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Siempre Janis, nunca cisne
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Por Soledad Vallejos

Una nueva biografía de Janis Joplin la pinta en toda su crudeza de personaje descarriado y desolado.
La peor de todas del rock pagó con su vida sus excesos, y casi no tuvo tiempo de disfrutar su propio mito.
Como casi todas las chicas, siempre me pregunto si estaré gorda, si tendré las piernas largas, si mi cuerpo tendrá una forma rara. Si supieran algo de mí, entenderían que no soy una estrella.
Soy una chica de mediana edad con un problema de alcoholismo y, vamos, una bocona. Yo nunca seré una estrella como Jimi Hendrix o Bob Dylan. Y sé por qué: porque digo la verdad. Si la gente quiere saber quién soy, me lo pregunta y yo se lo digo.”
En el fondo, parece que ella se moría por ser sólo una chica, por adoptar todos los tics y mohínes de muchachita provinciana que tenían sus compañeras de clases, subirse a un buen par de tacos para la fiesta
de graduación y no preocuparse por nada más.
Pero descubrirse en el periódico estudiantil como una de las candidatas al título de “hombre más feo del campus” debe haber sido, por lo menos, un tiro por elevación a esas pretensiones.
Y seguramente hayan alentado esa manía por mostrarse como la-mujer-más-masculina-del-lugar, la que más bebía, la fumadora insuperable, la peor hablada.
Era una forma de llamar la atención, dice Alice Echols, una escritora feminista que acaba de convertirse en una de sus últimas biógrafas.
Siempre bajo la mirada de reproche de su madre y la indiferencia de su padre, Echols asegura que la Janis Joplin bosquejada años atrás en la película La rosa no era más que una gran pantalla, una invención adolescente detrás de la cual se ocultaba la mujer que había crecido en Port Arthur (declarada “una de las diez ciudades más feas del mundo” por una revista en 1943, el año de nacimiento de Janis).
“La criatura le daba una especie de control, pues podía decir que no era a ella a quien rechazaban, sino a esa que se había inventado, por su manera de beber, o de maldecir.
Quizá pensara que mientras esa fachada construida con tanto esmero recibía los golpes, su verdadero yo permanecía intacto. Además, con el personaje de la muchacha osada llamaba mucho la atención, aunque ésta fuera negativa.”
El asunto es que el patito feo que nunca se reveló cisne había salido corriendo del pueblucho de Texas en busca de aventuras apenas terminó el secundario.
Y todo con la bendición de su familia, algo aliviada por la distancia y la posibilidad de que la nena encauzara tanta rebeldía en algún claustro universitario.
Cayó primero en Austin donde, además de pasar algunas horas en la universidad, aprovechó para descubrir los escenarios de clubes de folk y hacer algo más que una investigación de campo sobre la promiscuidad sexual de la zona.
En algún momento, enfiló hacia Los Angeles, Nueva York y, por supuesto, San Francisco, donde se dice que subsistió robando en supermercados, mendigando, vendiendo drogas y prostituyéndose.
“Vivir al límite, beber y drogarse no sólo era en general una parte integral de la vida del artista, sino que, tal como Janis lo veía, era un paso necesario para convertirse en una genuina cantante de blues”, describe Echols.
Lo de la chica, entonces, no era otra cosa que una ir aprobando seguidilla de exámenes de marginalidad para convertirse en la gran cantante que ya deseaba ser.
De hecho, su obsesión por relacionar la música que amaba con los excluidos la había llevado a detestar eso de ser una chica clase media, aunque difícilmente ella se haya percatado de cuánto snobismo clase media revelaba con eso.
Unas cuantas dosis de anfetaminas y heroína mediante, lo que volvió a la casitade los viejos fue una Janis de cuarenta kilos y poco resto.
Tras algún tiempo de tranquilidad, recibió un llamado de la ciudad del momento: en San Francisco, lo que quedaba del espíritu beat estaba transformándose en hippie, al calor de colores del LSD de 1966.
Con Bob Dylan y Los Beatles como alma pater, los chicos del nuevo movimiento sabían que algo de música sensorialmente estimulante era todo lo que necesitaban para llegar a la felicidad, y allí fue Janis, a calzarse el rol de cantante en una bandita de decimotercera línea, la Big Brother and the Holding Company.
Sentía que estaba cerca, muy cerca del centro del remolino en el momento exacto de mayor intensidad.
Y, lejos de su clásica imagen como drogona bohemia y poco preocupada por el real world, en las cartas a su familia se mostraba como toda una chica con ambiciones.
“Revelan un pragmatismo que no coincide con su personaje de chica beatnik dedicada al canto por casualidad.
Expresa su preocupación por la clase de música que debería cantar, pero referida más al aspecto estratégico que al estético, pues se pregunta qué será más vendible, si el blues o el rock.
También manifiesta su deseo de tener un traje de lamé dorado, distinto de la ropa de calle que tanto ella como los demás vestían en el escenario.”
1967 fue un año decisivo.
La actuación en el Festival de Monterrey le valió a la banda el contacto con Albert Grossman (el manager de Bob Dylan) y un contrato con CBS.
Pero ella y los chicos estaban en otra cosa, por más que prometieron que dejarían las drogas para ponerse a trabajar de manera profesional, no dejaban de caer bastante intoxicados a las sesiones de grabación.
Finalmente, tras no poco esfuerzo de producción, las disquerías tenían en las bateas Cheap trills, el disco que, fingiendo haber sido grabado en vivo, presentó a Janis Joplin en sociedad.
Un año después, una vez que su nombre fue lo bastante reconocible como para que sus encuentros de cama fueran carne de la chismografía del rock (ella se desvivía por dejar trascender sólo nombres masculinos para ocultar affaires lésbicos), se separó del grupo, decidida a encarar una carrera solista.
El disco, aparecido en 1969, no fue lo que esperaba, ni en ventas ni en calidad artística.
Algo debe haber tenido que ver su adicción más o menos clandestina a la heroína y el alcoholismo público.
Alguna vez, dejó detrás el mundanal ruido del planeta hippie para distanciarse de la heroína.
Desembarcó en Río... y rompió el silencio con una conferencia de prensa, para anunciar que había conocido al hombre de su vida, el niño de sus ojos y el padre de sus hijos. Pero el muchacho de Cincinati, apenas volvió a Estados Unidos y tuvo oportunidad de conocer la vida cotidiana de su chica, prefirió poner pies en polvorosa.
Poco después, intentó amigarse con sus ex compañeros de colegio secundario con idénticos resultados: sus padres, al ver con qué amigotes volvía la nena a casa, pusieron el grito en el cielo, ella dio una conferencia de prensa que más parecía una sesión psicoanalítica y, para colmo de males, terminó a los golpes con su ídolo Jerry Lee Lewis.
Y todo siguió ese curso, más o menos normal o al menos usual, hasta que una noche de octubre de 1970 permaneció en su habitación de hotel, en Los Angeles.
Esperó en vano que Peggy Casserta, una amante compañera de adicciones, y Seth Morgan, el último de la saga de novios impresentables, acudieran a la noche de sexo, drogas y alcohol que habían programado.
Cuando se dio cuenta de que no aparecerían, empezó con su parte de heroína.
Pero justo cuando acababa de inyectarse heroína (de máxima pureza, recién llegadita de Vietnam) recordó que se había quedado sin tabaco.
Bajó a comprar, volvió a su habitación y se desplomó.
Esta vez, se le había ido la mano en la dosis, y nadie estaba allí para ayudarla.
Esa semana, cuando la noticia era uno de los comentarios obligados del mundillo, los punteros obtuvieron unas ganancias nada despreciables al grito de “Esta heroína es superior, es la misma que mató a Janis Joplin”.