.
Su construcción cuenta con un control absoluto en el estudio de grabación (el ingeniero de sonido Alan Parsons tuvo mucho que ver en esto).
"Después de que Syd se fue, el LSD ya no estaba dentro de nuestro menú.
Roger y Nick (Mason, baterista) tendían más al alcohol, mientras que Rick (Wright, tecladista) y yo a veces fumábamos marihuana", declaró el guitarrista Dave Gilmour a la revista Mojo en 1998.
"La diferencia entre la época de Barrett y la posterior es la diferencia entre el delirio visionario de un artista que se vuelve loco y las observaciones sobre la locura de gente sana", escribió Nicholas Schaeffner.
Ahora, el dinero.
El track Money desarrollaba las líneas insinuadas en Cymbaline (More, 69) donde se oía "Tu manager y tu agente están en el teléfono/ vendiéndoles fotografías de colores a las revistas".
Esta temática (la "transa", el sell out en inglés) tendrá mayor desarrollo en Welcome to the Machine y Have a Cigar (parte del solemne Wish You Were Here, 1975, o The Dark Side parte 2) y toca su punto máximo en el momento en que Pink se transforma en un Führer Pop en The Wall.
Pero he aquí el callejón cínico de la ética de Waters y de toda una generación contracultural.
En Money, el guitarrista Dave Gilmour después de rogarle al Sr. Dinero que se vaya porque el "caviar y los autos" no importan, canta "Estoy viajando en primera clase con alta fidelidad".
La canción se volvería un hit y les reportaría ganancias a los Floyd.
Confiesa el tecladista Rick Wright a la revista Mojo en 1995: "Después del disco, nos llenamos de plata y yo me compré una casa en el campo.
Roger se sentó y me dijo 'No lo puedo creer, te vendiste'.
Seis meses más tarde, fue y se compró una casa más grande que la mía en el campo."
El álbum, grabado en Abbey Road en 16 novedosos canales y en parte con Dolby System, fue por años usado para probar equipos de audio Hi Fi.
"Fue el primer disco de rock que la gente compraba no por sus afinidades con la música, sino, como pasaba con los televisores a color, porque era un símbolo de participación cultural.
Así el rock y la estética progresiva
se volvían meras mercaderías, inevitablemente.", escribió el teórico Paul Stump.
Ese año, los King Crimson de Fripp compartían el diagnóstico en Easy Money (de su excelente Lark's Tongue in Aspic) al tiempo que Yes editaba un doble demasiado pretencioso y poco sustancial como Tales of Topographic Oceans que aporta un síntoma a la decadencia del sinfonismo.
The Dark Side of The Moon se acerca peligrosamente a dos adjetivos que empezaría a llevar el rock por esos días: "pomp" (pomposo) y "soft" (suave), tanto por su tendencia a los crescendos épicos como por su posibilidad de ser radiado en FMs.
El montaje del disco, su "viaje", que incluye sonidos del entorno urbano y efectos especiales varios, es magistral en cuanto a distribución de energía, a dinámica.
Los Floyd no son los Beatles: lo suyo no son las "canciones perfectas".
Y menos, el virtuosismo.
Es estratégico el modo en que disponen de dos significantes de "negritud" y "libertad".
Uno es el grito gospel de mujer negra (el orgasmo de la blanca Clare Torry en The Great Gig in The Sky, después de ser utilizada como fondo de strip teases en Amsterdam, pasó a la historia).
El otro, el solo "sacado" de saxo, justo cuando es necesario llegar al climax porque la información musical no basta o el tedio amenaza.
En 1973, Waters apostaba a la responsabilidad individual como ética.
Como ya lo preanunciaban en la extensa pieza Echoes(71), cuando el sueño colectivo del hippismo se terminó, sólo quedaban el intimismo y los juegos de la mente personales, tal como tanta metáfora insular en el rock de entonces lo documentan (los Crimson de Islands o Exiles, por ejemplo).
Pronto, The Dark Side of the Moon se convirtió en un álbum para escuchar con buenos auriculares y cerrar los ojos tirado en la cama.
Si existe una imagen más alejada de los chicos y las chicas bailando desnudos en Woodstock, es ésta.