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El rock argentino se parece a la mala televisión
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por Nicolás Artusi
El ganador absoluto en la encuesta del Si! (más de 30.000 votos) repasa el año en que el rock nacional se miró el ombligo.

"El rock argentino se parece a la mala televisión"


Ah, sí? ¿Le gané a Calamaro? Pegando en el palo, me imagino...": con metáfora futbolera, Gustavo Cerati reacciona ante el último Boca-River del campeonato rockero nacional, ahora que el cronista le anuncia oficialmente sus títulos como mejor Solista, Disco, Tema y Video en La Encuesta del Sí! y un cuarto pero dignísimo puesto en la categoría Sex symbol, que lo pondrá sólo debajo de Johnny Depp, Brad Pitt y Homero Simpson (?), y que provocará la confesión impensada para el rockstar coqueto: "¡Me siento más cerca de Homero!". Cerati acumula medallas en encuestas, resúmenes y balances del año en que se insinuó otro dilema nacional ("Cerati o Calamaro"), en el
que una trombosis lo convirtió en "una bomba de tiempo" (sic) y en el que si hubiera que elegir un solo motivo por el que su disco Ahí vamos estaría destinado a ser un clásico, ese motivo sería la frase que ya es lema de la cultura pop: "¿Qué otra cosa puedo hacer?".

—Y sí, tengo un destino de hacedor de frases que quedan en el uso popular. Obviamente, ninguna de estas frases me pertenecen, ni siquiera "gracias totales". "¿Qué otra cosa...?" es lo que sale de esa canción (Crimen) como la emoción más sincera".

—Hasta puede ser lema de la impotencia nacional o del chanta argentino...
—Sirve para cualquier cosa: aceptar que no puedo controlarlo todo es un aprendizaje para mí.

¿Al fin sucede? Si es cierto que "se estaba instalando una idea de que lo que yo hacía era 'snobista'", Cerati recién ahora siente el abrazo popular. "Me decían: 'A ver si lo tuyo es tan bueno como lo que hiciste con Soda', 'a ver si pertenecés al Parnaso de los solistas', todas esas pelotudeces que escuché por ahí. Yo seguí caminando solito y lo que valió fue el peso de mi música. Por supuesto que me molesta que no sea bien considerado lo que vengo haciendo, pero por ahí es una forma de equilibrar mi ego".

—¿Existe el "Parnaso de los solistas"?
—Creo que eso lo inventó el Sí!, yo sólo lo cité...

—Si existe, ¿con vos y Calamaro puede repetirse ahí aquella dicotomía del Gran Solista Nacional, como alguna vez fue Charly vs. Spinetta?
—Bueno, si buscás diferencias, hay muchas entre lo que hace Andrés y lo que yo hago. El tiene una forma más dylaniana... y yo no soy dylaniano. Este año hubo un subraye importante de los letristas y lo mío, aunque tiene letra, pone el acento en lo musical. Yo dialogo más musicalmente y él, con las palabras. Además de las diferencias naturales que tenemos como artistas y personas, no encuentro una dicotomía real.

—¿A qué responde el bajo nivel de productividad del rock argentino, con músicos que ofrecen diez canciones nuevas cada cuatro años?
—¿Será que el negocio ya no está en grabar discos? Los músicos están más interesados en tocar, tocar y tocar. Pero la pregunta es: ¿cuántas veces te pueden vender el mismo show? Es una guachada cobrarte la entrada y hacer cinco Luna Park en un año para tocar siempre la misma cosa. Supongo que los reconocimientos a Calamaro tienen que ver con que hizo mucho en un año y eso llama la atención. Lo de los demás es pura haraganería de los músicos y una cuestión comercial.

—¿Tendrá que ver con el ego de los artistas, que quieren que todos coreen sus canciones? Otra cosa que definió el año rockero fue el autohomenaje...
—Lo que pasa es que el rock argentino se parece a la mala televisión. El rock dice que no tiene nada que ver con el refrito eterno de la TV, y trata de sostener una bandera de contracultura, pero si la TV vive comiendo mierda de sí misma, al rock le pasa lo mismo. Eso me parece patético. Hoy en día, te encajan en la radio, te pasan mil veces y ya está: tenés que durar un tiempo y hay fórmulas para ello. Ojo: algunos homenajes son reales, sentidos. Yo mismo participé en lo que hizo Lito Vitale... ¿cómo se llama el disco?

—"Escúchame entre el ruido".
—¡Pero me tuvieron que empujar casi con pistola para hacerlo!

—¿Es cierto que te habían ofrecido cantar "Ji ji ji" en ese disco?
—Lito tenía esa idea. Y me dijo que lo iba a tratar de convencer al Indio Solari para que él cante una canción de Soda Stereo. Le dije: "Bueno, avisame si ocurre tal cosa porque si no me
gustaría elegir un tema a mí". Al final, terminé cantando Los libros de la buena memoria, de Spinetta.

—¿Pero habrías cantado "Ji ji ji"?
—Ehhh... no sé... tendría que haber probado. Lo de Soda y los Redondos es una cuestión sociológica: es interesante para muchos, ya no para mí. Ji ji ji no es una canción que elegiría, pero podría haber sido algo simbólico, aunque lo interesante habría sido un replique del otro lado.

—¿Qué canción de Soda podría haber hecho el Indio?
—(Silencio. Largo). No sé si habrá alguna que le pueda caber.

—¿Es imaginable una reunión cumbre Solari-Cerati, tantos años después?
—No tengo ningún problema porque no tengo animosidad contra el Indio. Pero no sé qué compartimos. Alguna vez, él dijo: "Posiblemente tenga más cosas en común con Cerati que con el carnicero". Y tal vez sea verdad, somos músicos y no creo que estemos tan distantes.

—En una entrevista con la Rolling Stone confesaste que en la época de "Signos" estabas tomando mucho, y Dargelos dijo: "Ya no hay músicos de rock drogadictos, sólo nosotros". Teniendo en cuenta que Macri se ofreció a pagarle la desintoxicación a Pity, ¿el rock se volvió más careta?
—El rock nacional es muchísimo más careta. De chico, sentí una pertenencia con el rock como contracultura y ahora me impresiona lo hipócrita que puede llegar a ser este mundillo. He conocido músicos que me dijeron: "No puedo reconocer que me gusta lo que vos hacés, porque si no me odia mi público". Todo el mundo está cuidando su quintita y relacionándose de una forma que le resulte conveniente. El mundo se volvió más facho y eso hay que combatirlo, porque es ir en contra del disfrute.

—¿El rock quedó más del lado de la mercancía que de la contracultura?
—¡Absolutamente! Dargelos dice aquello sólo para agitar un poco, es una postura mediática. Cuesta mucho creerle a la gente, todo está pensado para producir un efecto. No hace falta ser tan "honestos" todo el tiempo pero tampoco lo otro: vivir con una careta.