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Literatura y contorno: el pago donde nací
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por Eduardo Pogoriles
El pago donde nací

¿Qué vínculo hay entre literatura y paisaje? ¿Cuántas formas de ser un escritor "de aquí"?
David Viñas y su Buenos Aires en el exilio; Tununa Mercado y la utópica "novela de Córdoba"; Angélica Gorodischer y el infantil descubrimiento de Rosario; Guillermo Saccomanno con una mirada desde la costa bonaerense y los mitos fundadores; Héctor Tizón que solo vive y recuerda en Jujuy; Eduardo Belgrano Rawson y el fantasma de un atemorizante gobernador puntano: cada uno de estos seis escritores convocados por Ñ parecen decir que la Argentina no es una superstición.
Si hablamos de la relación entre literatura y terruño, uno podría preguntarse ¿cuántas formas hay de ser un escritor argentino? La respuesta no es simple, Jorge Luis Borges decía que cada escritor crea a sus precursores. La literatura nace de ciertas tensiones, inevitables, entre la búsqueda de universalidad y de una voz personal. Conscientemente o no, también se escribe en diálogo con la tradición local, pero esa tradición puede tener muchos padres. Sin prejuicios, Ezequiel Martínez Estrada decía que la literatura
argentina nace con los viajeros ingleses, aquellos que describieron estas tierras entre los años 1820 y 1850.
Otra respuesta posible a la pregunta inicial: lo argentino es ese cruce entre un territorio —conquistado realmente cuando entra en la ficción— y un diálogo con toda la tradición literaria occidental. Por caso, Horacio Quiroga y su lectura de Poe. Esta sería una lección de Borges: todas las historias ya fueron escritas, sólo queda reescribirlas desde aquí sin ingenuidad, esto es, sin fascinarse con el costumbrismo.
De nuevo, ¿cuántas formas hay de ser un escritor argentino?, ¿es que acaso hay algo propio en relación con el paisaje y con un mundo de personajes?. Una respuesta provocativa: William Hudson es de aquí aunque sus memorias pampeanas, Allá lejos y hace tiempo, se publicaron en Londres en 1918. Lo mismo vale para el polaco Witold Gombrowicz —dice Ricardo Piglia— en su Diario argentino, de 1967.
Como sea, entre los siglos XIX y XX se construye el edificio de nuestra literatura, a golpes de angustia. "Busco una literatura original, expresión brillante y animada de nuestra vida social, y no la encuentro", decía en 1837 Esteban Echeverría. En 1838 él escribió El matadero y, para quienes dicen que nuestra literatura nace con el Romanticismo, ese es el primer relato argentino. Lo cierto es que Echeverría murió exilado en Montevideo en 1851 y El matadero fue rescatado por Juan María Gutiérrez en 1874, entre sus papeles póstumos. El Romanticismo ya era historia, pero los exilios, la política y la violencia eran nuestras marcas de origen. Sarmiento no quería ser un escritor, pero escribió nada menos que Facundo y Recuerdos de provincia. José Hernández era un poeta y militante político que con su Martín Fierro pintó el fin de una época. Es la misma época que Lucio Mansilla, un dandy porteño, cerró con esa gran crónica que es Una excursión a los indios ranqueles.
Con el inicio del siglo XX vienen otras marcas de época. Nacen los escritores profesionales y una industria cultural centrada en Buenos Aires, que lee como autores "regionalistas" a quienes no son porteños. Con Roberto J. Payró y José S. Alvarez —Fray Mocho— ya entramos prácticamente en el Centenario, 1910. La inmigración europea provoca angustias de identidad en Manuel Gálvez y Leopoldo Lugones, ellos dirán que la "barbarie" está ahora en las ciudades y la "civilización" en el campo. Este equívoco dura años. Y niega que una parte de nuestra literatura —el ciclo de la poesía gauchesca que culmina en Hernández, el ciclo del sainete coronado por el grotesco criollo de Armando Discépolo— se hizo atendiendo a la oralidad, a ese nuevo idioma que nacía en el campo y la ciudad. Con el tiempo se publican algunos textos definitivos, entre ellos Los siete locos de Roberto Arlt, Ficciones de Borges, los cuentos de Julio Cortázar, Operación masacre de Rodolfo Walsh, Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato.
Después, para los más jóvenes —la línea que une a Saer, Piglia, Aira— el canon literario oscilará entre Europa y Estados Unidos. Cuando el auge de García Márquez y otros maestros de la nueva narrativa latinoamericana —deudores de Faulkner, Hemingway, Joyce— apuntaba a mirarnos más hacia adentro, también se quebró ese posible modelo literario. Es que viene la larga noche militar y luego la fragmentación posmoderna, este presente.
Walsh decía que el problema de algunos escritores argentinos "es que son doblemente sordos, no se oyen a sí mismos y no oyen a los demás". Hace dos siglos, cuando el país era un sueño, ya existía la globalización y éramos una comarca del mundo. Hoy, una globalización más veloz resolvió la cuestión de la universalidad: la literatura nace de un territorio y una memoria, necesariamente situados. Pero entre nosotros persiste el pudor hacia esa relación, compleja, entre la literatura y el pago chico donde vivimos. Mientras tanto, admiramos a Faulkner —dueño del condado de Yoknapatawpha— sin olvidar a Richard Ford y a William Kennedy, con sus sagas de Nueva Jersey o Albany. La lista es larga.
De nuevo, ¿cuántas formas hay de ser un escritor argentino?. Cada uno de los seis autores convocados por Ñ respondió con su metáfora personal. David Viñas memoriza a una Buenos Aires marcada por el exilio y los amigos muertos. Tununa Mercado reconoce que escribir la "novela de Córdoba" es casi una utopía balzaciana. Angélica Gorodischer contesta recordando a esa nena curiosa que se mudó a Rosario, descubriéndola. Guillermo Saccomanno mira hacia la costa bonaerense, a Villa Gesell y ciertos mitos fundadores. Héctor Tizón vive y recuerda desde Jujuy, sabe que sólo desde ese sitio vale la pena escribir. Eduardo Belgrano Rawson habla de San Luis y de un chico temeroso ante su gobernador. Cada escritor parece decir que, en el caso argentino, la Historia no es una superstición.