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El Flaco y una noche en la que la historia fue vigencia
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subir a el rock en argentina. 
Por Cristian Vitale

Spinetta, Moris, Litto Nebbia y la Superbanda demostraron que están más allá de la arqueología.
“Los pioneros de esta música han inscripto un sello, y todos los que vinimos detrás no podemos evitarlo. Que nada nos impida volar.
” Spinetta suele ser verborrágico, pero difícilmente sus palabras resulten superfluas.
Al segundo tema –“Sin fin”– del miniset que cerró la primera jornada del Festival 40 años de Rock Argentino, en The Roxy, ya estaba condensando su espíritu reivindicativo.
Dio dos nombres, Moris y Litto Nebbia.
Pero tras ellos aparecieron, tácitos, varios de la generación originaria: Gabis, Soulé, Martínez, Quiroga, Molinari, Del Guercio... una pléyade de apellidos que perviven en el bronce.
Y no es arqueología: antes de Spinetta, y ante un público selecto –los
que pudieron conseguir entradas–, Moris y Nebbia, auténticos padres del rock argentino, rockearon como en los viejos buenos tiempos.
Birabent padre, con banda, destapando viejos clásicos con olor a noche profunda y sudor –como “Zapatos de gamuza azul”–, y Nebbia, con guitarra eléctrica, presagiando el esperadísimo regreso de Los Gatos con una gema extirpada del arcón: “Mujer de carbón”.
Nostalgia, sí, pero también vigencia.
El primero de los cuatro días organizados por la Secretaría de Cultura de la Nación trasuntó como estaba previsto.
Exposición de las tapas de discos que hicieron historia, con apuntes de sus creadores.
La de Juguetes para olvidar, de Massacre, por caso, con el inviolable testimonio de Wallas, que dan una lógica argumentativa a los soldaditos de plomo (“Son los juguetes que no nos dejan ser individuos, que nos marcan roles”)
La presencia del candidato a jefe de Gobierno de la ciudad Daniel Filmus –un cántico lo puso en un momento incómodo– y el demoledor repertorio rock & blues de La Superbanda, que presagió al intimismo contemporáneo de Spinetta.
El histrionismo intacto de Héctor Starc –guitarra– confluyó con la experiencia de Rodolfo García –batería–, el sonido inconfundible de Ciro Fogliatta –teclados– y el talento de la sorpresa de la jornada –Machi Rufino– en bajo para inflamar la noche.
“El rock de la mujer (podrida) perdida” y el momento en que se integró David Lebón, en tren de zapada, fue de un ardor retro poco olvidable.
Aún hay combustible.
El momento Spinetta, entonces, fue testimonio de esa continuidad autoasumida de libertad.
Es él quien, dada la historia, asumió el legado y lo vistió de futuro.
La generación es la misma, el espíritu también, pero es imposible rastrear, ni de lejos, un tema con los rasgos de “Agua de la miseria” entre las inquietudes estéticas de aquellos pioneros.
El Flaco de Arribeños demostró una vez más su linaje único, evolutivo, incierto.
Su collage de gemas. Capaz de congeniar la calma jazzera –recuperadora de sus etapas más bellas– de “Sinfín” con una versión anti balada de “Siempre estarás en mí” –de Páez– o el lirismo inmortal de “Laura va”, uno de los momentos más preciosos.
Así, Spinetta fue llevando las almas hacia su lugar con un tacto a medida del acontecimiento.
A “A Starosta el idiota” y su revisita psicodélica le opuso el camino abierto de “Cabecita calesita”.
Al rescate emotivo de “Grisel”, cuya improvisación final no existe en la de La La La, lo desmarcó con la turbulenta “Espuma mística”.
Y a “Resumen porteño” –ahora las pilas nuevas de Ricky son para el discman– lo bajó (¿guiño a sus simpatizantes radiales?) con “Seguir viviendo sin tu amor”.
Set corto, sin bises ni quejas –efecto gratarola– y una noche que subdividió la vigencia de una historia y sus estelas en el porvenir.