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El alumbramiento del jazz rock
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por Ricardo Carpena
Miles Davis y Jaco Pastorius, protagonistas de un estilo que abrió cabezas

En 1969, el año en el que Miles Davis cambió para siempre el jazz, el rock afianzaba su reinado con un festival que le dio patente de masivo, como Woodstock y, al mismo tiempo, de negocio para la incesante voracidad del mercado norteamericano. Y ese año ocurrió el milagro: de tanto escuchar a Jimi Hendrix, James Brown y Sly & The Family Stone, y harto de que su compañía discográfica le sugiriera que tratara de atraer a esos jóvenes que sólo querían rock, pero, sobre todo, siguiendo ese genial instinto de hacer trizas lo establecido, Miles parió una obra maestra Bitches Brew.
Este álbum, que Sony/BMG acaba de reeditar en la Argentina, marcó el comienzo del jazz rock, ese subgénero de las décadas del setenta y principios del ochenta que irritó muchas sensibilidades ortodoxas del público y abrió caminos sin retorno en auditorios completamente nuevos. La buena noticia de esta reedición no está sola: el mismo sello lanzó, en forma simultánea con los Estados Unidos, The Essential Jaco Pastorius , una espectacular recopilación de diversas etapas del bajista estrella de Weather Report, la banda emblemática del jazz rock, y se propone editar en las próximas semanas un compilado similar del guitarrista John McLaughlin y, además, Trio of Doom , que rescata grabaciones inéditas de 1979, en vivo y en estudio, de McLaughlin, Pastorius y el baterista Tony Williams.
Pero hay que volver a Bitches Brew , esa bomba neutrónica que derribó las estructuras conocidas y sólo dejó en pie el
esqueleto del jazz. Miles era, a fines de los años sesenta, el incandescente músico que, como lo recuerda su autobiografía, decía de aquella época de rock en ascenso: "Yo no estaba preparado para convertirme en un recuerdo ( ). Había vislumbrado la senda del futuro con mi música e iba a seguirla hasta la meta, como lo había hecho siempre. No por Columbia y sus cifras de venta, ni menos para hacerme con unos cuantos compradores de discos, blancos y jóvenes ( ). Yo quería cambiar de rumbo, tenía que cambiar de rumbo, pero sólo para continuar amando lo que tocaba y creyendo en ello."
En 1969, Miles se había acercado mucho a Hendrix (a quien, a su vez, le gustaba el disco Kind of Blue y la forma en que tocaba John Coltrane). Y en febrero de ese año grabó In a Silent Way , el magistral esbozo de lo que terminó de perfeccionarse, pocos meses después, con Bitches Brew . Allí, el trompetista había estado experimentando, según él mismo afirma en esa autobiografía (escrita con Quincy Troupe), con "unos pocos cambios de acorde sencillos para tres pianos".
"Una cosa simple y divertida -agrega- porque, mientras trabajaba en ella, solía pensar en cómo Stravinsky había retrocedido hacia fórmulas sencillas. Así pues había escrito aquellas cosas, como un acorde y una línea de bajo y me encontré con que, por mucho que lo tocara, siempre era diferente. Escribía un acorde, una pausa, quizás otro acorde y resultaba que cuando más se tocaba, más seguía diferenciándose."
Así, el 19 de agosto de 1969, Miles encerró en un estudio a un saxofonista (Wayne Shorter), un clarinetista (Bennie Maupin), tres tecladistas (Joe Zawinul, Chick Corea y Larry Young), un guitarrista (McLaughlin), dos bajistas (Dave Holland y Harvey Brooks), tres bateristas (Lenny White, Jack DeJohnette y Don Alias) y un percusionista (Jim Riley). Cerró las puertas, reclamó que nadie los molestara, les entregó a los músicos apenas un boceto de lo que tocarían, les pidió que no dejaran de tocar en ningún momento y ordenó que se grabara toda la sesión. Lo mismo sucedió durante dos días más, el 20 y el 21 de agosto. El resto corrió por cuenta de Miles y su productor, el legendario Teo Macero, que editaron las sesiones como un rompecabezas psicodélico, con cortes, repeticiones y agregados que reiventaron el sonido original.
El resultado no es de digestión sencilla, pero termina siendo fascinante: no hay melodías, no hay solos, sino climas, atmósferas creadas por largas improvisaciones sin destino fijo y frenéticos encuentros entre la trompeta (más libre que nunca), una electrificada guitarra, los pianos eléctricos y el ritmo machacante.
Aún en su mejor momento, Miles nunca vendió más de 60.000 copias de cada uno de sus discos. Con Bitches Brew se acercó a las 500.000. Pero, más allá de haber expandido las posibilidades comerciales del género y, al mismo tiempo, los oídos de sus seguidores, logró imponer la idea de que todo era posible, de que el jazz y el rock podían ser parte de la misma travesía hacia ningún lugar conocido. Nada fue igual desde entonces: Miles se tornó cada vez más imprevisible y sus músicos siguieron ampliando las fronteras embanderados con la fusión: Shorter y Zawinul, con Weather Report; McLaughlin, con la Mahavishnu Orchestra, y Corea, con Return To Forever.
Bitches Brew , como se dijo, no es un disco fácil, pero si no se lo escucha es difícil, casi imposible, entender el increíble viraje que cambió para siempre el jazz.