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Por Hernán Ferreirós


“En los últimos años bajó todo, hasta el nivel de alimentación.
Las cabezas de las personas han sido lobotomizadas...
Menem y todo lo que vino después fue abrasivo.
Me parece que a la gente se le da siempre la misma caca reciclada.”
Gustavo Cerat
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Desde la separación de Soda Stereo, la carrera solista de Gustavo Cerati ha estado bajo la severa lupa de la expectativa. Durante más de diez años, él la ha esquivado moviéndose por aguas musicales que lo alejaban del éxito masivo. Pero ahora, con la salida de Ahí vamos parece haber vuelto a los viejos amigos, los amplificadores, las guitarras y su talento para el hit. Sin embargo, Cerati desmiente todo rumor de regreso al pasado. Y además, habla de Cromañón, Chabán, el karma de ser cheto, el rock barrial, la mística perdida y las bandas que parecen noticieros.
Gustavo Cerati lo expresa gráficamente: “Hay gente a la que le caigo bien y hay gente a la que le caigo para el orto y no hay nada que pueda hacer al respecto”.
La aparición más o menos reciente y sin una justificación evidente de stencils con su cara y el título “viejo choto” parecen
darle la razón.
¿Por qué Cerati, que claramente no es el músico más viejo, ni está cerca de ser quien hace la música más fechada del rock nacional, puede ser un “viejo choto”? El intenta una respuesta: “Tal vez, por querer ser exactamente lo contrario.
En algún momento me empezaron a poner en el lugar del tipo que está siempre en contacto con lo más nuevo y quizás haya gente que considera que eso es algo ofensivo”.
En efecto, a lo largo de la carrera de Soda Stereo y en diversos proyectos solistas, Cerati siempre encarnó el costado más visible de lo novedoso en el rock argentino.
Para algunos, su persecución de la actualidad musical sólo puede ser vista como la saludable necesidad de cambiar y renovarse, y para otros, será la pretensión de querer ser algo que no se es, una pose, una máscara, ¿una careta? Sentado en los confortables sillones de una de las salas de su estudio, Unísono, el ex Soda Stereo contesta con serenidad cualquier pregunta, pero sólo se vuelve verborrágico, sólo habla sin freno cuando la conversación deriva hacia este tema, que expresa uno de los clásicos antagonismos del rock nacional: los chetos contra los de barrio, Cerati, el “careta”, contra los otros, los “auténticos”, los que se hicieron de abajo.
Si los detractores de Cerati ingresaran a Unísono, encontrarían en la elegante arquitectura del lugar, en su mobiliario de diseño, en el Mini Cooper gris estacionado en la amplia cochera, nuevas evidencias para sostener su juicio.
En las caprichosas lealtades del rock, que el veterano Iggy Pop, por ejemplo, viva en una mansión de Miami, vuele sólo en primera o viaje en limusina es visto como divina decadencia rockera, porque Iggy ya sacó su carnet vitalicio de rocker “auténtico” durante su rosario de exceso de los ’70.
Pero no hay muchos que gocen de ese privilegio.
La deriva del gusto desembocó en que hoy una gran parte del público del rock argentino prefiera que el músico que se para sobre el escenario le devuelva su propia imagen, confirme con cada gesto que ambos, músico y fans, pertenecen al mismo lugar.
Aunque tras varios discos y giras exitosos, tal posición no puede sino transformarse en una postura, los grupos que aceptan ese juego son, en el diezmado rock nacional de hoy, los que corren con ventaja.
Cerati está parado en la vereda contraria y se entusiasma al decirlo y demostrarlo.
Acaso eso sea lo que provoca la antipatía irreductible de quienes no ven las cosas como él.
Sin embargo, su último disco, Ahí vamos, editado hace aproximadamente un mes, fue disco de platino –40 mil unidades– aún antes de salir a la calle y fue el mejor recibido por la crítica en bastante tiempo.
El disco marca un vuelco en el sonido del músico: los samplers dejaron su lugar a las guitarras, las derivas sonoras a las canciones directas y la experimentación a la contundencia pop.
Lo primero que se nota al escuchar el disco es que contiene las canciones más parecidas a los hits de Soda Stereo que grabó Cerati en toda su carrera solista.

- ¿Se trata, entonces, de un regreso al pasado, de una traición a su propia búsqueda de reinvención?

Cerati: –Para nada. Este sonido fue evolucionando en las presentaciones en vivo que venía haciendo en los últimos tiempos. El tramo final de la gira de Siempre es hoy ya tuvo una actitud y un sonido mucho más rockeros. Quería correrme un poco del uso de la tecnología, lo que también es relativo porque cualquier disco, así sea de folklore, pasa por un proceso tecnológico. La diferencia es que esta vez todo eso es menos visible en el contenido del disco.
Tampoco creo que sea una vuelta a Soda Stereo. Lo que hago hoy es muy superior a Soda, si no puedo ir mejorando con el tiempo estoy en la lona... Para mí, volver a atrás es realmente un suicidio, y jamás lo haría.

- Sin embargo, es un disco que recupera sonidos de décadas pasadas, de hecho, hay una canción, “Caravana”, que parece The Police.
–Este disco tiene guiños más identificables y concretos que los otros. “Caravana” es un tema que tenía un desarrollo que no estaba muy claro. Pero vino Samalea y tocó la batería como si fuera Stewart Copeland. Era un tema rápido pero no estaba la idea previa de hacer algo que recuerde a The Police. Una de las consignas de este disco fue levantar los tempos. En vivo tenía la tendencia a acelerar lo que había hecho en los discos. Esta vez quería algo más aguerrido de entrada. Eso te remite a Soda Stereo, porque nuestros temas tenían esa cantidad de beats por minuto. Pero más allá de estos detalles, yo no siento que ningún tema de este disco establezca un lazo directo con otra cosa. Hay de todo, es, como me decían el otro día, el manual del Cerati ilustrado. Pasa por todas mi épocas, sin volver específicamente a ninguna.

- ¿Cuál es el origen de esos cambios que nombrás? ¿Tuvo que ver con que tu último disco no haya tenido muy buena repercusión en ventas o en críticas?
–Es raro eso de las críticas; yo creo que la gente se hace eco de las cosas más extrañas, por ejemplo una revista que hizo una reseña fantástica del disco después dijo que no era bueno. A mí me encanta Siempre es hoy. Creo que el único problema que tiene para la disección por parte del paladar rockero periodístico local es que es muy extenso y quizás un poco disperso. Se hizo en varias partes y quedó poco conciso. Yo suelo hacer un proceso dialéctico respecto de cada trabajo anterior. Siempre fue así. No porque al último disco no le haya ido tan bien, ahora voy a hacer uno con más guitarras.

- ¿Pero no hiciste el disco que los fans esperaban de vos?
–No sé, el primer fan al que trato de complacer es a mí mismo. Y yo imagino que la gente va a vibrar de la misma manera que yo. Siempre fue así. Me doy cuenta de que si la guitarra está más potente a cierto tipo de público parece gustarle más. Pero también está el otro que dice: “A mí me gustaba más el Cerati electrónico”. Si mi naturaleza no me permite hacer algo o estoy forzado a hacerlo lo voy a pasar mal. A mí me cuesta mucho lo que hago. No me sale fácilmente. A veces las canciones salen una tras otras y a veces hay momentos de blanco total. No vivo todo el tiempo creando, hay momentos en los que siento que me chupa un huevo todo y que quiero vivir otras experiencias. Antes no era así, cuando estaba en Soda Stereo, eso era lo único que había.

- ¿Cambió tu forma de componer?
–No mucho. La diferencia fue que Siempre es hoy se hizo a lo largo de dos años con interrupciones como 12 episodios sinfónicos y la gira que hice con ese disco. Hay canciones de este álbum que fueron hechas en una laptop porque no tenía una guitarra a mano. Tomé canciones de Elvis Costello, tenía los tonos mayores y menores y fui afinando todo para armar una melodía encima. Al final no sé si tiene importancia el instrumento con el que trabajás. Yo soy naturalmente un guitarrista y mi approach incluso para hacer música electrónica tiene que ver con eso. En temas como “Me quedo aquí”, que fue hecho con la computadora, puse en una sola canción casi más acordes que los que usé en toda mi carrera. Pero después, trasladar todos esos acordes a la guitarra para el show en vivo es un problema. Claro que en el proceso de hacer la canción la laptop dejó de existir, sólo fue la herramienta compositiva. Como consigna, este disco tuvo varias consignas previas: quise que la sustancia sonora esencial del disco no fueran los samples, ni las secuencias, eliminé todo eso y me concentré en canciones más clásicas con un sonido más orientado hacia la guitarra.

- ¿El proceso de creación del disco fue más fluido que otras veces?
–Totalmente. No todos los discos son una experiencia feliz. Hay discos como Signos que han salido con un gran sufrimiento. Pero éste no. El entusiasmo que había en el momento de la creación era impresionante. Es un disco de muchos amigos y reencuentros y eso le dio una energía particular que a mí me puso en un humor muy creativo y las canciones salían como chorros. Para mí escribir las letras es un proceso un poco más tortuoso. No tengo una actitud dylaneana. No me la paso escribiendo todo el tiempo y después le pongo acordes a lo que hago. Para mí es al revés. Acá intenté escribir sobre los títulos que tenía para cada canción. Algunas letras fueron escritas en colaboración. Pero también es difícil escribir a dúo, tiene que haber una cosa telepática, un entendimiento.

- ¿Cómo fue la colaboración con tu hijo Benito, de 12 años?
–Ahí la telepatía fue total. No es que lo vea muy parecido a mí. Sí veo un verdadero mejoramiento de la especie y eso me da muchas satisfacciones. En el caso de “Adiós”, el tema que escribí con Beni, no lo escribimos juntos literalmente. Sin mostrarle nada de lo que yo había escrito, solamente con los títulos de las canciones y un cd con la música, le dije que se escriba unas letras; él se fue a su cuarto y volvió una hora después con un montón de frases, algunas geniales. En el caso de “Adiós”, el concepto lo vertió él. La frase “poder decir adiós es crecer” me rompió la cabeza. Es el resultado de una observación muy profunda. Yo no creo que a su edad tuviera esa capacidad. No sé de dónde le viene.

- Tenés 46 años, un hijo de 12, ¿cómo ves hoy las pintadas de “viejo choto”?
–Creo que eso tiene que ver exclusivamente con que yo digo lo que pienso, trato de no ser gratuitamente ofensivo porque a todo hay que darle tiempo. Yo no tengo la justa; hay cosas que me gustan y cosas que no, como a todo el mundo. Pero cuando me preguntan qué pienso lo digo y eso genera antipatía. Durante mucho tiempo me vinieron a preguntar a mí de los Redondos y yo decía: “No me importa, es una banda que no me interesa. ¿Por qué me oponen a los Redondos si yo no estoy compitiendo con ellos?”. Y eso suena como ofensivo. Y a veces, como yo dije algo que no les gustó, se generan antipatías, como si las cosas no pudieran convivir. Nosotros siempre fuimos los chetos para el rock argentino. Siento que hay muchas cosas que son retrógradas. En los últimos años todo, hasta el nivel de alimentación bajó. Las cabezas de las personas han sido lobotomizadas. Menem y todo lo que vino después fue abrasivo. No es que el modelo de lo que yo quiero tiene que ser como Soda Stereo. Eso sería absurdo. Pero sí es verdad que hay una cosa paupérrima. Me parece que a la gente se le da siempre la misma caca reciclada.

- ¿Sentís que hay una relación entre la degradación social de las últimas dos décadas y la aparición del rock chabón?

–Sí, pero no porque en el rock chabón no pueda haber cosas valiosas. Es gente que reivindica la situación barrial. Y por eso se enfrentan a otros, como yo. Igual, yo soy de un barrio. Nací en Barracas y viví toda la vida en Villa Urquiza. Lo que hago es producto de estar y vivir en un barrio, porque si no no podría ni hacer música, porque las salas de ensayo están en los barrios. El otro día escuchaba a alguien que decía: “Aguanten los grupos de rock que salen de la gente”. ¿Y qué quiere decir eso? ¿De qué otro lugar va a salir un grupo de rock? Es un slogan que repiten sin pensarlo. Los grupos que sostienen cosas así tienen una actitud complaciente con la gente que va a verlos. Parecería que buscan que la cosa se quedé ahí, que eso es lo que importa, y en definitiva, ¿dónde está la música? Para cierta gente, yo tal vez representaba la antítesis de todo eso. Cuando yo empecé a escuchar rock nacional, escuchaba a Spinetta, que era de Barrio Norte, de Belgrano, pero también escuchaba a Pappo y a Vox Dei, que planteaban situaciones que eran la psicodelia del barrio. Pero hoy, por esa pauperización, el barrio perdió su psicodelia. Las bandas que me parecen insoportables son las que no hacen más que hablar literalmente de lo que les
pasa alrededor como si fueran un noticiero. ¿Qué tipo de imaginación hay ahí, qué tipo de creatividad? Nada. Pappo tenía letras increíbles, malas, buenas, lo que vos quieras, pero locas.

- ¿A quién rescatarías de los grupos actuales de rock barrial?
–De todos los grupos de rock chabón, el único que encuentra un poco de imaginación en el barrio es Pity, de Intoxicados. Es el único que no va al slogan. Los demás hacen jingles como de Coca-Cola, sólo que son para la hinchada. “A ver, ¿qué te voy a decir que te involucre? No tiene importancia que nosotros estemos arriba del escenario y ustedes abajo, somos lo mismo.” Mentira. Está claro que no es lo mismo, porque cuando vas a cobrar los derechos de autor o la recaudación, no es lo mismo. Entonces yo me pregunto quién es más careta. Sin embargo, es a mí al que ponen en el lugar del concheto, el careta. A mí me encanta la música que sale de los barrios, de la gente, pero que no se pierda la psicodelia porque entonces se terminó todo. Si todo está servido, lo que producen es comida para perros. Cuando Soda Stereo hizo su primer disco, hablábamos de los cinco locos que nos seguían. Ellos se ponían la remera, eran nuestros fans pero también eran nuestros amigos. Al principio una situación de pertenencia es lógica. El tema es cuando se es casi fascista, fundamentalista en ese aspecto. Yo creo que es más interesante alguien que es totalmente frívolo, que no puede llegar al menor nivel de profundidad, que alguien que lo único que produce es ilusión de profundidad. Eso me parece más honesto. Yo veo mucho careta en el rock. Si algo se puede decir de mí es que no me preocupo por esa situación, que no tengo que esgrimir un slogan al que voy a tener que pegarme toda la vida. Voy tratando de buscar cosas diferentes. Uno no necesita ser tan “auténtico”. El arte te da la posibilidad de mentir, de imaginar, de cambiar los esquemas. Ojalá me animara a mucho más de lo que me animo. De eso se trata ser artista: de animarse, de ser cara rota, pero con talento.

- Soda Stereo dio un concierto en el que cayó el techo de una discoteca y hubo cinco muertos. Con esta experiencia sobre los hombros, ¿cómo ves lo que pasó en Cromañón?
–Es muy difícil opinar sobre el tema. Yo sé que ante una situación así de trágica, mirando para atrás uno piensa: cómo no va a ocurrir eso si pasan tantas otras cosas. Y puedo decirte que Chabán está preso y hay quinientos chabanes afuera. Pero a alguien le iba a tener que pasar. Y tampoco es casual que haya pasado en una situación donde se pregona el uso de bengalas. Igual, yo te digo que tocaba en Perú en el ’85 y prendían fuego el estadio. Y si no pasaba nada era de suerte. Cromañón es un hecho muy tremendo por su magnitud. Hay muchas responsabilidades y la de Chabán no es la única. Todos sabemos que se están haciendo las cosas mal desde hace mucho y hay controles en la medida en que ocurren las catástrofes.

- El disco de Callejeros salió prácticamente en simultáneo con el tuyo. ¿Qué opinás de la actitud de la banda?
–La actitud de la banda es rara. Creo que es algo tremendo estar en esto. Pero ellos están en manos de abogados. Haber dado su primera entrevista en Radio 10... Ellos tienen responsabilidad, pero no son los únicos. Obviamente que ninguno de ellos imaginaba que algo así podía pasar, si no no hubieran pedido que el público llevara bengalas. Igual, ante las imágenes de Chabán pidiendo que no tiren bengalas, hay que preguntarse qué pasa cuando la gente se inmola: obviamente ninguno de esos chicos quería morirse, pero hay algo de juego con el peligro. Yo en el ’85 en el estadio Amauta en Perú veía fogatas en medio de la gente. ¿Qué pasa cuando te están diciendo: “No prendan bengalas que es peligroso” e igual se prenden? En la idea misma del rock está implícito llevar las cosas al límite. No te das cuenta de los peligros de la situación porque quizás en ese momento no pensás en eso. Y en un punto, tal vez vos como músico no tenés que pensar en eso. Pero en algún momento algo te da un cachetazo y te hace pensar. Yasí tenemos Callejeros. De todas formas, nadie está exento de que le pase algo así.