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Fabián Polosecki, el periodista peor copiado
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por Pablo Sirvén
Fabián Polosecki, el recordado profesional que todos quisieron y no pudieron ser

Hubo algo tan devastador como el tren que, por decisión propia, le pasó por arriba de su vida, el 3 de diciembre de 1996: todos los que luego, de una u otra manera, se abocaron, con discutible aplicación, a copiar sólo la carcasa de su mejor artefacto televisivo -"El otro lado", ATC, 1993/94-, al tiempo que traicionaban y trituraban profundamente sus contenidos y maneras hasta convertirse en perfectas antítesis de su romántico ideario.
Para Fabián Polosecki, a quien sólo le obsesionaba "mostrar lo extraordinario de la cotidianidad", la intención, claro, pasaba por "otro lado". Su foco, apenas (o, mejor dicho, nada menos), estaba puesto en el cuerpo y en el entorno del otro, casi sin intervenir en él. Pretendía entender las cosas tal cual se presentaban, sin impostar un énfasis propio a la búsqueda de sacar la mejor tajada. Procuraba no distorsionar las cargas internas de temas, personajes y situaciones. Zancadillas y canchereadas no formaban parte de su código.
Los que vinieron después, por el contrario, sólo se entusiasmaron epidérmicamente con algunas de sus formas de narrar y con el quiebre del lugar impersonal de periodista, en teoría aséptico, que hasta la llegada de "Polo" más o menos tenía lugar. Con un cigarrillo humeando entre los dedos o en la boca, antes que Jorge Lanata; serio, flaco, con campera oscura, manos en los bolsillos deambulaba por la ciudad nocturna antes que Gastón Pauls, interiorizándose de mundos y submundos invisibles antes que Juan Castro; tocando casi sin querer crispaciones que luego industrializarían para la TV los "Puntodoc", los Graña y todos los demás que heredaron,
voluntaria o involuntariamente, partículas ínfimas de su irrepetible estilo.
"Como entrevistador -explicaba su método Polosecki once años atrás en el Festival Latinoamericano de Video, que tuvo lugar en Rosario-, soy una especie de monosilábico balbuceante que a veces ni siquiera termina de hacer una pregunta, que simplemente trata de mantener una suerte de canal de comunicación para que sea el otro el que hable."
En la misma época en que comenzaban a despuntar las delatoras cámaras ocultas, que inauguró el cuestionable espionaje periodístico, y reinaba la "bloopermanía", que producía situaciones risueñas a partir de engaños burlones a víctimas desprevenidas e indefensas, el hallazgo de Polosecki fue no tentarse con esos excesos tan a la mano y, en cambio, defender a ultranza la naturalidad para detenerse en un paisaje, sin interferirlo ni trastocarlo. Creía equivocadamente que por eso hacía "una suerte de antiperiodismo" porque no lograba ni quería engancharse con la actualidad y sus especialistas que todo lo explican. "Cuando alguien formula sus opiniones para convencer es mortal", decía este periodista que creía encontrar más miga en los silencios y en los detalles mínimos hasta que la "verdad", en el momento menos pensado, se abriera paso, sin necesidad de preguntas altisonantes, siempre yendo tranquilo, de los bordes hacia el centro de cada cuestión.
En la imposible confluencia entre "Radiolandia 2000" y "Fierro" -las dos redacciones bien antagónicas que más frecuentó, una dedicada a chimentos de la farándula; la otra, a comics de vanguardia- se gestó su personaje televisivo, el mismo que aporreaba con dos dedos a una Olivetti; el mismo que entrevistaba indistintamente a ladrones, payasos, agentes de bolsa, recolectores de basura, empresarios, prostitutas, estibadores del puerto o buscadores de oro sin excitarse, sin provocarlos y sin juzgarlos.
Al principio de cada emisión de "El otro lado" se lo escuchaba decir en off: "Un día, no sé cómo, todos los jefes de redacción se dieron cuenta al mismo tiempo de que podían arreglarse sin mí. Ahora escribo historietas absurdas sobre historias verdaderas. No me va mucho mejor, pero se conoce gente".
Hasta anoche, y desde el martes último, el Núcleo Audiovisual Buenos Aires organizó en la sala Enrique Muiño del Centro Cultural General San Martín una retrospectiva de cinco programas de Polosecki, seguidos de disertaciones de comunicólogos y de integrantes de aquellas producciones.
Un público más que entusiasta y juvenil desbordó cada día las mencionadas instalaciones, algo parecido a lo que sucedió en 2001, en ocasión de un ciclo similar del Museo de Arte Moderno.
Quizá cansados de tanto amarillismo cool y de las ediciones crispadas de los apocalípticos periodísticos actuales, las nuevas generaciones, que tenían poca edad o directamente no lo conocieron cuando estaba en el aire, ahora se fascinan con este cronista apacible de oficios varios, que nos reconcilia con el perdido encanto de lo llano, tan ajeno a la dictadura del apuro estridente y manipulador.
Para todos ellos, y también para quienes lo extrañan, hay otra buena noticia: los periodistas Ignacio Portela y Hugo Montero tienen listo un libro de próxima edición sobre el creador de "El otro lado" y "El visitante" (ATC, 1995) que se llamará "Polo: el buscador" y que la revista cultural "Sudestada", de la que forman parte, anticipa con sustanciosos fragmentos en el número que está en la calle.
"La gran contribución de Polo al periodismo -escribió en «Un ojo avizor» el autor Pablo De Santis, que fue su amigo y colaborador- fue su programa, y sin embargo no pudo evitar cierto rencor con la televisión, como si creyera, por superstición, que hubo algo maligno en la exposición que mantuvo durante esos tres años. Se empezó a vincular en exceso con los entrevistados; se dejó atrapar por las voces ajenas. Sospechaba que la verdad de su vida estaba en otra parte."

Polo o el chico que charlaba con gente que sufría
Por Julián Gorodischer

A nueve años de su muerte, intelectuales argentinos redescubren el valor anticipatorio de los programas que realizó y condujo Polosecki, El otro lado y El visitante, en un ciclo que empieza hoy en el Centro Cultural San Martín. Opinan: Tomás Abraham, Oscar Steimberg, Christian Ferrer, Ricardo Aronskind y Pablo de Santis.
Vuelven a Polo: nueve años después de su muerte, intelectuales argentinos recuerdan que hubo un punto de quiebre en la TV y se llamó Fabián Polose-cki. No es por el vicio de canonizar, ni por el ejercicio banal del homenaje periódico, sino por ese extraño eco lejano que aparece cada vez que la tele se enamora de la miseria o cada vez que un nuevo explorador (desde Juan Castro hasta Gastón Pauls) decide recorrer los márgenes. Tomás Abraham, Christian Ferrer y Oscar Steimberg, entre otros, fueron convocados para debatir a Polo en un ciclo organizado por el Centro Cultural San Martín, a través del Núcleo Audiovisual Buenos Aires, y aceptan el convite de Página/12: se les pedirá caer en la lógica trillada del antes y después, pero para pensar una obra (sus programas El otro lado y El visitante) que podría haberse evaporado como casi todo en la TV. Pero las “salidas” de Polo perduran como todo producto de anticipación, nacidas de un impulso humano básico: la necesidad de contar. Polo infiltró su novela de autor (¿qué otra cosa fue El otro lado?) en el ATC menemista, revolucionó la forma de narrar en la tele, recreó su cuentito periodístico como en una película y, como un mito, creció junto al poder de los relatos de sus sobrevivientes: travestis, prostitutas, desclasados, ladrones, campesinos, villeros. Antes de que naciera el marketing de la pobreza chic, allá lejos, él salió a recorrer “las afueras” para escuchar otras voces. ¿Por qué no revisar el origen de una moda?
Secretos y verdades
Su historia tiene el encanto de las iniciaciones rápidas. Polo era un redactor de una revista de farándula (Radiolandia) y luego un resorte de otra revista promocional de Telefé (Teleclick) y, de un día para el otro, consiguió su programa propio en el canal estatal. Lo más simple del mundo (salir a escuchar a la gente) fue, entonces, una pequeña revolución cultural: el periodismo televisivo no estaba acostumbrado a quebrar la lógica fría e imparcial del noticiero. Si su decisión de tirarse debajo de un tren (en 1996) aportó al mito, es hora –creen los del San Martín– de que sea la obra la que opaque al morbo, que pueda leérselo por fuera del interés por biografías de jóvenes talentos interrumpidos.
En sus programas, Polo dejó que sus héroes se contaran a sí mismos, y entonces aparecieron pequeñas novelas semanales (en El otro lado, 1993) sobre gente real, reconocidas con tres premios Martín Fierro y una secuela, El visitante, donde Polo quiso dar un paso más allá y meterse en la trama como un personaje de ficción infiltrado en la crónica. “Ni nosotros llegamos a entenderlo del todo”, asume hoy Pablo de Santis, coguionista de los dos ciclos. “Polo –sigue el novelista– conseguía que los entrevistados contaran sus secretos mejor guardados, pero se comprometía demasiado con la gente. Se entregaba por completo y, al compartir el sufrimiento ajeno, se desgastaba. La indiferencia nunca fue uno de sus atributos.”
–¿Por qué lo de Polo fue una fundación?
Pablo De Santis: –El otro lado significó una revolución para el programa periodístico; veo su huella en muchos otros que descubrieron la necesidad de construir relatos para dar cuenta de un desorden de realidad. Lo que inaugura Polo, más allá de la búsqueda de personajes, es la idea de que una historia se construye a partir de un punto de vista. Y que esa mirada es caprichosa, personal, subjetiva. El mundo marginal no era lo que más nos importaba. El estaba obsesionado por escapar de los travestis, las prostitutas. No se acercaba al travesti en tanto eso sino para ver lo que podía tener en común con el resto de la gente.
Antiguo
La obra de Polo que ahora ingresa al Centro Cultural San Martín, y antes lo hizo al Museo de Arte Moderno (2003) a través de retrospectivas, recorre un circuito infrecuente: el curador reconoce a la TV, en este caso, una dimensión artística. Graciela Taquini, curadora de artes visuales, imaginó por primera vez ese ingreso de la tele (objeto degradado, etéreo) al museo, bajo premisa de que “existe una TV de autor –dice– que merece terminar con las divisiones entre una baja y una alta cultura”. Para Taquini, “El otro lado es el producto de una persona que cree en el hombre, en el trabajo como realización, y en todos encuentra algo bueno. Es importante que más gente se entere de que hubo en la Argentina programas redondos, con un alto grado de comunicación alcanzado con el entrevistado”. Polosecki salió a mirar y escuchar, como un continuador joven y dinámico de otros callados (como el español Jesús Quintero), y con una transgresión brutal a las reglas de su época (menemismo, ATC de Sofovich, reinado de la revista Caras): dar lugar a las voces de la Argentina miserable.
Mientras el país celebraba una nueva riqueza, y nacían “el robo para la corona”, “la pizza con champán”, etcétera, Polo se corrió del slogan para revisar el sufrimiento de la travesti, el dolor de vivir en la calle, la extrañeza de oficios en extinción... Sin ronda de mate en la villa (en posterior versión de Ser urbano), ni alarde de cronista en riesgo (según Punto Doc) ni intención moralizante (como pasó luego en Kaos), pero prefigurándolos a todos. “Es interesante volver a ver esos reportajes porque remiten a otro tiempo –dice el semiólogo Oscar Steimberg, panelista del ciclo–. Yo en general no soy nostálgico. Pero actualmente hay una demostración de parte del entrevistador de que sabe sacar del otro la verdad que quiere ocultar, sólo para mostrar que sus preguntas son astutas y conoce la trama de la mentira en la que el otro estaría implicado: una mezcla de preguntador y paranoico que puede cansar y resultar aburrido. En el caso de Polosecki esto no era así.”
–¿Ejercía por intuición o con técnicas sofisticadas de pregunta y silencios?
Oscar Steimberg: –Polo dejaba la palabra, no preguntaba de modo provocativo o para demostrar que el otro no había entendido. Ante esos mecanismos de sintonización con el otro, a uno le da envidia. Polo sabía despertar entusiasmo en un camionero, un rematador, en tipos muy diferentes de distintas edades. Cuando el otro hablaba, él miraba por la ventana, al techo, o se quedaba pensando. ¿Distracción? ¿Falta de interés? En Polo había un ritmo del “estar distraído” o relativamente ausente. Partía del convencimiento de que el otro siempre tenía una historia interesante para contar. No pensaba al otro como un conspirador contra la humanidad. Algo de antiguo tenía Polosecki, y era su confianza en los grandes relatos.
Cómo explicar
Todo en él parece tan simple que los panelistas deberán hurgar en las claves de su género: la crónica “de las afueras”. Querrán atrapar algún secreto velado, una cláusula olvidada durante diez años, un talento más allá de los silencios. “Lo que el noticiero pasa por encima o esquiva –dirá Jorge Gagliardi, organizador del ciclo–, se recuperó en El otro lado: personajes marginales, mitos religiosos, creencias populares.” ¿Pero por qué lo que en él era un viaje, en sus imitadores es una parodia de antropólogo cimarrón? ¿Sólo por haberlo hecho primero? “Sólo Polosecki –cree el sociólogo Christian Ferrer– lograba un clima confesional un tanto porteño, un aura de conversación de bar. No jugaba con sus entrevistados ni los juzgaba, y de allí que la mutua confianza fuera su pasaporte a esos otros lados en los que se inmiscuía no sin cierta espontaneidad y voluntad de aprendizaje. El no inventaba ciudades marginales ni se proponía representar a sus víctimas; era un espíritu curioso que había desarrollado el arte de la aproximación sensible.”
Polo no se deja deconstruir con facilidad, dificulta el estudio de su obra más allá de lo ya dicho (marginalidad, silencios, búsqueda...), se liga a lo intuitivo, se enmascara detrás de un supuesto talento en estado salvaje, elude ponerse bajo la lupa del analista. Pero, igualmente, Tomás Abraham acude al desafío. “Era un minimalista que despertaba emociones en un modo limpio de hacer televisión. No hubo otra gente que hiciera lo que él hizo: recuperó el tono de un cine argentino muy actual y convirtió en actores y actrices a la gente común. El veía el ridículo, pero nunca asumía una posición de superioridad. Su modo era verdadero y dejaba en claro que él, entre todos, era un ridículo más.”