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Son cosas mías
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subir a el rock en argentina. 

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Por Santiago Rial Ungaro

Criado en un reformatorio hasta que convenció al director de llevarlo a vivir con él, adolescente ingobernable, figura estrambótica en los estrambóticos años ’60, emigrado hippie en Europa durante los ’70 (donde fue mantenido por diversos mecenas y grabó su primer disco), y finalmente regresado en los ’80 para liderar las diversas encarnaciones de Los Abuelos de la Nada, Miguel “Abuelo” Peralta dedicó su vida a convertirse en una bandera de la libertad. Ahora, en la flamante biografía Miguel Abuelo, el paladín de la libertad, Juanjo Carmona le hace justicia (histórica y poética) a uno de los músicos más originales y celebrados de la Argentina.
“A este saltimbanqui, ¿de dónde carajo lo sacaste?”, le preguntó luego de un ensayo el Vasco Bazterrica a Cachorro López. Unánimemente considerado por entonces como uno de los mejores guitarristas de rock del país, Gustavo Bazterrica hacía alusión a Miguel Peralta, más conocido como Miguel Abuelo. Después de haber pasado la década del ‘70 deambulando por Europa, por entonces Miguel estaba intentando volver a armar la segunda formación de Los Abuelos de la Nada. Y efectivamente, hacia 1981, Miguel Abuelo seguía siendo un saltimbanqui que no paraba de cambiar las letras y de improvisar nuevos versos, volviendo loco a todo el grupo. Por suerte Cachorro López, según cuenta Bazterrica en la excelente biografía que acaba de editar Juanjo Carmona, lo conocía un poco mejor: “No te confundas –le dijo–, aguantalo a Miguel; cuando lo conozcas bien, te vas a dar cuenta de que él es la vida”. Bazterrica, que venía de tocar con Spinetta y que había tocado en La Máquina de Hacer Pájaros, captó cierta emoción que lo terminó convenciendo.
Según el color del cristal con que se mirara, la actitud del Abuelo podía ser vista como una muestra de efervescencia poética... o como una falta total de profesionalismo. A fin de cuentas, Miguel Abuelo sólo fue un verdadero profesional en una profesión especial que él mismo se encargó de diseñar y de actuar: Miguel Abuelo se inventó y se autodestruyó a sí mismo todas las veces que lo creyó necesario, yendo y viniendo por el mundo y haciendo de su vida una obra de teatro viviente, en la que las supuestas “faltas de profesionalismo” son partes esenciales de su historia, de esa divina comedia que fue su vida. Como, por ejemplo, cuando tuvo la oportunidad en 1968 de convencer a los directivos de CBS de que le dieran una oportunidad a su grupo... cuando lo único que tenían Los Abuelos originales al principio era La Nada: el grupo no existía y no tenía temas, ni músicos, ni equipos, ni instrumentos. De esa nada se le ocurrió a este saltimbanqui, de visita por casualidad en las oficinas del sello, que en la frase de Leopoldo Marechal –“Padre de los Piojos, Abuelo de la Nada”– se escondía el nombre de un grupo que, con el tiempo, atravesaría toda la historia del rock nacional. Y ahí están esos primeros simples, con joyas como “Oye niño”, “Diana divaga”, “¿Nunca te miró una vaca de frente?”, “Mariposas de madera” y “Pipo, la serpiente”, temas que por su lirismo y sus climas han envejecido como un buen vino psicodélico o, mejor aún, como una poción mágica.
Tampoco fue una actitud profesional la que lo llevó a desentenderse, poco después, de la primera formación de Los Abuelos de la Nada, en la cual tocaban jóvenes talentos como Pomo y un adolescente llamado Pappo que, como una máquina, le insistía en que él sólo quería tocar blues: “Un día, estando en la casa de Pappo –recordaría más tarde Miguel–, me dijo que quería hacer blues. ¡Blues! ¿Blues? No, bebé, a mí no me digas blues que tengo una coctelera en la cabeza que no me banco, tengo una cantidad de circuitos funcionando a full y los quiero poner en marcha, y me querés meter la cabeza dentro del cajón del blues; yo me siento con capacidad para hacer una cosa diferente... Y le dije: ‘Tomá, te regalo Los Abuelos de la Nada’”.
Claro que, después de un año sin Miguel, Los Abuelos de la Nada se separaron. El nombre tuvo que esperar hasta la década del ‘80, a que Miguel Abuelo, el hombre, madurara su capacidad de “hacer algo diferente”.

La película te la montás vos
La verdad es que la vida de Miguel Abuelo fue de película: “Su vida fue de película, sí, pero de película de Fellini”, dice a Radar Kubero Díaz, amigo y parte de la tercera formación de Los Abuelos de la Nada. Algo que llama inmediatamente la atención al leer el libro es la alegría de vivir y el deseo de compartir esa plenitud en alguien que tuvo una infancia tan dura. Miguel Peralta nació pobre y como hijo natural de Virginia Peralta en 1946. Para colmo su madre, oriunda de Salto (provincia de Buenos Aires), tuvo tuberculosis, razón por la cual Miguelito Peralta
pasó los primeros años de su vida en un reformatorio para menores. Ahí estuvo hasta los 5, haciendo rabiar con su rebeldía y sus travesuras a las Hermanas Adoratrices, pero ingeniándoselas para seducir al doctor Homero Gómez, director del establecimiento, que lo llevó a vivir a su casa, donde vivirá hasta que su mamá se mejore. Es increíble que de estos orígenes tan “infra-populares” (según sus palabras) haya salido uno de los mejores poetas del rock nacional, uno de los más cultos a nivel literario, a la vez que un artista consciente de que para ser revolucionario hay que ser revolucionario primero en la vida cotidiana. Influenciado por sus lecturas de Rimbaud, Hölderlin, Marechal y los poetas simbolistas, la fe de Miguel Abuelo en la alquimia del verbo fue inquebrantable, por lo que su vida y su obra se fusionan completamente. Ya desde la alianza inicial con su compadre Pipo Lernoud (poeta y periodista, luego editor de El Expreso Imaginario, figura esencial dentro del movimiento contracultural de fines de los ‘60), Miguel demostró que no era de los que se limitaban a plantarse ante una sociedad gris, mezquina y enroscada, sino que además se animaba a “ir a más”. Y si la historia oficial (y lo difícil que es conseguir los primeros discos de Los Abuelos de la Nada y Miguel Abuelo et nada, su excelente disco editado en Francia a mediados de los ‘70) hasta ahora lo pintaba como un personaje talentoso, pero a menudo oscuro y errático, con frecuentes brotes violentos (son célebres sus cruces poniéndole los puntos a Charly García o mandándole a Rodríguez Ares, su director de ventas, una cabeza de chancho con su nombre escrito en la frente), esta biografía lo reivindica como un verdadero héroe solar, un gran mujeriego, un amigo generoso y demandante, un ser dionisíaco y caprichoso como pocos, pero artista de la vida.
Sólo Federico Fellini podría hacer un guión sobre una vida con tantos contrastes, una vida en la que el protagonista pasa de una temprana experiencia como niño boxeador a trabajar con éxito en el teatro (sin haber estudiado antes), para después armar Los Abuelos de la Nada, a los que deja para vivir su vida de “náufrago”, yirando alucinado por la ciudad, consumiendo todas las drogas que se le cruzaban y aprendiendo a los golpes. Es mérito de Juanjo Carmona el narrar todas estas peripecias sin juzgarlas, y el animarse a seguirlo en sus viajes por las rutas argentinas hasta el fin, yendo a Buzios en plan hippie, contrayendo todas las enfermedades venéreas habidas y por haber por su descontrolada vida sexual, para terminar, lógicamente, siendo perseguido por la policía a principios de los ‘70. Mención especial para la actitud de Mabel Lernoud (madre de Pipo y madre adoptiva de Miguel) que, viendo lo que se venía en el país, salvó la vida a Miguel Abuelo comprándole el boleto de avión que lo llevó a España. Altanero, pendenciero y orgulloso como pocos, este negrito de Munro hubiera sido una víctima fácil de la arbitraria y cruel represión de los ‘70. En cambio, en Europa pudo seguir aprendiendo de música, de literatura y, sobre todo, de la vida. “El aprendía de mí, aprendía de todo el mundo. Nunca paraba de aprender”, dijo alguna vez su hijo Gato Azul. Quizá por eso, más allá de los errores del hombre, el Abuelo es hoy considerado como un maestro.

El exilio del Abuelo
Durante sus años en Europa (donde pasó toda la década del ‘70), los giros mágicos, dignos de las Mil y una noches, siempre fueron recurrentes: al poco tiempo de llegar a Ibiza deja embarazada a Krisha, una bella bailarina de quien está enamorado, y se casan, en plan bien hippie, en la playa. Su único hijo, Gato Azul Bogdan Peralta, nace en Londres, y pronto queda claro que poco puede hacer un juglar argentino en Londres, así que enseguida se instala en París, en la casa de Elisabeth Wiener, una actriz francesa muy famosa que cobra fortunas por cada película y que además proviene de una familia muy importante. Pero Miguel es un espíritu inquieto y va y viene por toda Europa: en 1974 lo encontramos apadrinado por Moshé Naïm, enigmático y millonario productor extremadamente culto que trabajó con Salvador Dalí y financió a artistas como García Lorca, Rafael Alberdi, Paco Ibáñez y Nana Vasconcellos, entre otros. El hombre capta lo extraordinario que es el talento de un artista al que considera como “la encarnación del rock”, y le brinda todo el apoyo para que grabe un disco con la banda Hijos de Nada, en donde los arreglos a lo Deep Purple del guitarrista Daniel Sbarra (luego en Virus) les dan el marco a las mejores sesiones vocales que el Abuelo haya hecho en su vida. Moshé los instala en un castillo medieval abandonado donde ensayan durante un par de meses para después salir a tocar de gira por Francia, compartiendo cartel con bandas como Van der Graaf Generator y realizando puestas en escena que son comparadas con las de Genesis.
Claro que cuando salió a la venta esa obra maestra secreta (que finalmente fue editada como Miguel Abuelo et nada), la sociedad entre Miguel, Sbarra y el grupo ya estaba disuelta por “diferencias artísticas”. Así es como vuelve a desperdiciar la segunda gran oportunidad de su carrera profesional. De allí, Miguel va a Barcelona, a Amsterdam –a visitar a sus amigos de La Cofradía de la Flor Solar–, a Madrid, hasta que, finalmente, se instala en Ibiza, donde la policía es más permisiva y el clima es propicio para su estilo de vida en el que el vagabundeo parece ser un fin en sí mismo. Ahí empezará a germinar su tercera gran oportunidad artística.

Ibiza era una fiesta
En Ibiza, Miguel se encuentra con viejos amigos como Kubero Díaz, a la vez que conoce a Miguel Cantilo, con quien comparte –entre otras afinidades– su pasión por la cultura sufí, nombre con el que se conocen ciertas enseñanzas esotéricas islámicas. Kubero Díaz dice: “Para toda nuestra generación, que fue tan golpeada, todas esas enseñanzas sufí fueron una gran ayuda. Es una enseñanza que existió desde siempre, incluso se dice que es muy anterior al Islam. Esos cuentos sufí, con sus diferentes niveles de interpretación, y sus danzas, lo influenciaron mucho, aunque él criticaba muchísimo a la comunidad sufí argentina. ‘Vengo de la vinagrera’, decía cuando venía de esos encuentros. Miguel tenía todo eso muy naturalmente. Fijate que en ‘Cosas mías’ empieza el tema diciendo: ‘¡Alabado sea Alá!’”.
Actual guitarrista de León Gieco, miembro de La Pesada del Rock and Roll y fundador de La Cofradía de la Flor Solar, Kubero fue parte de la última formación de Los Abuelos, pero conocía a Miguel desde mucho antes, por lo que fue testigo de cómo fue cambiando con el tiempo. “La primera vez que lo vi fue en La Plata, cuando visitó la casa que teníamos con La Cofradía de la Flor Solar. En ese momento no hablamos, pero ahí me di cuenta de que era una persona muy observadora, porque miraba todo muy atentamente. Miguel era increíble, era realmente Miguel Angel. Era un tipo al que veías entre los gitanos, con esa forma de pararse que tenía que me hace acordar a Maradona, y parecía un gitano más, ¡hasta para los mismos gitanos! Y muchos años después, cuando estuve viviendo en Río de Janeiro, pensé en el éxito que hubiese tenido allá, porque la verdad es que Miguel tenía mucho de carioca.”
En Ibiza, Miguel Abuelo conoce a un pibe grandote de sólo 22 años, con el que enseguida se genera una química especial: no es otro que Cachorro López, y hasta no hace mucho jugaba al rugby en el club Alumni. “No recuerdo exactamente la primera vez que lo vi, pero al par de días de conocernos ya me llevó a vivir con él, a un cuartito que tenía aparte en la casa donde vivía con Techi, su novia. Era una vida con otros códigos, muy atemporal; me acuerdo de estar tomando mate y fumando con él y hablando boludeces, y enseguida surgió la idea de armar una banda. Por entonces era algo muy fantasioso: Ibiza ni siquiera era parte de España, era un lugar totalmente utópico. Pero definitivamente había una filosofía, toda una forma de ser que sirvió como caldo de cultivo para lo que fue después Los Abuelos.”
La aparición de aquel joven Cachorro, cuyo espíritu aventurero y hippie lo convirtió en uno de los productores más exitosos del medio, va a terminar siendo esencial por muchas razones. Entre ellas está su experiencia en Inglaterra, en donde termina aprendiendo a tocar reggae con unos negros jamaiquinos, los Jah Warriors. A principios de los ‘80, Cachorro tiene que volver al país a arreglar sus papeles pero, de alguna manera, la idea de armar una banda continúa fogoneándose vía carta. Claro que el regreso de Miguel Abuelo no fue, justamente, triunfal.

En zapatillas de baile
“¡A la Argentina yo no regreso ni en zapatillas de baile!”, le dijo Miguel Abuelo a Techi, su pareja en la Ibiza modelo ‘79. Techi acababa de recibir una carta desde la Argentina que anunciaba la muerte de una tía que le dejaba una suculenta herencia. Sólo tenía que ir a Buenos Aires, firmar un par de papeles y recibir el dinero, razón por la cual se celebró una fiesta de despedida en su casa, pero Miguel, en pleno viaje lisérgico, no sólo se rehusó a acompañarla sino que estuvo más furioso que nunca: no quería volver a una Buenos Aires “verde oliva”, y terminó insultando a su mujer de muy mala manera. Se ve que eran tal para cual, porque Techi le partió una botella de ginebra en la cabeza y Miguel pierde el conocimiento. Cuando se despierta, la Guardia Civil le está poniendo las esposas para llevarlo detenido como principal sospechoso por un robo de alhajas que hubo esa noche en la casa vecina. Los vecinos sabían que Techi se iba a Buenos Aires, así que Miguel Abuelo pasó a ser Miguel Peralta, un sospechoso sudaca clandestino, lleno de vidrios en la cabeza, que va de cabeza a la cárcel de Ibiza. Aunque más tarde se demuestra su inocencia, el incidente le deja bien claro lo que significa ser un indocumentado en Europa. Termina en el temido Presidio Modelo de Barcelona, ya que ningún país lo quería aceptar con el sello “expulsado” en el pasaporte. Así que después de andar dando vueltas por Madrid durante unos meses, sólo le quedaba calzarse las zapatillas de baile, aceptar que en Europa ya no lo quieren y entender que el dinero de Techi y las gestiones de Cachorro son su única opción. Volver. En el aeropuerto, hasta su cómplice en eso de volver a armar Los Abuelos de la Nada se lleva una extraña sorpresa: “Al mirar la escalinata de desembarco me llevé una sorpresa, porque me acuerdo de que vi bajar a un personaje con anteojitos redondos, pelo sucio, raya al medio y con un chalequito negro que era un espanto. Era lo más parecido a Calculín que había visto en mi vida”, cuenta en el libro sobre esa histórica mañana de marzo del ‘81. En su estudio en Núñez, Cachorro López ofrece otra perspectiva sobre ese desconcierto inicial: “Estaba tratando de pasar inadvertido, disfrazado de tipo común, creo que incluso tenía puesta una corbata. Y a mí, que lo recordaba como un rey gitano, me costaba reconocerlo. Con todo lo que le había pasado, el tipo venía apaleado como un perro, y hasta que volvió a agarrar su brillito personal pasaron varios meses”.
Aunque instalarse en Buenos Aires nunca había figurado en sus planes, algo estaba cambiando. “Yo nunca había contemplado armar una banda en la Argentina, pero cuando llegué a Buenos Aires me encontré con que la situación estaba mucho mejor. Había una onda mucho más interesante: estaba Seru Giran en un gran momento, estaba el regreso de Almendra, habían vuelto Miguel Cantilo y Punch. Además, acá ya no éramos dos indocumentados.”

Los superhéroes de la nada
El primero en sumarse a esa energía contagiosa y delirante que ya traen los dos es Daniel Melingo. Lo interesante es que cada uno de los músicos que se van sumando a la segunda formación de Los Abuelos de la Nada viene de un lugar diferente. Cuenta Cachorro: “Miguel no tenía pensado incluir un clarinetista, pero cuando conoció a Melingo enseguida se entusiasmó. De alguna manera, me animaría a decir que Dany era su preferido de todos los Abuelos”. El cuarto Abuelo en sumarse es un pibe que parece tener talento para las canciones pop: “Andrés vivía en la casa de los padres, era un pendejo petardo de 17 años que hablaba hasta por los codos, pero nos mostró unos temas y vimos que tenía que estar”. Los últimos en llegar fueron Bazterrica y Polo Corbella, que con su batería terminó por fusionar todo. El primer hit de la banda, “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí”, sintetizaba el quiebre que generaba la banda en una escena que esperaba nuevos vientos para purificar la opresión de la dictadura militar y el desastre de la guerra de Malvinas. En ese contexto, Miguel y el resto de los Abuelos eran percibidos por la sociedad como verdaderos superhéroes.
Lo que hicieron fue, qué duda cabe, “algo diferente”. La nueva formación era un sueño hecho realidad y Miguel Abuelo lo tenía claro: la tercera era la vencida: “Los Abuelos de la Nada hacen música popular. Queremos ser bailables, contagiosos. Hacer pensar sin hacerle el coco a nadie. Como dice ‘Ir a más’: Ven cantando, ven bailando, ven jugando, busca la alegría de ir a más”. Es ése el poder de la poesía que dice todo y no dice nada. En este mundo la vida viene de regalo, no se compra en ningún lado”, declararía años mas tarde a la revista Canta Rock. El virtuosismo de los Abuelos se alejaba del academicismo y de la frialdad que caracterizaban al rock argentino y se ponía al servicio de un grupo pop bailable, con algo de funk, algo de salsa, y con ese toque reggae que englobaba un sonido en el que la poesía de Miguel contagiaba e invitaba a jugar y a bailar. Para principios de los ‘80 era una liberación muy grande. Con una pequeña ayudita de Charly García, que convenció a Grinbank de apostar por la banda y se encargó de producirlos, el éxito del primer disco, Los Abuelos de la Nada, fue realmente explosivo. Entre tanto vértigo y delirio, Cachorro aportaba su conocimiento de la música jamaiquina y cierta ecuanimidad en cuanto a lo humano para que todo se integrase. “El estilo de la banda era algo conceptual que hablábamos mucho. Quizá Gustavo y Andrés estaban muy inmersos en todo lo que pasaba acá, y eran muy seguidores de todas las bandas de rock nacional, pero a mí todo me parecía muy aburrido. Con Miguel hablábamos mucho sobre lo que pasaba acá, no nos gustaba mucho.”
Ya producido por la banda, Vasos y besos (1983), el segundo disco, marcó el momento más alto del grupo, por lo menos a nivel popularidad; después siguió Himno de mi corazón (1984), pero lo cierto es que, como sintetiza Juanjo Carmona, “muchos vasos, muchos besos. Mucho glamour y demasiados excesos”. Cortejados por casi toda la escena (Bazterrica, Cachorro, Calamaro y Melingo tocaron en la banda de Charly García) o atraídos por sus propios proyectos individuales (Calamaro con su debut solista y Melingo con Los Twist), estresados por el vendaval del megaéxito y las giras, Los Abuelos versión 2 se fueron dispersando de a poco. En Himno de mi corazón ya se percibe que la química del grupo no es la misma.
Y aunque la idea original que Cachorro López había hablado con Miguel era la de solamente tomar aire por un tiempo para volver con la cabeza fresca en el momento indicado, Miguel Abuelo no podía parar: acompañado por Kubero Díaz, Chocolate Fogo (su sobrino), Juan del Barrio y el inefable Polo Corbella, el proyecto que iba a llamarse Miguel Abuelo en banda pasó a ser la última formación de Los Abuelos de la Nada. A pesar del éxito futbolero y radial de Cosas mías (1986), Los Abuelos de la Nada 3 no gozaron de la buena prensa que tuvieron los tres discos anteriores. Pero Miguel sentía que tenía poco tiempo. El tiempo había estado de su lado y, de hecho, el éxito de Los Abuelos le permitió producir su obra maestra: Buen día, día, disco editado en 1985 que sintetiza el carácter de un artista único, que como un Walt Whitman sudamericano, guachito y glamoroso, se celebró y se cantó a sí mismo y nos dejó la banda sonora ideal para experimentar con plenitud, alegría y esperanza, los futuros amaneceres de nuestras vidas.
Los últimos meses de Miguel Abuelo –antes de que el sida terminara con la película– fueron dolorosos, pero dignos: “Pase lo que pase, no hay que descender el nivel de esta comedia”, dijo mientras le daban una inyección de Decadrón, poco antes de salir a dar, en el escenario de Sky Lab, su último show con Los Abuelos de la Nada.

La divina comedia
De todos los recuerdos con Miguel Abuelo, Cachorro tiene uno en especial. Los Abuelos de la Nada, invitados por Grinbank, terminan de grabar Himno de mi corazón en Ibiza. De hippies indocumentados que tocaban en la calle a estrellas de rock que se codean con Robert Plant y Brian May, Miguel y Cachorro se sienten en la gloria. Finalizadas las sesiones, uno de los accionistas del estudio, que casualmente también es concejal, les pide un favor: quiere que Los Abuelos de la Nada vayan a tocar para la fiesta del santo de Cala Llonga. La plaza donde tocan está a sólo 200 metros de la cárcel donde lo encerraron injustamente años atrás. Miguel recibe las llaves de la ciudad, mientras lo tratan como a una verdadera estrella. “Hacía 6 años que él había estado preso a 4 cuadras de donde estábamos tocando y del escenario se veía la cárcel. Y me acuerdo de que cuando volvimos al escenario para terminar de tocar, Miguel me mira con toda la picardía y me guiña el ojo. De ese momento no me olvido más. Era un giro del destino increíble, porque mirá que el mundo es enorme. Yo lo miro ahora a esta altura, con la experiencia que tengo en 50 años de vida, y hago el cálculo de riesgo y posibilidades de un proyecto así y veo que estábamos totalmente locos. Es como que nos sacamos la lotería y nos pareció que era normal. Y en lo personal, lo que me quedó de Miguel es ese estado de estar tan loco de pensar que todo es posible y que uno puede llegar a hacer cualquier cosa. Es algo que en la vida he aprendido que no es así, pero que está bueno sentir eso cada tanto. Porque, con un poco de suerte y de buen timing, nosotros lo pudimos lograr.”