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En el rock todo pasa por el dinero
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subir a el rock en argentina. 
Por Cristian Vitale

Black Amaya: En el rock todo pasa por el dinero...
El histórico baterista de Pappo’s Blues y Pescado Rabioso, de todos modos, reconoce su responsabilidad: “Los músicos de mi generación no somos constantes”.

Foto uno: Black recostado en los bosques de Palermo, a sol puro, y con Carlos Cutaia, David Lebón y Luis Alberto Spinetta a su izquierda.
Es 1973, época de Pescado II, y los cuatro posan para una de sus tapas.
Foto dos: Black mostrándole al Flaco los primeros acordes de Me gusta ese tajo, que había sacado en una guitarra criolla.
Sería su debut como autor: después co-firmaría Amame peteribí, Señorita zapada, Hola pequeño ser y, solo, Sombra de la noche negra.
Foto tres: Black preso con Pappo, luego de ser detenidos comiendo panchos en Chacarita, y mirando cómo el Carpo escribía Adónde está la libertad en la derruida pared del calabozo, puntapié inicial de uno de los temas clave del Pappo’s Blues I, que grabarían juntos.
Foto cuatro: Black otra vez con Pappo –en la era Blues local–, teloneando a B.B. King. Un álbum que podría extenderse mucho más e instala al baterista como personaje central de la historia del rock argentino.
Tal vez haya muchos que lo inmortalicen así, categoría setenta.
Pero Black siguió agitando parches toda la vida.
Y llegó a los 55 lo suficientemente entero como para grabar un buen disco de blues-rock “dedicado a la memoria de Pappo”, en el que no sólo acredita seis canciones, sino que refrenda su pertinaz amor por una forma de vivir.
No es poco.
“A esta altura ya no
puedo escribir sobre alcoholismo, putas o cabarets, soy un hombre grande.
Quiero relatar mis vivencias de a pedacitos”, arranca.
Black está acompañado por Gabriela, una mujer de pelo lacio y rubio que hace 13 años da clases de psicoanálisis en la Universidad de Lomas y, cuando puede, le da una mano con su carrera.
Es algo así como la manager más confiable del mundo.
Durante la nota se sienta a su derecha y va apuntando datos cuando el batero se pierde.
Por ejemplo, la dirección de El Condado –Niceto Vega 5542–, donde Black presenta Concarán hoy a las 22.
O el nombre del hacedor de una de las mejores tapas en lo que va del año: Gonzalo Moras Raño.
El impacto que provoca ver a Black sentado en un banquito de madera, con saco y corbata, y un fondo tipo Chicago en los ’50, anticipa visualmente lo que el oído escuchará: un mix de sonidos de época –shuffle, boggie woogie y blues rock– que conecta prohombres del rock como Javier Martínez y el mismo Spinetta con viejos maestros del género como Elmore James, Muddy Waters y Johnny Johnson.
“Es una síntesis de la música que toqué y escuché siempre, la que mamé.
Aunque nunca había tocado con contrabajo... tal vez será que a los 55 años los ruidos me molestan y prefiero disfrutar de otras sutilezas”, describe.
Concarán no alude a ningún condado de Chicago, sino al lugar donde nació su padre.
Es un pueblo de San Luis que le debe el nombre al cacique Concara, distante 20 kilómetros de las Sierras Comechingones y 40 de Merlo, donde viven 6 mil habitantes y al que Black piensa mudarse “alguna vez” con Gaby.
“Tengo una casa de dos hectáreas y estamos pensando en irnos”, desea.
La razón deviene de su pluma rústica y concreta.
“El obrero está perdido / y no encuentra su canción / Quizá sea porque el hombre/ ya violó su condición / pero yo ya sé cuál es la solución.” “Es el primer boogie woogie que se escribe en el país, con aires aborígenes”, señala.

–¿Y Blues de otoño qué es?
–Mi primer blues. A dos meses de la muerte de Pappo, estaba en el balcón de casa mirando cómo se deshojaba un árbol y se me ocurrió una frase: “Mis amigos se fueron en un bondi que va al cielo”. La completé pensando en mi edad... ya puedo contemplar y ver la vejez.

–¿La muerte de Pappo fue envejecer un poco más rápido?
–Me pegó fuerte. Juan, mi hijo, me dio la noticia: “Prendé la tele, murió Pappo”. Nunca pensé que Pappo podía morir. Lo sueño todo el tiempo hablándome. ¡Pensar que cuando hicimos Pappo’s Blues I teníamos 19 años! Me cayó una gran ficha: “Estás más viejo, Black. Te vas a morir también”.

–¿Cómo la vivió internamente, luego de tantas batallas musicales juntos?
–Profundo, porque conocí al Pappo tímido, divertido y cariñoso, no al personaje que se juntaba con gente pesada. Lo que más me entristece es que no pudimos cumplir el sueño de llegar a los 60, de freak y cobrando 100 mangos para que vieran a estos dos viejos tocando blues podrido.

–¿Le mostró a Spinetta la versión de Me gusta ese tajo?
–Fui a la casa y le dije: “Mirá lo que hizo tu baterista de Pescado Rabioso”. Y me respondió: “Es la mejor versión que escuché”. Después escuchó el disco y me deseó suerte como letrista.

–La pregunta del millón: ¿para cuándo el retorno de Pescado? Junto a Los Gatos, es la única banda grande de los ’70 que nunca regresó.
–Por suerte estamos todos vivos, pero depende de Luis... Yo lo entiendo. Es cierto que si se llega a juntar Pescado revienta todo, pero no podemos hacerlo sólo para saber cuánta plata juntamos. Pasa más por el lado del sentimiento y las ganas de tocar juntos. Si se llega a dar esa combinación, ocurrirá. Es lo que dijo el Flaco. Por ahora, tenemos nuestros propios caminos. Aunque nunca se sabe... A lo mejor una productora pone 2 palos verdes y tocamos (risas).

–La versión de Blues de la amenaza nocturna, de Manal, respeta el clima de época, incluso la voz ríspida de Diego Czainik se parece a la de Javier Martínez...
–Decidí hacerla con slide y un sonido más denso. Diego es fanático de Manal... Yo le decía que la cante con su voz, pero la había cantado tanto en pubs que se le pegaron los fraseos de Javier. Está hecha con mucho respeto.

–The Spider and the Fly, el rescate de Jagger-Richards, no tiene nada que ver con la lectura de los Stones que hacen las bandas de rock chabón.
–Como dijo una vez Charlie Watts, el verdadero rock and roll es el de Chuck Berry. Y yo, cuando tenía 17 años y tocaba covers de los Stones con Héctor Starc, sabía de dónde provenía la historia. Por eso suena pura.

–¿Cuánto le costó editar el disco...? Es el problema de la mayoría de los músicos de su generación.
–Hoy, en el rock todo pasa por el dinero. En los sellos te preguntan cuánta gente metés: si son 2 mil, la firma es segura; si son 200, te dicen: “Está buena tu música, te felicito... Pero gracias, paso”.

–¿Es la única razón?
–No. Nosotros también tenemos culpa. No somos constantes. Yo no puedo pensar que si grabo un disco se me abren todas las puertas, ya pasaron muchos años. El músico de esa generación abandona rápido sus proyectos. Otro tema son los medios. Jamás escucharás algo de Emilio Del Guercio, Edelmiro Molinari o Litto Nebbia en esa radio que dice difundir nuestro rock.

–Además, la intervención de corporaciones que lucran con festivales en los cuales, si no tocás, parece que no existís. Es como arreglar un partido de fútbol antes que empiece. ¿Cómo lo tolera?
–Puteando en casa. Igual me siento bien porque toco lo que quiero, elijo el lugar donde tocar y también los músicos. Sé que no voy a llenar un River, pero me sigo haciendo un lugar. Pienso que en un país donde un pibe muere de hambre, el que se siente estrella es un idiota.