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Un collage de otra época
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Por Roque Casciero

¿Una película de rock en la era del DVD?
Quizás el primer pecado de Que sea rock radique en que no parece tener en cuenta la época.
Y no es menor en una película que se plantea como un pantallazo de la actualidad del rock argentino más exitoso (y esto también es discutible).
Hoy, este collage de actuaciones espléndidamente filmadas y mezcladas con backstages de artistas que van desde Charly García hasta Almafuerte difícilmente sorprenda a alguien: nos hemos acostumbrado a ver esa clase de imágenes en cuanto DVD más o menos decente aparece en el mercado.
Que sea rock, entonces, queda como el pegoteo de fragmentos más o menos interesantes (eso depende tanto del protagonista como del punto de vista del guión) de lo que debería ser un documental de cada artista.
En el pasado ese concepto podía funcionar como documento de época; ahora la multiplicidad es tan grande que provoca dispersión.
El comienzo con León Gieco cantando en el presente con su propia imagen de Hasta que se ponga el sol (de 1972) es más que una
buena idea, porque al sintetizar la coherencia de la carrera del rosquinense casi llega a conmover.
Uno se queda esperando por más, que es lo que tendría en un documental sobre Gieco.
Pero termina la canción y pasa la cámara, hace foco en otra banda, otra canción y otras cosas que decir.
Esos fragmentos poco tienen que ver entre sí, más allá del leitmotiv aglutinador del rock.
En la película, dirigida por Sebastián Schindel y producida por el histórico Héctor Olivera, hay otros momentos atractivos.
Por ejemplo, cuando Andrés Ciro y Micky Rodríguez van a visitar a sus viejos compañeros de trabajo y recuerdan juntos anécdotas de esos días en que Los Piojos eran una bandita ascendente.
O la gracia química de Pity Alvarez, líder de Intoxicados, que cuenta la génesis de la canción Fuego, entre otras cosas.
Y no está mal el homenaje a Pappo, aunque claramente debería ser más largo.
En cambio, el segmento de Catupecu Machu también sufre problemas de época: se aprovecha la filmación de un instrumental de la banda en un estudio para “mostrar” cómo funciona el 5.1. Hace tres años hubiera sido novedoso, ahora...
El punto de vista de Que sea rock es cuestionable, porque es una celebración del rock argentino en un momento en el que éste no se ha repuesto de su mayor tragedia.
Sí, los conciertos se llenan, los festivales son un éxito y atraen a los sponsors, las bandas giran por todo el país, el rock es tan buen negocio que hasta se puede hacer una película...
Pero no hay ni una mención para Cromañón, ni para los 194 que ya no están, además de la obvia ausencia de Callejeros.
Es, cuanto menos, una visión parcial del fenómeno del rock argentino, una que deja afuera al dolor que no cesa.
Con las anteojeras puestas, la idea del documento de época se torna inevitablemente fallida.
En el pelotón de exitosos faltan también el Indio Solari, Skay, Spinetta y Divididos, pero aparece insólitamente La Vela Puerca.
Ojo, no es chauvinismo, pero, ¿no era ésta la película del rock argentino, la que completa el tríptico de Hasta que se ponga el sol y Buenos Aires Rock? Son demasiados “peros” para un solo film que pretende sostenerse en las muy buenas imágenes de los conciertos y en backstages que pocas veces sorprenden, sin tener muy en claro qué quiere contar o hasta adónde se anima a hacerlo.