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El trío como una de las bellas artes
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Por Diego Fischerman
John Scofield, Steve Swallow y Bill Stewart dieron cátedra de interacción y musicalidad.

El trío es la formación básica del jazz.
El esquema básico es sencillo: un instrumento capaz de trabajar melódica o armónicamente –piano o guitarra, generalmente–, un bajo y una batería.
Pero a partir de ese modelo, que músicos como los pianistas Bill Evans y Keith Jarrett o los guitarristas Jim Hall, Kenny Burrell o, más cerca, Pat Metheny y Marc Ducret, convirtieron en territorio privilegiado, aparecen las variantes, sobre todo en relación con cambios de papeles entre los distintos instrumentos y la jerarquización de los momentos de solos y dúos.
John Scofield es uno de los grandes guitarristas del jazz y, con seguridad, uno de los mejores de una generación que llegó al jazz y a ese instrumento desde un universo estético dominado por cierta clase de rock, en el que nombres como Eric Clapton y Jimi Hendrix estaban lejos de ser datos menores.
Fue parte del grupo que grabó Decoy, de Miles Davis, integró la banda de Mingus y su debut
discográfico fue nada menos que junto a Gerry Mulligan, en la grabación en vivo de un recital que el famoso saxo barítono dio con Chet Baker en el Carnegie Hall.
Pero ya desde mediados de los setenta sorprende con grupos propios en que la originalidad está siempre puesta en primer plano.
De esa época es un álbum notable –no reeditado en CD– llamado Bar Talk (un juego de palabras entre “conversación de bar” y el sonido del apellido de Béla Bartók).
Allí el baterista era Adam Nussbaum –que en estos días llega a Buenos Aires como integrante del grupo del trompetista argentino Gustavo Bergalli, actualmente radicado en Suecia– y el bajista era alguien a quien Scofield había conocido como profesor en la escuela Berklee de Boston, Steve Swallow, un músico genial y doblemente atípico.
Por un lado era un bajista extrañamente preocupado por el papel melódico de su instrumento, por frasear de manera casi lírica.
Y, por otro, era el único caso conocido de contrabajista (con ese instrumento había conformado el notable trío junto al pianista Paul Bley y el clarinetista Jimmy Giuffre), que había elegido la versión eléctrica y habitualmente subestimada.
Scofield volvió después de cinco años a Buenos Aires.
Y volvió con un trío de lujo en el que el bajista es, precisamente, Swallow.
Este bajista ya había estado en esta ciudad en 1964, integrando el grupo de Stan Getz y, más cerca, con el vibrafonista Gary Burton, que también era parte de aquel cuarteto del saxofonista.
Y hace apenas unos años grabó tangos, acompañando a Silvana Deluigi, una cantante argentina radicada en Francia.
Tal pluralidad de intereses, a la que hay que sumar sus extraordinarios discos en dúo con la pianista y compositora Carla Bley, es parte de lo que lo convierte en único.
Su uso de los distintos registros de su instrumento para crear texturas polifónicas, la naturalidad y liviandad de sus articulaciones y su manera de deslizarse por sobre las cuerdas con la púa, son parte, en todo caso, del que tal vez sea el único estilo personal y fuertemente identificable en el bajo eléctrico con trastes (distinto del fretless que tocaba, por ejemplo, Jaco Pastorius).
Su interacción con Scofield y Stewart, por otra parte, es prodigiosa.
El guitarrista trabaja, sobre todo, con notas ligadas.
Hay una idea de fluidez que atraviesa todas las ejecuciones del trío, tanto en las partes arregladas como en las improvisaciones.
El estilo de Scofield abreva en Jin Hall pero también en el blues.
Son frecuentes sus estiradas de cuerda y sus inflexiones à la B. B. King. Bill Stewart, más que marcar un ritmo, lo que hace es comentar el ritmo principal con infinidad de subdivisiones secundarias.
Su aporte con escobillas es, por otra parte, de un nive excepcional.
La técnica de los tres es, desde ya, asombrosa, pero lo más importante sucede recién a partir de allí, tomando ese control sobre los instrumentos como punto de partida y no de llegada.
Alfie, un tema de Burt Bacharach; Everything I Love, de Cole Porter; You Don’t Know Me, de Ray Charles –a quien estará dedicado el próximo álbum de Scofield–, y el impactante final con Over Big Top estuvieron entre lo mejor de un concierto para recordar.
El bis fue, además de un homenaje, toda una declaración de principios.
El arte del trío estuvo allí al servicio de la sencillez y la contundencia expresiva de un tema de Louis Armstrong, Do You Know What It Means To Miss New Orleans.