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Que siga su melodía
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subir a el rock en argentina. 
por Nadina Moreda

"Antológico", define Nadina Moreda el recital de anoche del Flaco Spinetta en el Arrayanes. Fue una celebración esperada y satisfecha, colmada de música y poesía con marca de identidad.
Fotos Alejandra Bartoliche.

Estaban todos.
Esto es: desde las chicas que suponían que sólo iban a encontrarse con el músico soberbio que entona “Seguir viviendo sin tu amor” en una fm retro, los adolescentes portadores de aros en las zonas más variadas, los de treinta y cuarenta y pico que aún recordaban que la nieve les impidió llegar a aquel show en el invierno del ’95 y hasta el ministro provincial a quien cuesta imaginarse perdiéndose entre los efluvios psicodélicos de “La llave del Mandala”.
Luis Alberto Spinetta, el Flaco Spinetta, estuvo en Bariloche y mucho antes de ingresar a la sala del Cine Arrayanes se podía escuchar como muchos sacaban a relucir las medallas que lo acreditaran como un auténtico cofrade: “Yo estuve cuando estrenó El
anillo del Capitán Beto” o “A nosotros nos corrió la policía en el ’74 cuando presentó Artaud”
Toda la expectativa se fundió en el encuentro con un artista inmenso, imposible de definir y comparar. Es, sencillamente, Spinetta.
Podría ser demagogo: con casi cuarenta años de carrera, podría regocijarse en los clásicos que obviamente harían delirar a cualquiera. Pero no: apuesta, se ríe de su propia leyenda, se burla del bronce, se divierte, se conmueve y nos lo hace saber.
Vino con una banda de lujo: el tecladista Claudio Cardone (virtuoso músico rosarino hacia quien no ahorró elogios), la bajista Nerina Nicotra (hacia quien los hombres presentes no ahorraron comentarios en torno a... su anatomía, más allá de sus cualidades como ejecutante) y el baterista Sergio Verdinelli lo acompañaron en la presentación de Pan, su última producción.
La recorrida empezó con temas de este disco: “Atado a tu frontera”, “Sinfín”, “No habrá un destino más incierto”, para luego arremeter con una versión del tema de Fito Páez, “Las cosas tienen movimiento”.
“Buenos Aires alma de piedra” (...”¡alguna vez haré Buenos Aires alma de seda?- ironizó), “Cabecita calesita” y “Dale luz al instante”.
Después llegó el turno de un despliegue de buen gusto en los temas seleccionados, como “El mar es de llanto” y “Tonta Luz” (Silver Sorgo-2001) y “Un viento celeste” (Los niños que escriben en el cielo-1981), y el deslumbrante momento enmarcado en los primeros acordes de “Umbral”, luego de un bello solo de teclado a cargo de Cardone.
Cuando el concierto llegaba lentamente al clímax hubo más: quien firma estas líneas no puede dejar de confesar que un chico le preguntó candorosamente: “¿Todo bien?” cuando el Flaco, el Poeta del rock argentino, entonó los primeros versos de “A Starosta, el idiota”, joya del álbum Artaud, aquel grabado en los albores de la tormenta, aquel cuya tapa de formas inusitadas brindaba refugio al desconsuelo inminente.
Después vino el éxtasis total: entre los temas de Pan, como “La flor de Santo Tomé” y “Qué hermosa estás”, Spinetta nos ofreció aquella canción que abre su disco Silver Sorgo casi con una súplica: “...hay que impedir que juegues para el enemigo”
Y más aún: siguió con “Sexo” (1981), luego de dedicar el show a una de sus fuentes de inspiración, a un notable músico que supo acompañarlo en la época de Spinetta Jade y que desde hace años reside en nuestra ciudad: el tecladista Diego Rapoport.
A la hora del cierre nos invitó a corear “Seguir viviendo sin tu amor” y cuando los bises llegaron no se pudo pedir más: “Laura va” (Almendra, 1969) y “La herida de París” (1981) concluyeron un show antológico.
De todos modos, toda fiesta puede tener algún costado penoso. Los reporteros gráficos locales Alejandra Bartoliche (del Diario Digital) y Alfredo Chino Leiva (del diario Río Negro) fueron abordados a instancias del manager de Spinetta por estar cumpliendo su labor y se les impidió realizar las tomas correspondientes.
Sabemos que esto responde a indicaciones que exceden las posibilidades de la producción local.
No obstante, el episodio resulta aún más molesto cuando decenas de asistentes al concierto no dejaron de tomar fotografías con sus cámaras digitales y sus celulares. En definitiva, y más allá de las obsesiones, cuando el Flaco se retiró flanqueado por los encargados de su seguridad, algo se llegó a escuchar de su boca cuando pasó a nuestro lado: “La gente...”.
Anoche fuimos, nosotros y él, a una nueva ceremonia para celebrar la poesía y la música que nos fusiona en códigos indisolubles.