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Para armar la historia
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subir a el rock en argentina. 
por Daniel Amiano

Se puede decir que la separación de Almendra benefició el desarrollo del rock argentino.
Lo forzó a comenzar una nueva etapa cuando apenas había dado sus primeros pasos.
De ese grupo fundamental surgieron otras tres propuestas no menos arriesgadas: Pescado Rabioso (de Spinetta), Color Humano (de Edelmiro Molinari) y Aquelarre (de Emilio del Guercio y Rodolfo García).
Cada uno encaró a su manera ese
momento en el que la búsqueda y la experimentación eran un lenguaje común.
Aquelarre (completada por Héctor Starc en guitarra y Hugo González Neira en teclados y voz) es una gran banda.
Esto quiere decir: tocaban bien, muy bien; hacían arreglos complejos (en esos años el rock y el jazz se retroalimentaban con esa libertad que da el asombro); contaban con tres buenas voces líderes (Del Guercio, García y González Neira); trabajaban armonías incansablemente, y las letras (oníricas porque la época forzaba a buscar imágenes que confundieran a unos, pero no a otros) apoyaban un pie en algo concreto para empezar el viaje.
Aquelarre es una banda fundamental aunque no haya llegado a nuestros días con alguna construcción de mito o de éxito.
Y, a pesar de ello, contaba con álbumes inconseguibles.
El primero, porque tuvo una aparición breve en las bateas; el segundo, porque jamás se reeditó en CD (cosa increíble si se tiene en cuenta las barbaridades que hoy se consiguen).
Hoy podemos ponernos al tanto con esa parte de la historia que hasta ahora estuvo vedada tanto a curiosos como a amantes de la música argentina.
Aquelarre (de 1972, con el histórico dibujo de Del Guercio en la tapa) y Candiles (1973) vuelven a ocupar el lugar que merecen.
En estos días llegan a las disquerías reeditados por Acqua, después de que los músicos recuperaron las cintas originales.
A ellos se suma un tercer CD, Corazones del lado del fuego , grabado en vivo en la reunión de 1998.
Escuchar estos álbumes de Aquelarre se parece mucho a descubrir un secreto bien guardado.
Como sucedió con otros álbumes en estos últimos años, cuando casi todos los sellos se dedicaron a reeditar viejos trabajos del rock argentino, esta suerte de retorno hace justicia.
Más aún porque cada CD está delicadamente presentado.
Aquelarre y Candiles dan algunas respuestas.
Confirman que el rock hecho en este rincón del mundo tiene particularidades inconfundibles y que la diversidad era una obligación para todos.
Y se entiende claramente por qué no se los recupera en toda esa cantidad de discos homenaje al rock argentino: en general, no es nada fácil lo que hacen.
Aquelarre está de regreso.
Descubrirlo no se parece a un ejercicio de la nostalgia (descubrir el pasado es empezar a entender de dónde venimos), sino más bien a encontrar un tesoro bien guardado.
Y merece ser un secreto a voces.