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Jazz, tercer mundo, sonido, revolución
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Por Diego Fischerman
El mejor Gato Barbieri

El rosarino grabó, a partir de 1971, una serie de álbumes geniales y explosivos.
En 1971 irrumpió una idea nueva. O, para decirlo de otra manera, una idea de época, potente, incontenible, política en el sentido más estricto, atravesó al jazz. El propio Leandro “Gato” Barbieri hablaba de “un sonido duro” y de algo que le había enseñado el cineasta brasileño Glauber Rocha. “Pensaba que les robaba a los negros todo lo que hacía, que el jazz era de ellos”, dijo ese año, cuando llegó a Buenos Aires para actuar en el teatro Regina, a la revista Siete Días. “Y Glauber Rocha me hizo entender que yo, como subdesarrollado, tenía los mismos problemas, que yo también tenía mis raíces musicales.” En 1971, el Gato grabó algunos de los discos más importantes de su carrera y también los que señalaron un camino totalmente nuevo y posiblemente no continuado por nadie –ni siquiera por él mismo–. Y esos discos, originalmente publicados por el sello Flying Dutchman, ahora son editados localmente por primera vez, con presentación excelente y una óptima remasterización.
Una primera tanda que incluye los fundamentales Fénix y El pampero, grabados en abril y junio
de ese año respectivamente –el segundo en vivo, en el festival de Montreux–, y una segunda con Bolivia y Under Fire son parte de una saga que había comenzado con Tercer Mundo –un título nada inocente, desde ya– y que resulta inseparable de algunos otros hechos musicales de la época. En primer lugar, del Free Jazz. El camino de la atonalidad y la polirritmia que había comenzado unos diez años antes de la mano de John Coltrane, Ornette Coleman, Eric Dolphy y Paul Bley, en las fronteras de los ’70, había desarrollado una analogía casi obvia entre radicalidad estética y política. Un arte comprometido con las luchas del pueblo no podía ser complaciente con los dictados del mercado burgués y el entretenimiento. La idea no era ajena al rock y a la explosión del timbre propiciada por Jimi Hendrix, por ejemplo. Ni, tampoco, a la electrificación y la multiculturalidad iniciada por Miles Davis en In a Silent Way y Bitches Brew y continuada, entre otros, por la Mahavishnu Orchestra de John McLaughlin.
Barbieri, que en los ’60 había tocado con Don Cherry y había formado parte de su memorable Sym-phony for Improvisers, así como de la Liberation Orchestra de Charlie Haden y Carla Bley, donde himnos políticos y canciones eran el material de improvisaciones, en ese tumultuoso comienzo de década produjo una suerte de caldo genial donde la percusión del brasileño Naná Vasconcelos, el bajo de Ron Carter, la guitarra de Joe Beck –más adelante estaría John Abercrombie–, el piano de Lonnie Liston Smith y la batería de Lennie White –también integrante de Return to Forever junto a Chick Corea–, se sobreimprimían al sonido tenso, rugoso, inmensamente expresivo, y a esas frases espiraladas, ascendentes, en permanente ebullición, del rosarino. Fénix es el disco que consolida lo que en Tercer mundo había sonado como un grito. Temas propios –“Tupac Amaru”– y provenientes de distintas tradiciones populares –un carnavalito anónimo, “El día que me quieras”, “El arriero”, “Falsa bahiana”– son el material desde esa idea de jazz latino que nada tuvo que ver con el adocenado “jazz latino” de la industria. Tanto ese disco como El pampero muestran, acabadamente, eso que el Gato tocó en Buenos Aires y que a más de uno le cambió para siempre la manera de ver el jazz.