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El álbum que cambió la historia
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Por John Harris (Mojo/Planet Syndication)
Traducción: Mirta Rosenberg

El álbum que cambió la historia
Con este disco, los Beatles crearon una nueva forma de concebir la música popular
Hace cuarenta años ya que el Sargento Pimienta le enseñó a tocar a la banda. Han estado de moda y pasados de moda, pero con ellos el entretenimiento está garantizado. Permítanme entonces que los presente una vez más: he aquí unas palabras más acerca del espectáculo que ya conocen desde hace tantos años... La Banda del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, cuatro décadas después y sin siquiera despeinarse. Aun en medio del acelerado furor del MP3 y el hit precocinado en laboratorios pop, aquel álbum entre los primeros de la historia del rock en entenderse conceptualmente mantiene su influencia, ya de forma irrevocable e irreparable, sobre la música contemporánea y la cultura joven universal.
El 1° de junio de 1967, Sgt. Pepper s Lonely Hearts Club Band ancló en las disquerías británicas con su diseño multicolor y cambió para siempre la forma de concebir y asimilar un álbum de rock. Una idea de género fantástico (la de una banda imaginaria tocando un concierto imaginario para una audiencia imaginaria), una portada de psicodelia beat, una grabación ciento por ciento experimental, varios instrumentos atípicos para el rock y el pop de fines de los 60, cuatro músicos en ebullición permanente, una gran orquesta, un maestro director, unos cuantos ingenieros locos y trece canciones desmedidas, con una ambición hasta aquí desconocida para la música popular.
"Queríamos hacer un disco que pudiera ir de gira en nuestro lugar", dijo recientemente sir Paul McCartney acerca del origen de Sgt. Pepper s. .., el primer álbum de los Beatles tras abandonar para siempre los conciertos en público (el último show de la banda fue en agosto de 1966), hastiados de tanto griterío adolescente que en teatros y estadios tapaba incluso los propios egos de los músicos. "La idea la habíamos tomado de algo que habíamos
escuchado sobre una gira hecha por el Cadillac de Elvis. «¡Qué brillante!», pensamos. «Elvis no sale de gira, sino que sólo manda a su Cadillac. ¡Fantástico!»"
De allí en más, la famosa historia del colorido Sargento Pimienta, de Lucy en el cielo con diamantes, del Sr. Kite y de la adorable Rita. John, Paul, George y Ringo encerrados durante cinco meses en los estudios Abbey Road, utilizando cerca de 700 horas de cinta y descubriendo métodos poco ortodoxos de grabación. Una tapa que se convirtió en mito y leyenda del arte pop y la confirmación pública de la utilización de diferentes drogas por parte de la banda: "Ya no éramos chicos, sino hombres, ya habíamos probado la marihuana y nos considerábamos artistas -dijo McCartney en su biografía autorizada, escrita por Barry Miles-. Pensamos que con nuestros álter egos podríamos hacer un poco de B.B. King, un poco de Stockhausen, un poco de Albert Ayler, un poco de Ravi Shankar, un poco de Pet Sounds , un poco de los Doors. No importaba, no había encasillamientos como los había habido antes".
Cuarenta años después, Sgt. Pepper s Lonely Hearts Club Band es homenajeado, con dispar espíritu y resultado, por músicos de todo el mundo en proyectos como el que impulsó la BBC londinense y que transmitirá mañana: Oasis, Kaiser Chiefs, The Killers y Travis, entre otros jóvenes y no tanto de la escena británica, reinterpretando aquellas canciones, grabadas ahora, pero en las condiciones técnicas de entonces. Como una manía casi inherente a estos años por repetir el sonido, pero no el gesto artístico, los músicos rescatan la influencia, el impacto que les ocasionó una obra como ésta, aunque no su esencia. Y ésa parece ser la tendencia en el rock y el pop mainstream de aquí, de allá y de todas partes.
Reconocido como el mejor álbum de todos los tiempos en una encuesta realizada en 2003 por la revista Rolling Stone , Sgt. Pepper s... se perpetúa como clásico de clásicos más allá de los siglos, las modas, las nuevas tecnologías o las futuras religiones.

- Números picantes

40 años: se cumplen desde la edición del álbum (1° de junio de 1967 en Gran Bretaña y el 2 de junio en EE.UU.)
700 horas: de cinta fueron utilizadas para la grabación, a lo largo de cinco meses, entre noviembre de 1966 y abril de 1967.
13 canciones: tiene la obra, entre ellas "With a Little Help from my Friends", "Lucy in the Sky with Diamonds", "When I m Sixty-Four" y "A Day in the Life".
4 Grammys: fueron los que ganó el disco.
87 referencias: entre celebridades y objetos varios, hay en la portada del álbum, entre los que se encuentran Bob Dylan, Aleister Crowley, Marlon Brando y Albert Einstein.

- Una lista de celebridades para una tapa irrepetible


Para elegir los personajes de la famosa portada del álbum, cada uno de los Beatles realizó una lista con sus celebridades preferidas. La lista de George Harrison estaba compuesta sólo por gurúes indios; la de John Lennon incluía al Marqués de Sade, Oscar Wilde, Lewis Carroll y Hitler (que fue retirado de la escena poco antes de tomarse la fotografía final); Paul McCartney sugirió, entre otros, a William Burroughs y a Fred Astaire, mientras que Ringo Starr aseguró que aceptaría lo que eligieran los demás.
En total, entre personajes y objetos varios, como la remera con la frase "Welcome The Rolling Stones", la tapa del disco suma 87 referencias de todo tipo. Por entonces, el presupuesto para una portada de un disco era de entre 25 y 75 libras, pero, en este caso por demás especial, se gastaron... 1367 libras, incluyendo aquí los salarios del ideólogo galerista Robert Fraser, el fotógrafo Michael Cooper y el artista Peter Blake, quienes disputan con los Beatles desde aquel 1967 el copyright de la imaginería en torno al álbum.
Recreada en infinidad de oportunidades y en diferentes ámbitos, tanto para un disco de Frank Zappa como para la presentación de Los Simpson , la tapa de Sgt. Pepper s ... es un icono gráfico de una época irrepetible.

El dia en que el mundo se volvio fluorescente

Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band fue el disco de los Beatles que modificó el panorama cultural en el mundo. En el mes del 40° aniversario, esta nota resume cómo aquella producción marcó a fuego la conciencia de una época
Era un domingo de la primavera de 1967. Con su octavo álbum recién terminado, los Beatles y su séquito atravesaron la madrugada londinense hasta el departamento de Chelsea de Mama Cass Eliot, de The Mamas and The Papas. Un acetato recién impreso fue debidamente colocado en el plato de su tocadiscos, los parlantes acomodados en el alféizar de su ventana y –según el recuerdo del amigo y colaborador de los Beatles, Neil Aspinall– "la música empezó a retumbar en todo el vecindario". Lo que ocurrió a continuación suena demasiado mágico para ser cierto: "Todas las ventanas que nos rodeaban se abrieron y la gente se asomó... Era obvio de quién era el disco. Nadie se quejó. Era una preciosa mañana de primavera; la gente sonreía y nos indicaba aprobación con los pulgares hacia arriba."
Esa, en pocas palabras, es la leyenda de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band: sol y optimismo, y una música tan maravillosa que todos los que la escuchaban con felicidad eran víctimas de su hechizo. Un periodista estadounidense de Rolling Stone, Langdon Winner, recordó más tarde que estaba conduciendo por la Interestatal 80 el día que el álbum fue lanzado: "En cada ciudad en la que me detenía para cargar combustible o para comer, las melodías llegaban por el aire desde alguna radio a transistores o desde algún equipo portátil. Era la cosa más sorprendente que yo había escuchado jamás." Para Winner, aunque más no fuera durante un momento fugaz, "la fragmentada conciencia de Occidente se unificó, al menos en la cabeza de los jóvenes".
El impacto de Sgt. Pepper fue sísmico y universal, no sólo un vertiginoso momento cultural, sino la llegada de una forma de arte –es decir, la música rock– a su madurez multicolor. En 1974, la revista NME lo convirtió en el álbum número 1 de todos los tiempos, y resulta difícil imaginar alguna voz que disintiera en ese momento. Por lo menos 10 años después de su lanzamiento, Sgt. Pepper seguía siendo considerado como la obra maestra definitoria del rock. Sin embargo, 11 años más tarde, una lista de los 100 mejores álbumes de todos los tiempos no lo incluía en ningún puesto.
¿Qué diablos le había ocurrido al Sgt. Pepper? Aunque de ninguna manera se lo había degradado universalmente, Sgt. Pepper había sufrido una prolongada paliza de la que aún tal vez tenga que recuperarse plenamente. Regularmente desafiado (y superado) Revolver, el Álbum Blanco e incluso por Rubber Soul, sufrió más que cualquier otro disco de los Beatles las secuelas post punk, e incluso la resurrección de la banda durante el noventero brit pop misteriosamente no logró mejorar su imagen. Como todos los iconos, Sgt. Pepper siempre ha sido vulnerable a la iconoclastia, y su vívida identificación con los baby boomers (la generación nacida inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial) casi garantizó que las generaciones sucesivas manifestaran su independencia dejándolo de lado.
Quizás la moda de menospreciar Sgt. Pepper es tan sólo eso, una moda. Escúchelo sin prejuicios y encontrará buenos motivos para justificar el hecho de que un disco haya inclinado el eje del mundo. Su logro no sólo radica en las canciones, sino también en momentos diversos: el último bocinazo del clarinete de When I’m Sixty Four es sucedido por la brillante introducción de Lovely Rita; la estampida de animales en Good Morning Good Morning mezclándose con los graznidos de apertura y el tenso fondo de percusión de Ringo en la repetición del Sgt. Pepper; la manera en que los últimos aplausos de esa canción dejan lugar a los dolorosos compases iniciales de A Day in The Life, y los estruendosos acordes de piano que suenan como el tañido de difuntos de la solmene y acartonada Inglaterra que los Beatles vinieron a derrocar. Ningún otro álbum de su canon rebosa como éste de brillantes ideas, y su encanto sólo se refuerza con la historia de su creación: una historia que relata no sólo el logro de los Beatles, sino también la manera en que las sucesivas réplicas del álbum hicieron olas en la música y la cambiaron para siempre.

El sacramento divino
Según aquel sensato evangelista del ácido, el Dr. Timothy Leary, los Beatles eran sólo parcialmente humanos. "Declaro que los Beatles son mutantes –dijo en 1964–, prototipos de agentes evolucionistas enviados por Dios, dotados de un misterioso poder destinado a crear una nueva especie humana, una joven raza de rientes hombres libres." Para fines del verano de 1967, esas afirmaciones se estaban volviendo fatigosamente comunes: ese fue, después de todo, el período en que toda clase de gente empezó a tratar la música de los Beatles como a una suerte de sacramento divino, buscando en ella mensajes, signos y portentos. En 1969, charles Manson estaba convencido de que el Álbum Blanco le decía que debía iniciar una guerra relámpago asumiendo el rol de un asesino serial, mientras que otros freaks un poco más benignos habían llegado a la conclusión de que, durante sus últimos tres años, los Beatles habían intentado decirle sutilmente al mundo que Paul McCartney estaba muerto.
En 1967, Richard Lush tenía 19 años. Trabajaba como segundo ingeniero en los estudios Abbey Road y todavía vivía con su madre. Durante cuatro meses, mientras Richard trabajaba bajo las órdenes de George Martin y del ingeniero jefe Geoff Emerick,
ambos prácticamente no se vieron: un auto de EMI lo llevaba a casa a la madrugada, cerca del amanecer, él dormía un rato y después volvía a Abbey Road a primera hora de la mañana. "Y después –dice riéndose–, esos bastardos no llegaban hasta las siete de la tarde". Cuando era así, los Beatles podían juguetear y hacer ajustes hasta altas horas, aprovechando que su importancia para EMI significaba que el horario del estudio no regía para ellos. Lush recuerda horas de silencio casi absoluto, en las que los Beatles –acompañados por sus eternos compinches Mal Evans y Neil Aspinall– permanecían ocultos detrás de cortinas. Invariablemente, la respuesta acerca de las actividades que allí atrás se desarrollaban tenía que ver con la hierba: "No había que ser un científico atómico para saber qué estaba ocurriendo. El aroma del incienso indicaba que algo estaban haciendo". Según recuerda Lush, cuando se ponían a trabajar, la idea inicial –al menos, en el caso de John Lennon– se presentaba como un pedido vago de "nada normal". "John decía: «Hoy quiero sonar diferente, nada parecido a como sonaba ayer». Y uno no podía hacer gran cosa: se podía acelerar, ralentizar, cambiar de fase, poner eco o ecualizar de manera diferente." Se probaban esas opciones, se descartaban, se volvían a probar, y ésa era la manera en que los Beatles hacían las cosas. "Si los Beatles tocaban una canción desde las dos de la tarde hasta las dos de la mañana, así era la cosa. Había que llevar una canción hasta el extremo. Y a veces volvían al día siguiente y la hacían de nuevo."
Cuando encontraban una respuesta posible y se ponían a exprimirla en los equipos de Abbey Road, empezaba la diversión. El collage de cintas de órgano armado detrás de Being For the Benefit of Mr Kite! fue mucho menos azaroso que lo que se dijo después. Lush recuerda que se le ordenó pasar hacia atrás la pista, medir la longitud física de un compás y después cortar las grabaciones de órgano de manera acorde, para que los sonidos cambiaran en perfecta simultaneidad con la música. Y, más alucinado aún, recuerda haber captado el tumulto multi-instrumental de A Day In The Life conectando dos grabadoras de cuatro pistas –una para la banda, otra para la orquesta– cuya sincronización dependía de su propia destreza. "En cada cinta había un lugar específico que marcábamos con un lápiz amarillo", explica. "Mi dedo debía oprimir el control de cada máquina al mismo tiempo, y ambas debían funcionar a la misma velocidad, cosa que usualmente no ocurría. Cuando lo hacía bien, inmediatamente se escuchaba: «Rápido, Geoff... hay que mezclar inmediatamente»."
Todo el tiempo había entre el grupo y sus asistentes un entendimiento esencial: "No querían que nadie escuchara lo que estaban haciendo", dice Lush. "Nadie estaba autorizado a entrar en la cabina de control si no se le pedía que lo hiciera. Si alguien entraba sin invitación, la regla era que debíamos parar la grabación. Obviamente, eran increíblemente creativos y no querían que nadie se enterara de lo que estaban haciendo. Así que todo era muy privado: entre la banda, George Martin, Geoff, yo y Mal y Neil. Venía un montón de gente de visita, pero hasta las estrellas pop se sentaban abajo. Había una pequeña fila de sillas donde se sentaban y bebían y fumaban hierba o lo que fuera. Pero no entraban ni escuchaban nada, sólo miraban lo que ocurría en la planta baja del estudio, mientras nosotros estábamos arriba en nuestra pequeña cripta".
A medida que transcurrían los meses, Lush recuerda que empezó a reinar una sensación de lo que podríamos llamar jubilosa impaciencia: una urgencia desesperada de difundir lo que habían grabado, no sólo ante los pares de los Beatles, sino ante el mundo entero. "Queríamos que la gente lo escuchara, que supiera lo fantástico que era", dice. "Era como decir: «Me muero porque el público escuche esto»."

Personajes secundarios
En los relatos hechos por los propios Beatles de sus progresos entre 1966 y 1967, la pausa que se produjo entre su despedida como banda en vivo y los primeros atisbos de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band suele aparecer descripta como un largo hiato, aunque duró poco más de tres meses. En agosto de 1966 lanzaron Revolver, sobrellevaron las secuelas en Estados Unidos de la infame cita de Lennon ("Más grande que Jesús") e hicieron su última aparición en escena en San Francisco. A principios del otoño, Lennon estaba en España, interpretando al soldado Gripweed en How I Won the War, la película de Richard Lester; Harrison estaba en el medio de una estadía de cinco semanas en la India; McCartney estaba probando el tumulto de la contracultura londinense y escribiendo la partitura de The Family Way, mientras que Ringo estaba felizmente enclaustrado en Surrey, "engordando" y supervisando su nueva empresa constructora, Brickly Builders.
El 24 de noviembre, dos semanas después del primer encuentro de John con Yoko Ono, se reunieron en Abbey Road e iniciaron la etapa más llena de acción de su carrera: 12 meses que incluyeron no sólo Sgt. Pepper, sino también la muerte de Brian Epstein, la creación de Apple y el rodaje de Magical Mystery Tour. En el camino, Paul conoció a Linda Eastman, y se hicieron tiempo para la primera emisión satelital global del mundo. El mundo de los Beatles se pobló de un elenco cada vez más burlesco de personajes secundarios: Maharishi Mahesh Yogi, un colectivo anglo-holandés de diseñadores-con-onda llamado The Fool, un griego infame conocido como Magic Alex y más.

Los adelantados
Pero antes de que la saga Pepper se encaminara, hubo un prólogo. Penny Lane y Strawberry Fields Forever fueron embutidos en un doble EP gracias a la presión de EMI para tener un producto fresco de los Beatles; el disco fue lanzado en febrero de 1967 y promocionado en todo el mundo por medio de dos pequeños films, dirigidos por Peter Goldmann con la ayuda del asistente de la banda Tony Bramwell. "El clip de Penny Lane mostraba al grupo a caballo, a John Lennon paseando por el este de Londres y tomas de los ómnibus de Liverpool; el film que acompañaba a Strawberry Fields se internaba en un territorio mucho más surrealista. "Cuando uno mostraba Strawberry Fields la gente reaccionaba de manera extraña", dice Bramwell. "Penny Lane era un poco más Beatle; Strawberry Fields, no. Para nada. Klaus Voorman (un amigo de la época de Hamburgo, responsable de la tapa de Revolver) decía que la cosa sonaba como si estuviera tocada en un instrumento extraño, así que fui y encontré ese viejo árbol en medio de un parque y lo vestí como si fuera una combinación de piano y arpa, lleno de cuerdas. Me pasé dos días subiendo y bajando de ese árbol, dándole un aspecto extraño". El resultado no sólo funcionó, sino que además le dio un marco al enfrentamiento de serenidad y fantasmagoría casi gótica de la canción.
De vuelta en Londres, el trabajo seguía. El día en que se lanzaron Penny Lane y Strawberry Fields Forever en Estados Unidos –lunes 13 de febrero–, los Beatles empezaron a trabajar en un recorte de Sgt. Pepper: el tema abatidamente fúnebre de George Harrison, Only A Northern Song. Tres días después, sobregrabaron las partes vocales y de bajo a Good Morning Good Morning. Al día siguiente –un viernes– empezaron a trabajar en Being For The Benefit Of Mr. Kite!, y después del descanso de fin de semana, volvieron para encontrar a Martin, Emerick y Lush cortando las cintas necesarias para la "mezcla" de sonidos de parque de diversiones.
"La atmósfera del estudio era muy diferente de la de Revolver –dice Barry Miles, amigo íntimo de Paul McCartney, cuyo lugar central dentro del underground londinense generó un conducto para que toda clase de ideas se filtrara en la cabeza de los Beatles–. Sabían que estaban haciendo algo grande. Eran conscientes de que cada pista era fantástica. Estaban seguros de que se adelantaban, de que estaban creando arte. Solíamos mencionar el hecho de que casi todas las clases de arte empezaron como formas populares y que en algún momento aparecieron personas que usaron ese nuevo medio para crear algo más. Ellos estaban usando el rock’n’roll de esa manera."
Para un grupo selecto de sus contemporáneos, la prueba del logro de los Beatles se produjo el viernes 10 de febrero, cuando los cuatro fueron invitados a la sesión-fiesta en la que una orquesta de 40 instrumentos grabó su pasmosa contribución a A Day In The Life. Se hablaba incluso de rodar films para acompañar a cada uno de los temas del álbum ("Que Antonioni filme uno", "que Godard filme otro"), así que se alentó a los presentes a usar una docena de cámaras de 16 mm. El resultado fue un corto, recortado y pegado, que no se vio en esa época, pero que más tarde fue incluido en el DVD The Beatles Anthology.
El trabajo en Sgt. Pepper alcanzó su fin cuando marzo ya se diluía en abril. En medio de los detalles y recortes de Peter Blake, los Beatles posaron para la tapa del disco el jueves 30 de marzo, antes de ir a Abbey Road para terminar With A Little Help From My Friends. La repetición del tema del título fue grabada de apuro ese sábado, antes de que Paul McCartney viajara a Estados Undios; el lunes siguiente, ocho violines y tres cellos se agregaron a Within You Without You, y eso fue todo. Todo lo que quedó fue un momento de inspirada tontería cuando los cuatro Beatles se reunieron ante un micrófono de Abbey Road el 21 de abril para grabar lo que luego se convertiría –junto con un sonido sólo audible para los perros– en el surco descartado del lado 2. La única oración coherente grabada esa noche procedió de un drogado Ringo Starr. "Creo que me voy a derrumbar", anunció, sólo para caer en los seguros brazos de Mal Evans.

¿Quién podría pedir más?
Por Marcelo Panozzo
¿El tiempo no para? ¿O no pasa? En Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el disco de Los Beatles que vio la luz del sol el 1° de junio de 1967, ambas cosas pueden ser ciertas. Es decir... ¡cumplió 40 años! Y eso, salvo en algunos tangos, es muchísimo tiempo. A la vez, dejando de lado los aniversarios, el bronce al que lo han consagrado algunas encuestas y el barro que le han arrojado encima algunas otras, realmente vale la pena desempolvar o conseguir una copia de Sgt. Pepper, calzarse un par de auriculares y escuchar el disco, entregarse a él, descubriéndolo o recuperándolo sin prejuicios. Y ahí, justo ahí, queda claro que para estas canciones el tiempo no pasa; que el gesto de un grupo que, en la cumbre de su popularidad, se lanzó a producir un artefacto tan osado, sigue sonando a futuro. Sgt. Pepper es aún hoy (y lo será por mucho tiempo) un objeto incandescente, por su arquitectura sonora, por sus canciones, por su tapa, por la altura de su apuesta. No hay un solo grupo popular que en las últimas décadas haya sido capaz de jugar tan fuerte y, al mismo tiempo, sonar tan encantadoramente cercano. Porque a fin de cuentas, además de ser un disco “importante”, Sgt. Pepper es un milagro al alcance de la mano. O como canta McCartney en When I’m Sixty-Four: “Hacer el jardín, cortar los yuyos, ¿quién podría pedir más?”

67, modelo para armar
Por Eduardo Berti

Abstracción hecha de los Beatles, 1967 marcó el año del verano del amor, cuyo epicentro fue el festival Monterrey Pop, celebrado entre el 16 y 18 de junio con artistas de la talla de Janis Joplin, The Animals, The Who, The Mamas and the Papas, Country Joe and The Fish, Otis Redding, Ravi Shankar, Moby Grape y Simon and Garfunkel, entre otros. También fue el año en que los hippies ocuparon la tapa de la revista Time y el LSD la tapa del Saturday Evening Post; Scott Mackenzie grabó San Francisco y Procol Harum inmortalizó Con su blanca palidez; los Bee Gees y los Grateful Dead sacaron sus primeros discos y Bob Dylan editó John Wesley Hardin.
Suele decirse que el rock psicodélico nació en el 67, tuvo su auge en los dos años inmediatos y murió (o cerró su etapa fundacional) en 1973 con el retiro de las tropas norteamericanas de Vietnam y con El lado oscuro de la luna, de Pink Floyd. No es casual, en consecuencia, que Pink Floyd editara casi a la vez que Sgt. Pepper su primer álbum de estudio (The Piper at the Gates of Dawn), con Syd Barrett al frente de la formación.
Igual de determinante para la psicodelia fue el disco Surrealistic Pillow, de Jefferson Airplane, también del 67. Si Pink Floyd bautizó su primer LP en tributo a un clásico de la literatura infantil inglesa (The Wind In The Willows, de Kenneth Grahame), Jefferson Airplane postulaba desde el título de su álbum cierta filiación con el surrealismo, y la canción White Rabbit se basaba a las claras en la Alicia de Lewis Carroll, omnipresente en la psicodelia, como lo prueban I’m the Walrus (Beatles), Kaleidoscope (1967, de Tangerine Dream) y Song for Insane Times (Kevin Ayers). Tres álbumes más, editados en el 67, fueron claves para el nacimiento de la psicodelia: Easter Everywhere, de 13th Floor Elevators; Younger Than Yesterday, de The Byrds; y la genial ópera prima de Hendrix, Are You Experienced?
Con Melow Yellow, Donovan, íntimo amigo de los Beatles, dejaba de ser un cantante folk para embarcarse también en la psicodelia. Casi en simultáneo, David Bowie editaba su primer álbum (más próximo a la canción expresionista que al rock), Van Morrison daba a conocer T.B. Sheets, y otro cantautor fundamental, Tim Buckley, documentaba en Goodbye And Hello su momento más intenso.
Al margen de esto, 1967 se recuerda sin duda como el año en que debutaron discográficamente The Doors y The Velvet Underground, como el año en que The Kinks grabaron Something Else y como el año en que los Rolling Stones, algo perdidos ante el dominio de Lennon y McCartney, editaron su disco “más beatle” (Between the Buttons) y su disco “más ácido” (Their Satanic Majesties Request, cuyo título deparó a los integrantes del grupo el apodo, todavía vigente, de Majestades Satánicas).
No todo fue rock y psicodelia, desde luego. Mientras John Coltrane moría, Miles Davis editaba Nefertiti y Antonioni filmaba Blow Up inspirándose en Las babas del diablo (cuento de Cortázar). En Francia, Serge Gainsbourg vivía un breve y apasionado romance con Brigitte Bardot, de donde surgirían canciones imborrables. En un colegio inglés, Peter Gabriel, Mike Rutherford y Tony Banks fundaban el grupo Genesis. En Brasil, Caetano Veloso editaba su primer disco (Domingo) a dúo con una tal Gal Costa. En la Argentina, Piazzolla conocía a Ferrer, Troilo sacaba a la venta Verano porteño y Los Gatos daban a conocer su simple con La balsa y Ayer nomás para lanzar, casi enseguida, su primer long play e iniciar la historia más conocida del “rock nacional”.
Muchos piensan que los Beatles editaron en 1967 el disco del siglo. Otros arguyen que ese año se editaron, en realidad, los dos discos del siglo, ya que a varios kilómetros de Abbey Road, Frank Sinatra y Antonio Carlos Jobim concretaban su histórico trabajo a dúo.