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Pink Floyd: pasión argentina
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por Fernando D´addario

La anécdota es tan mínima como absurda y acaso sólo sirva para empezar a dibujar ese infinito mapa de perplejidades que nos viene proponiendo Pink Floyd desde hace cuarenta años. En un subte D atestado, con amenaza de sofocación colectiva, escucho el siguiente diálogo:
–¿Venderías tu casa con tal de ver en vivo a Pink Floyd?
–Más vale, vendo lo que sea, iría a cualquier lado del mundo, aunque fuera lo último que vaya a hacer en la vida...
Las últimas palabras se diluyeron y nadie sabrá si la conversación se enriqueció con otros matices. El sonido chirriante y metálico que anuncia –de manera poco ortodoxa, debe decirse– la proximidad de la siguiente estación, no admite competencia low-fi. En este vagón, al menos, la incomodidad ha sido
democráticamente repartida: ningún pasajero pudo moverse hasta llegar en forma compacta y solidaria a 9 deJ ulio. Entonces sí: la apertura automática de las puertas expulsó indiscriminadamente a unos veinte pasajeros; entre ellos, a estos dos treintañeros con maletín que fueron escupidos por el subterráneo sin que yo pudiera confesarles: "Yo también". En ese lugar del mundo en que el acto de subir y bajar está regido por leyes ajenas a la física (prevalecen otras variables: el grado de alienación de los que quieren subir y el mal humor de los que impiden bajar), asocié naturalmente ese diálogo (y mi adhesión muda, tal vez saludada por otras complicidades silenciosas) con un mail recibido apenas un par de horas antes, en el que se me convocaba para escribir un artículo sobre Pink Floyd para Rolling Stone.
En medio de un clima tan poco propicio para la efeméride autorreferencial, surgieron entonces unas cuantas imágenes dispersas: aquel viaje de egresadosa Bariloche, con el único walkman disponible (1983), pasado de asiento en asiento para escuchar en casete–confortablemente solos– las canciones del flamante The Final Cut; las noches en el Select de Lavalle en que la proyección de The Wall se afirmaba como la extraña actualización de viejos rituales compartidos; la infalibilidad sexual implícita en cualquier previa que incluyera la escucha compartida de "The Great Gig in the Sky"; el estremecedor relámpago que acompañó (como aliado natural de la parafernalia escénica o como guiño sobrenatural de Syd Barrett) a "Shine onYou Crazy Diamond" en la visita de Roger Waters en la cancha de Vélez, hace cuatro años.
Las señales aportadas por la memoria se muestran tan desconectadas entre sí que a la mañana siguiente será necesario ponerle play a The Dark Side of the Moon, ya en casa, para ordenarlas con cierta lógica. El primer intento fracasa. Recuerdo entonces el "esbozo teórico" de un amigo, años atrás: "Para cada cristiano hay un Pink Floyd a mano". Está bien, pero ¿qué extraño talento manipulaban Roger Waters, David Gilmour y cía. para lograr que, sin mediar contradicción alguna, confluyeran en su fanatismo hippies coloridos y darks nihilistas, fumones y caretas, idealistas y cínicos, reventados y yuppies?
Tal vez haya que escarbar en los pliegues de una conclusión provisoria, que deberá contrastarse con la historia de la banda: Pink Floyd fue, según esa hipótesis, el grupo que mejor utilizó, en provecho propio, las debilidades humanas "denunciadas" a través de su música.
Es hora de volver a la "primera vez" de The Dark Side of the Moon, con un grupo de amigos, un sábado a la tarde que prometía aspiraciones iniciáticas. Desde "Time" hasta"Eclipse", las nueve canciones del disco parecían incubar una doble finalidad terapéutica:eran capaces de anestesiar a quienes las escuchaban, transportándolos a una frecuencia ajena a la normalidad cotidiana; en otros provocaban un choque abruptocon la realidad, un encuentro con una conciencia crítica que antes estaba, quizás, adormecida. En ese juego de ambivalencias–a veces contradictorias, otras complementarias– Floyd tejió complicidades indestructibles.
No es extraño, entonces, que se hable coloquialmente de The Dark Side como de un "viaje a otro planeta" cuando en rigor, siguiendo la evolución musical de la banda, Pink Floyd haya recorrido el camino inverso:de sus experiencias voladas y aleatorias (escuchar, si no, The Piper at the Gates of Dawn) a la necesidad de poner los pies sobre la tierra, con preocupaciones "humanas": la locura y los excesos de materialismo. No debe sorprender, tampoco, que la invocaciónal espíritu de Barrett, omnisciente en el disco, haya funcionado como una suerte de exorcismo: a partir de The Dark Side (y de su putativo lado B, el conmovedor WishYou Were Here), Pink Floyd se despegó musicalmente de su influjo.
En ese juego de desmitificaciones, es preciso abundar en el "cuelgue" que genera Pink Floyd. No deja de ser paradójico que el sacudón psicológico o la ataraxia espiritual (también en este caso los extremos se tocan) que provoca, por ejemplo, "Brain Damage", sean productos de horas, días,meses, de lucidez pragmática. No había lugar para la locura durante la grabación de The Dark Side. Cada nota, así como el más mínimo efecto especial añadido, estaban en armonía con una disciplina casi prusiana. El "efecto droga" fue el resultado de un minucioso (y, por cierto, no contaminado por ácido) trabajo de ingeniería de sonido en los estudios Abbey Road de Londres, brillantemente estilizado por el productor ChrisThomas en la mezcla final. El ingeniero Alan Parsons, un materialista científico con sensibilidad musical, no hubiese podido concebir un producto de semejante perfección sonora en un clima de happening sesentista. Del mismo modo que la descripción musical de la locura sólo podía ser realizada por artistas que estaban (¡y cómo!) perfectamente en sus cabales.
Algunas situaciones dan cuenta del estudiado (y al mismo tiempo azaroso) reflejo onírico que irradia el disco. Por ejemplo, que el verdadero aporte del baterista Nick Mason consistió en la recolección de sonidos no convencionales (el ritmo de los latidos del corazón es el más reconocible); que los relojes que se oyen al comienzo de "Time" habían sido grabados por Parsons en una tienda de antigüedades para probar las virtudes del sonido cuadrafónico; que de todas las voces y susurros que buscaron intercalar entre las canciones para reafirmar su "naturaleza alienante", la más eficaz fue la del portero de Abbey Road, quien "cerró" el álbum con un diagnóstico tan inocente como inquietante: "No hay un lado oscuro de la Luna, en realidad; la verdad es que toda ella es oscura". El artista gráfico Storm Thorgerson, responsable del inolvidable diseño de tapa, viajó personalmente a Egipto para fotografiar –de noche y con luna llena– las pirámides de Giza. El esfuerzo valió la pena.
Un juego dialéctico de tensiones internas contribuyó a que el disco disparara un abanico de interpretaciones. Hubo una especie de reparto de roles: la arquitectura musical le correspondió a Gilmour y el "entramadopolítico" a Waters. Lo curioso es que las motivaciones de uno y otro eran, a priori, incompatibles; mientras el guitarrista–apoyado por Wright– buscaba un estado de ensoñación musical, sofisticado pero digerible, Waters quería verse a sí mismo como un áspero despertador de conciencias.
El recurso funcionó artísticamente –tal vez sin que se dieran cuenta– mientras pudieron preservar ese frágil equilibrio de poderes. Una vez que estalló el conflicto de egos, ya entrados los años 80, cada cual se atrincheró en "su" Pink Floyd: los discos de la banda, monopolizada por Gilmour, acentuaron la búsqueda de desconexión anímica de la realidad, apenas una superación expresionista y estetizante de la new age; Waters, por su parte, perseveró sin mucha suerte en su plan de fiscal ético de la humanidad. Veinte años después de la separación del grupo, queda claro que sólo aquella tensión, siempre al borde del estallido, garantizaba la genialidad musical de Floyd. Juntos habían conseguido una síntesis pocas veces verificable en la historia del rock: la que concilió la épica con los rankings. La que consiguió, también, la más esquiva de las utopías: la creación de un pop venerable. The Dark Side of the Moon se sostuvodurante 700 semanas en la lista de Billboard. Lleva vendidos más de 30 millonesde copias en todo el mundo. Y no perdió nada de su prestigio en el camino. El tiempo transcurrido invita a ensayar otra conclusión, acaso más cruel: ya no es necesario que Pink Floyd exista materialmente. Es una realidad ausente, un sueño de esos (y pienso nuevamente en aquellos pasajeros del subte D) que, en el fondo, uno sabe, nunca se cumplirán. Durante años se alimentó el mito de que Pink Floyd vendría a tocar al Valle de la Luna. El asidero de la versión primitiva sigue siendo materia opinable; lo cierto es que generaciones de rockeros aguardaron la llegada de Pink Floyd como quien espera a un mesías. La certeza íntima de la inviabilidad de la ilusión terminó potenciando en los argentinos una fe, digamos, esotérica.
Quizá sea mejor que haya ocurrido así. En los últimos veinte años, un par de tipos comunicados entre sí sólo a través de cartas documentos y amenazas judiciales se las arreglaron para mantener viva una mística que excedió sus miserias de magnates rockeros. Tanto fue así que las sucesivas apariciones públicas –de Waters por un lado, de Pink Floyd por el otro– estuvieron subidas a una lucha sorda de gigantismo; cada reedición de The Dark Side debió agregar un nuevo chiche tecnológico (y eso que siempre se dijo que la versión original sonaba como si hubiese sido grabada hoy) para estar a tono con la perfección de la apuesta inicial. Estrategias de marketing al margen, es probable que el verdadero espíritu de Pink Floyd esté en otro lado y ya no les pertenezca ni a Waters ni a Gilmour: debe ser algo así como un estado de dulce desesperanza, que descansa en el código genético de millones de personas (hippies y darks, idealistas y cínicos, y también en los pasajeros del subte D) y se activa mágicamente cuando el lado oscuro de la Luna eclipsa los falsos destellos de la vida cotidiana.