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Walter Malosetti: Siempre hay que dejarse influenciar
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Walter Malosetti: Siempre hay que dejarse influenciar
por Gabriela Saidon - Diario Clarín - Sábado 07.01.2006
El guitarrista fue elegido Figura del Jazz en los Premios Clarín Espectáculos 2005. A los 74 años, repasa sus orígenes, reconoce sus influencias, habla de cómo hizo escuela y explica el actual boom del jazz.
No imaginaba, Walter Malosetti, que un buen día iba a convertirse en un referente del jazz. No lo imaginaba cuando
su padre ferroviario le regaló, en 1948, su primera guitarra, ni cuando su madre le acortaba los pantalones heredados para que el adolescente de 13 años fuera a los bailes a escuchar a su ídolo, Oscar Alemán. Ni tampoco cuando su hermano Pedro, guitarrista y luthier, lo hacía acompañarlo, rasgueando acordes de folclore.
A los 74 años (nació el 3 de junio de 1931), el hombre tiene bien ganado su lugar: una película cuenta su vida, Solo de guitarra (Daniel Gagliano, 2004), y no hay casi músico de jazz en la Argentina que no esté asociado de alguna manera a él, ya sea por haber sido alumno de su escuela, o por haber compartido escenario o la grabación de algunos de sus discos.
La estatuilla de Figura del Jazz 2005 que le otorgó Clarín preside su sector de premios: una mesita en un rincón de su departamento de dos ambientes, donde, en un desorden de, como dice, "caballero", vive solo, rodeado de guitarras y collages de fotos familiares: allí están sus hijos Laura, que vive en España, Javier, contrabajista de jazz, sus nietos, su mujer, ya fallecida, Graciela, y también su actual pareja, Sara, 62 años, además de las imágenes que registran su reciente visita a los Estados Unidos.
El Premio Clarín Espectáculos convive con un león de bronce del Club de Leones de Palomar, la localidad donde este cordobés pasó su adolescencia, así como un diploma que le otorgaron sus ex compañeros de primaria de la escuela de San Patricio (una estación cercana a Chacabuco), en un homenaje donde "me costaba no llorar".
Y no podía faltar, en la biblioteca de un jazzero que se precie de tal, un ejemplar de El perseguidor, el cuento de Julio Cortázar sobre Charlie Parker. Junto a él, Jazz al Sur. Historia de la música negra en la Argentina, de Sergio Pujol (2004). En una de las páginas marcadas se lee: "En Swing 39, el violín de (Héctor) López Furst empalmó perfectamente con la guitarra de Walter Malosetti, que en esta historia vendría a ser algo así como el heredero de Oscar Alemán. Pero.... Malosetti se estableció enseguida como un guitarrista instrumental amplio... un músico elegante y de muchos matices, capaz de salir a escena con un sonido pequeño y a los pocos minutos tener a todos pendientes de su guitarra apenas eléctrica."
Malosetti es, además, un hombre de conceptos: "En música no hay que robar, siempre hay que dejar influenciarse —dice—. Yo he tenido gran influencia de Django Reinhardt, de Oscar Alemán, y de músicos más modernos".
¿Qué otros músicos lo influenciaron?
Yo me estanqué —aunque no lo considero
estancamiento, sino aprovechar para perfeccionarme—, por los años 50/60. Hay una camada de guitarristas como Wes Montgomery, Jim Hall, Barney Kessell... Ellos llevaron al máximo la guitarra del jazz. Y el que incorporó el equipo eléctrico: Charlie Christian, el creador del jazz moderno en la guitarra. Pero el que me enamoró no es un virtuoso del instrumento: Jim Hall.
Jim Hall le compuso un tema: "Blues para Walter".
Sí, fue un ejercicio que yo le pedí. Fue por los años 50. Yo tocaba con Baby López Furst en un boliche que se llamaba Jamaica. Jim Hall vino con un contrato... y le gustó una chica del bar.
Era un bar de copas.
Sí, en la zona del puerto. Imaginate la ingenuidad que teníamos en esa época que yo tardé una semana en darme cuenta de que eran coperas. Cuando las veía repetidas, decía: 'a esa chica la vi ayer'. Y Jim Hall se enganchó con una rubia fea. Cuando terminaba de tocar donde estaba contratado se venía corriendo a tocar con Baby y conmigo. Un día le pedí un ejercicio, porque yo estaba en las nubes con respecto al conocimiento del jazz, no había libros, no había nada. Muchos años después él vino y tocó con Baby y con Javier en bajo. Yo había grabado el blues de él en un disco de Melopea —All of me (Todo de mí)—, y se lo regalé. Ese blues no es un clásico tipo Pappo (sin desmerecer, porque Pappo era un genio), pero tenía una melodía compleja.
¿Cómo surgió su interés por el jazz? ¿En su casa qué se escuchaba?
A mi papá le gustaba la música folclórica, las vidalitas, zambas. El tocaba un poquito, esbozaba un valsesito que nunca terminó. Y mi hermano mayor, Pedro, que después fue luthier, sí tocaba muy bien. Y me tenía de acompañante. Yo empecé con el jazz y ahí empe zaron las tensiones, pero tensiones buenas. De los cinco hermanos, cuatro varones y una mujer, éramos los más compinches. Cuando hacía una guitarra nueva venía corriendo a mi casa para que yo la viera.

Entonces Malosetti se levanta, busca una guitarra hecha por su hermano Pedro y rasguea unos acordes folclóricos. Antes ha estado gastando las cuerdas de la guitarra que le regaló su padre en el 48, y luego muestra orgulloso su Gibson del 75.

¿En Argentina al jazz le faltó un anclaje en lo nacional, a diferencia del rock?

La influencia de grupos extranjeros siempre estuvo, tanto en rock como en jazz. El famoso "rock nacional" es un título y nada más. Los músicos que iban surgiendo hacia los 70, como Charly García o Spinetta, también eran influenciados por músicos extranjeros. Lo que pasa es que al jazz siempre se lo relaciona con "Yanquilandia". Pero New Orleans, donde nació el jazz, era totalmente francesa, y los negros eran africanos y habían estado en Latinoamérica, donde iban a comprarlos los hacendados, entonces tienen su base latina. Además, cuando la persecución era muy fuerte, muchos se fueron a Francia, un país muy ligado al jazz. Acá teníamos a Oscar Alemán, que tiene su lugar entre los creadores del jazz, y era un negro chaqueño. A mí me asombraba su swing. Me rompía
la cabeza. Tuve la suerte de intervenir con él.
Ahí se larga su carrera.
Me hago amigo de músicos buenos, como los hermanos López Furst, Baby, Héctor y Carlos, y Baby era sorprendente porque sacaba todos los temas de oído. Hice Swing 39 después de tocar en bandas de jazz tradicional, no me gustaba tocar en esas bandas, porque la guitarra tiene solo una función rítmica. Y en un asado con Héctor Basso, contrabajista, un clarinetista (Carlos Acosta), hicimos un trío, y le pusimos una guitarra rítmica (Ricardo Pellican). Hemos tocado temporadas en Michelangelo, ahí estaban Pugliese, Raúl Lavié... Después entramos en la época del militarismo. Supongo que al ser un conjunto que no tenía letra, no había canto de protesta ni nada, entonces recorríamos todo el país. Grabamos seis larga duración, y ahí fui invitado a grabar con David Lebón, a la orquesta de Malvicino, a hacer música de fondo de películas con Lalo Schifrin.
¿Cómo fue la experiencia con un rockero como Lebón?.
Grabé en su primer LP, y no figuro porque no había ficha técnica. Yo tenía ya la escuela en esa época, eran los 70. En un artículo sale el comentario del disco de David, donde yo hago el solo de guitarra de un blues, Copado por el Diablo. Y habla de "un oscuro guitarrista". Pero después empieza a elogiar el "sabor de un blusero"... ellos manejaban el gusto de los pibes. Y eso me trajo un montón de alumnos a la escuela, que me decían: "no quiero estudiar jazz, quiero tocar blues". "Sí, sí —decía yo—, pero de paso te doy una lección: blues es jazz también".
Leopoldo Federico dijo que él nunca hizo escuela porque no sabe enseñar ni tuvo tiempo de hacerlo. En cambio usted siempre se lo propuso.
Yo me puse a enseñar guitarra porque unas madres querían que sus hijos estudiaran. Y me gustó. Además, ya estaba casado y se me complicaba ir a trabajar los sábados y domingos, o esperar a que me llamen. Descubrí que transmitir conocimiento te da placer y te confirma cosas que ya sabías. Entonces me fui a estudiar con una concertista, Irma Constanzo, que es extraordinaria. Ella me respetaba mucho. "Walter —me decía. Qué vago que es usted". Tenía que leer de una semana para la otra una obra clásica de cinco páginas... y me costaba. Pero eso no me acomplejó, conocía mis debilidades y admiro siempre a otros. Después, en 1961, puse mi escuela, en Virrey Ceballos y México, en una casona que había sido de mi hermano, con un pasillo al que dan varias habitaciones, y arriba tenía su "osera" Javier.
Nombre alumnos suyos que hoy están tocando.
Valentino, Botafogo, Armando Alonso... Hasta Colacho Brizuela estudió conmigo. Cada vez que nos encontramos me grita "¡Maestro!". Yo digo: "¡no me ridiculicés!" Porque yo lo admiro a él.
La elección musical de Javier, ¿estuvo muy condicionada por usted?
No, la elección fue de él, influenciado por mí, su tío, mi señora, que tenía una afinación perfecta. Hereda mi sensibilidad, mi pasión por la música, pero también esa oreja y memoria de la madre.
Su hijo Javier pertenece a una nueva generación de jazzeros, que protagonizan un verdadero boom del jazz.
Sí, es algo que se ve desde hace algunos años, en Buenos Aires y el interior. No solo hay muchos músicos, sino que el público lo pide. La cultura musical se elevó mucho. Pero también influyó aquella camada del rock
argentino de Charly García, Spinetta, Pappo. El rock, el blues están muy ligados al jazz. Y los pibes se dan cuenta de que el jazz deriva del blues.
¿Por qué cerró la escuela?
Menemismo... Se produce la apertura del mercado, se inunda la plaza de productos importados. Mis alumnos laburaban en fábricas, se quedaron sin trabajo y se fueron todos. Tuvimos que dejar la casa. Nos fuimos a Flores y después alquilé un departamento en Almagro. Graciela, mi mujer, se enfermó y se complicó. Ahora ya no tengo la paciencia para enseñar.
Lo dice su hijo: la guitarra no se mancha
Por Javier Malosetti
El viejo (perdón pero estoy muy acostumbrado a referirme a él de este modo y no puedo hacerlo de otra manera, aún dentro de la formalidad de esta ocasión) es a la vez mi viejo y mi tipo de músico preferido, Alguien que no manchó la verdadera pasión por su música como tantos otros de nosotros, haciendo aquellos trabajos de músico profesional, como jingles de publicidad o acompañando algún solista del cual lo único que interesa es el cachet que nos paga. Alguien que abrazó la enseñanza de su instrumento con tanto amor durante lo que creo habrán sido unos cuarenta años, contando entre sus discípulos a los más destacados guitarristas de diversas generaciones. Uno de los artistas con menos divismo y más humildad que existe en el mundo.
El viejo nos refriega su humor y su energía de adolescente a los viejos que no podemos creer como puede ser que tenga setenta y pico, su fuerte imagen —una imagen que amo— parado con su viola eléctrica colgada y su pelo blanco bluseando a través de los años para su legión de jóvenes seguidores es algo que lo convierte en mi héroe musical. El viejo es a la vez mi viejo, mi orgullo, mi amor y mi socio. ¡AGUANTE VIEJO!

En 2001, luego de la muerte de su mujer y luego de seis años de silencio discográfico, Malosetti grabó un tributo junto con su hijo Javier: Grama.
El disco "Grama", ¿lo pensó como un homenaje a su mujer?
Grama es Graciela Malosetti. Y el disco lo grabamos con Javier y un saxo tenor (Enrique Varela) en 2001, cuando ella ya estaba enferma y tenían que hacerle diálisis, como un homenaje, sí. Después vino Relax, que tiene dúos de Javier y míos y otros temas en trío o quinteto (con Mariano Otero, Santiago de Francisco, Ramiro Pernovi y Pepi Taveira). Incluso en un tema Javier también toca la guitarra (hacia fines de los 90 Malosetti formó un trío con su hijo Javier y el baterista Pepi Taveira)
¿Y ahora qué sigue?
Ahora estoy grabando un nuevo disco, pero me voy a tomar mi tiempo, saldrá a mediados de año. Lo voy a dedicar en principio a mi hermano, el luthier. Sus iniciales son PALM (Pedro Alfredo Lucas Malosetti), así que tal vez le pongo de título "Palm 2005".
¿Su hermano tenía tres nombres? ¿Y usted?
Walter R. Malosetti.
¿R?
Rufino... ¿¡cómo me voy a llamar Rufino!? (risas) Por eso siempre, hasta en la escuela, firmé Walter R. Malosetti.